Con una sonrisa tímida y pidiendo amablemente disculpas por no haber escuchado el timbre porque estaba con los auriculares, abrió la puerta y nos dejó entrar a su estudio, el lugar en el mundo donde desarrolla su talento después de haber vivido diez años en Estados Unidos. De hecho, esa fue la última parada de un larguísimo viaje por el mundo que comenzó cuando nació. Hoy está convencido de que no volverá a mudarse. En esa habitación fue tomando forma “Khronos”, con siete músicos que forman el Francisco Fattoruso Group. Fue grabado en vivo durante tres días en el estudio Vivace, ubicado en el Palacio Salvo, frente a una reducida y selecta audiencia, que experimentó el proceso de grabación. Todo fue filmado porque el proyecto fue concebido en un formato audiovisual, y las siete composiciones de jazz rock que integran el álbum tienen su video. En la presentación del miércoles 13 en La Trastienda, ante una sala llena que disfrutó del intenso show cómodamente sentada, la banda desplegó el disco entero con algunos músicos invitados —entre ellos su padre, Hugo Fattoruso, apenas empezado el show— aunque también tocaron algo de sus trabajos anteriores. “Fue superemocionante para mí, hermoso, porque fue mucho trabajo hacer ‘Khronos’. Todos los discos son difíciles pero este era casi imposible porque es una banda grande con chicos que viven en Argentina (el 14 de agosto presentan el disco en “La Usina del Arte” en el barrio de la Boca en Buenos Aires), grabar el disco en vivo con público y filmarlo de la mejor calidad posible. La suma de todo eso fue una experiencia increíble, difícil por momentos, a veces no la podía disfrutar por la cantidad de responsabilidades que tenía, y terminó todo muy bien, quedaron increíbles los videos, el disco, la sala estaba llena”. Ese fue el análisis que hizo Fattoruso de su gran noche.
—Toca la guitarra y el piano pero eligió ser bajista. ¿Por qué?
—De chico me gustaba más la guitarra. Tenía un bajo que me había regalado mi hermano mayor pero estudiaba guitarra, y estaba todo el día tocando la guitarra.
—¿Y por qué le regaló un bajo si tocaba la guitarra?
—Porque mis amigos tenían instrumentos y nadie tenía un bajo. Uno tenía una batería, el otro tocaba la guitarra...
—Alguien tenía que tener un bajo.
Me tocó a mí. Después me mudé para acá (vivió en Río hasta los 12) y me pasaba lo mismo: tenía un amigo que tocaba la guitarra, otro la batería y ahí fui tocando el bajo. Una vez fui a visitar a mi mamá (la cantante brasileña Maria de Fatima Quinhoes) a Río y como estaba cargado no llevé el bajo, y me hizo un montón de falta. Tocaba la guitarra y las cuerdas las sentía blanditas, finitas, me faltaba el peso de las cuerdas. Iba a una tienda de música casi todos los días a tocar un bajo que había ahí y me quedaba horas. A partir de ahí dije, “tengo que darle bola al bajo”.
—¿Por qué decidió grabar el disco con público? ¿Qué le aporta a la hora de la grabación?
—La idea era generar un ambiente de show. El sonido del disco es un sonido de estudio pero está tocado como si estuviéramos en un teatro o un boliche. Cuando está la gente se genera una energía, una adrenalina, que cuando no hay gente no. Y al estar grabando el disco eso queda grabado.
—¿Cree que suena diferente?
—Es la intención. Fue un experimento, no hay una forma de comprobarlo. Quizás es como uno se siente, pero con la gente se genera algo. Fueron tres días seguidos de 10 horas en total y la gente veía el detrás de bastidores de una grabación. Eso era lo que le dábamos a cambio, y a nosotros nos daban su onda.
—Dice que está en la búsqueda de un sonido nuevo y que quiere abrir el espectro. ¿Hacia dónde?
