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    Ida Vitale

    Edad: 95 • Ocupación: poeta, traductora, ensayista y crítica literaria • Señas particulares: le hubiera gustado ser cantante lírica, tiene pendiente conocer Japón, en abril viajará a recibir el premio Cervantes 2018

    En su carrera, entre otros premios, recibió el Reina Sofía, el FIL de Literatura en Lenguas Romances y ahora el Cervantes. ¿Cree que favorecen a la difusión de la poesía y motivan la lectura en los jóvenes? Sí, a los jóvenes hay que motivarlos. No estoy segura si la gente lee menos poesía que prosa. En la Feria del Libro de Maldonado me encontré con muchas mujeres, pocos señores, que se acercaban a saludarme y a conversar, fue una experiencia muy linda. Los escritores no muerden… Lo que sí noto es que la gente lee menos porque ahora en Uruguay hay menos librerías.

    Es traductora. ¿Le queda algún idioma por aprender? Me encantaría saber japonés, pero creo que no lo voy a aprender jamás. Ahora estaba leyendo a (Junichiro) Tanisaki, El elogio de la sombra. Se trata de un cotejo entre el mundo occidental y la cultura japonesa, obviamente, con el beneplácito para la japonesa. El mundo japonés tiene una sensibilidad distinta a la nuestra. Hace poco en Buenos Aires estuve con un poeta japonés y uno chino. Después el japonés vino a casa y pensé: “Qué caos le habrá parecido esta casa, tan poco japonesa”. Ellos son serenos, sobrios. No sé como harían para vivir en apartamentos como los nuestros. 

    ¿Qué se necesita para escribir? Método, inspiración. Todos necesitamos algo distinto, algunos escriben en el tranvía o en el autobús, bueno, tranvía ya no existe. Yo escribo cuando puedo.

    ¿Cuál es su biblioteca preferida? Adoré la biblioteca de la Universidad de Austin (Texas). Me quedaba a dos cuadras de nuestra casa, tenía seis o siete pisos y cuando no tenían un libro lo compraban y te avisaban. Uno se quedaba con los libros todo el tiempo que quería hasta que alguien lo pedía. Los diccionarios los tuve los 11 años que vivimos allá con Enrique (Fierro, su segundo marido).

    ¿Cómo conoció a su amiga María Elena Walsh? En la playa cuando ella tenía 17 años. Estábamos con unos amigos, la vimos y nos hablamos. En ese momento ella pintaba. Empezamos en ese momento y seguimos siendo amigas para siempre. Cuando ella murió yo no estaba por esta zona. Tuvimos una época en la que nos mandábamos cartas divertidísimas, en broma.

    Se mudó varias veces, a México, a Estados Unidos, ¿perdió algo preciado en las mudanzas? Esas cartas. En una de las mudanzas la correspondencia quedó para ordenar en un galpón y los ratoncitos me hicieron nido. Las tuve que quemar. La relación con el público era maravillosa, en Buenos Aires primero están los héroes patrios y después María Elena. Además, en momentos feos de la Argentina ella escribía en la prensa y creo que nadie se hubiera animado a decirle nada, ni siquiera los militares. Todos pasaron por sus canciones.

    Usted ha dicho que, por donde pasan, los militares trastocan todo, incluso en la Biblioteca Nacional, que dirigió su marido.

    La verdad es que acá aparecieron los militares porque aparecieron los tupamaros. Hay cosas que se pueden corregir de otra manera, violencia sacada con violencia, a veces no hay más remedio pero creo que esa no hubiera sido la situación acá. A mí, al principio los tupamaros me resultaban un poco simpáticos, mientras eran como Robin Hood, pero eso duró muy poco. Hasta la primera vez que mataron y todo cambió. Me acuerdo como si fuera hoy. Mucho tiempo después cuando Enrique estuvo en la Biblioteca habían quedado resquemores. Era un caos y no tuvo ninguna lástima en dejarla.

    ¿De niña iba a la biblioteca? Todo el tiempo. Iba a sacar cosas raras, buscaba en las fichas y cuando veía algún nombre que me gustaba lo pedía.

    ¿Jugaba a las muñecas? Sí, no fui un monstruo.

    ¿Qué fue lo primero que escribió? No me acuerdo, pero sé que lo primero que escribí lo rompí. 

    ¿Es muy crítica de sus textos?

    Sí, por suerte. En 5º de escuela corregía mis cuadernos de 4º, donde la maestra me había puesto sobresaliente encontraba errores. Esa fue la única maestra a la que tuve que juzgar. Las maestras de la Escuela República Argentina eran estupendas y esa fue la excepción. Después me di cuenta de que eso había sido positivo porque me enseñó a desconfiar. 

    ¿Está de acuerdo con el lenguaje inclusivo? Esta es una palabra que la oí solo en Montevideo. Tal vez soy yo que no me había dado por enterada, pero me lo dicen todo el tiempo. Estoy conforme con el lenguaje en el que me moví toda mi vida. Cada tanto hay modas y todos usan una palabra absurda. Yo trato de olvidarlas.

    ¿Sufrió machismo alguna vez? Nunca, a veces mi marido me decía: “Tú no crees que existe el machismo porque no estás en una mesa de café”. Puede ser, pero yo hice mi período de rueda en el Café Sorocabana cuando estaba en Facultad (de Derecho). Había un grupo, inicialmente de compañeros judíos, que me aceptó. Me decían: “Ahí viene la goi”. A veces, la gente está predispuesta a encontrar problemas y los encuentra.

    ¿Cómo celebrará sus 100 años? Espero que con lucidez y en dos patitas, no en la cama.

    Su marido, Enrique Fierro, era menor que usted. Sí, pobrecito, pero murió antes, de un cáncer, y eso que tenía un amigo que lo llevaba al médico.

    ¿Qué extraña de su pareja? Todo. Su bondad, compañerismo, solidaridad, y sus alumnos lo adoraban. Fue un santo varón. 

    ¿Cómo la conquistó? Era muy buen poeta... Lo sentí muy buena gente. Además, era muy guapo, un poco gordito pero guapo.

    ¿Una palabra feliz? Enrique, no hay otra.