—Los músicos que me inspiran siguen evolucionando y buscando conocer música nueva y hacer que su música crezca, y los que ya no están lo hicieron hasta el último día, y está demostrado por lo que dejaron. Quiero ser así, porque siento que la música constantemente está cambiando y que es fundamental nutrirse de música nueva. Ahora no puedo componer otro “Khronos”; mi próximo disco tiene que ser una evolución de algún tipo, por más que sea más simple. En este caso fue grabar un disco todo en vivo, o sea que no se agregó nada después de que grabamos, y eso es muy difícil. Era como los discos que se hacían antes, tienen un sonido muy particular.
—En alguna ocasión dijo que la tecnología dañó un poco el arte de la música. ¿En qué sentido?
—La tecnología te da demasiadas opciones y las usamos para nuestra comodidad por la dificultad de los tiempos, del dinero. Por ejemplo, un grupo me invita a grabar el bajo y pueden mandarme el tema y yo lo grabo acá, y es gratis. O si un grupo que no conozco me contrata, lo grabo acá y tiene un precio que es Francisco Fattoruso tocando el bajo, pero si tengo que ir a un estudio ya es el doble lo que tienen que pagar, entonces me piden que lo grabe acá. Después uno va y lo une todo en una sola computadora. Todos hacemos eso para que sea posible grabar los discos, pero es un proceso artificial que corta la parte más importante, que es la conexión humana.
—La información de la producción asegura que el disco se registró en un momento de gran inspiración suya. ¿Cuál era ese momento? ¿Qué sucedía?
—Mi disco anterior (“Music Adventure”) lo empecé a componer enseguida de terminar “The House of Groove” (su primer disco, 2007), y salió en 2013. Se demoró demasiado y cuando lo terminé ya mi cabeza estaba en otro lado. Este disco lo empecé a planificar y a componer todo en un mismo momento. “Khronos” me agarró estable, haciendo cosas muy copadas y eso se reflejó en el disco. Lo quise hacer para que quedara esa inspiración, no porque quisiera capturar el mejor momento de mi vida, sino porque quería que tuviera que ver conmigo en ese momento. Uno compone muchos temas y años después los graba porque están buenísimos y no quiere que se echen a perder, pero en realidad cuando compusiste ese tema, inconscientemente lo que estabas escuchando y las cosas que te sucedían te afectaron en lo que compusiste, entonces está buenísimo que sea corriente. Los temas de “Khronos” los hice hace un año, están vigentes con mi técnica, mis conocimientos musicales, y quería que pasara eso en este disco.
“Khronos” llegó en un momento de estabilidad porque ya habían pasado los dos años que Francisco asegura se necesitan para hacer propio el lugar nuevo donde se radica. De eso sabe y mucho. La última mudanza, en 2013 —cuando volvió a Uruguay después de haber vivido diez años en EEUU— fue muy dura, especialmente para sus hijas. Se había ido a Estados Unidos en 2003 junto a su mujer Natalia y su hija mayor Luana (que hoy tiene 16 años) con la idea de crecer musicalmente. Primero estuvieron en Nueva York, luego unos años en Virginia y después Atlanta, “para probar otro lugar nuevo”. En Virginia “estaba todo muy bien, pero había llegado a una especie de techo en esa zona, porque Estados Unidos es un país megagigante y cada ciudad es un mundo diferente. Atlanta era una ciudad más grande, había mucha música y fuimos a probar a ver qué pasaba, y sí fue una sorpresa muy buena”. Se quedaron seis años, y ahí nació Mía (que hoy tiene 7). El regreso a Uruguay no fue fácil, después de estar tantos años en otro país donde “todo es diferente, uno se acostumbra a otras cosas”. Luana ya era una estadounidense más, y él le hablaba todo el tiempo en español porque estaba perdiendo el idioma. Pero para Francisco los cambios de ciudades han sido una constante en su vida.
—¿Cómo es eso de que nació en Las Vegas?
—Mis padres vivían en Los Ángeles y mi padre estaba en un grupo que fue a tocar a Las Vegas. Iban a tocar un fin de semana y después se convirtió en una semana, un mes, seis meses. Mi madre estaba embarazada y nací ahí, en Las Vegas. Nadie nace en Las Vegas, nadie. En Estados Unidos cada vez que un policía o un funcionario de Aduana veía que yo había nacido en Las Vegas sospechaba, porque no es común. Te pueden hacer en Las Vegas, pero nacer ya no, naces en otro lado (risas). De ahí nos fuimos a Los Ángeles, pero era muy nómada todo en ese momento.
—Sé que vivimos en Atlanta cuando yo era bebé, después en Florida un par de meses, después nos fuimos a Argentina y nos quedamos seis meses. Después vivimos en Montevideo, y de ahí recién fuimos a Río. A los dos años y medio ya había hecho todo eso. Me quedé en Río hasta los 12, en que me mudé para acá, dos años después de que mis padres se separaran y mi padre se viniera para acá. Al tiempo mi padre se fue a vivir a Estados Unidos pero cuando me fui a vivir con él estaba enamorado de mi primer amor. Llegué a Nueva York y miraba todos los edificios y decía “qué porquería esto”. Me llevaban a comer a terribles restaurantes y decía, “no, me quiero ir a dormir”, odiaba todo, quería volver. Y me vine. Pasaron varios años en los que vivía con mi abuela o me iba a Estados Unidos y me quedaba con mi padre. Cuando cumplí 18 me fui a vivir solo a Virginia, entré al primer trabajo fijo que tuve que era con un grupo que hacía música de los años 70. Estuve un par de años y me volví a Uruguay.
—¿Qué heredó de su padre?
—Todo lo que me enseñó; me enseñó mucho de la vida. Creo que esa fue una de las cosas más importantes, porque esta vida es muy loca, y la música es una carrera con muchos altibajos, con mucha gente que tiene comportamientos muy particulares. Desde chico me lo mostró en tiempo real y siempre me fue educando. Obviamente, a la par me enseñó a tocar música, y a estar concentrado, y a estar siempre preparado.
—¿Significa o significó algo llamarse Fattoruso, para lo que ese apellido representa en Uruguay?
—Para mí es natural. Obviamente que en algunas situaciones es favorable, porque desde chico ya conocía un montón de gente del medio que trabajaba con mi padre, y luego yo empecé a trabajar con ellos, entonces eso te mantiene un poco más adentro. Pero son cosas que en realidad no importan. Para realmente hacer algo en serio y tener el respeto de la gente debés hacer el mismo trabajo, y de hecho, si no te conocen capaz que no te dan bola, pero por lo menos no te conocen. A veces hay gente a la que le interesás porque tenés un apellido conocido, y hay otras personas que dicen “ah, pero si es el hijo no va a ser tan bueno porque no es garantía de nada”. Yo tengo cuatro hermanos, y a cada uno le va muy bien, pero no en la música, y eso que son excelentes músicos. Lo más importante es lo que uno logra, más allá de cumplidos de algunas personas o de la gente a la que le importan los nombres. Uno realmente siente cuando la gente te respeta por lo que vos hacés.
—¿Qué escucha hoy?
—John Coltrane, que es una de mis influencias de jazz más fuertes; Herbie Hancock, que era lo mismo pero más funk; me gusta siempre tener un disco de Queens of Stone Age sonando; escucho música clásica de diferentes ramas, depende del día, a veces escucho cosas que son más positivas, otras que son más oscuras, y escucho música gospel, que hace muy bien.
—¿Por qué hace muy bien?
—Porque es una música hermosa. Escucho más que nada cosas que estén tocadas solo con el órgano, que vendría a ser la parte gospel pero sin la letra de la Biblia. No soy religioso, pero esa música es increíble, siempre que quiero estar inspirado pongo algo de eso y te levanta el ánimo, es un misterio cómo lo logran, pero realmente lo hacen, se los recomiendo. Es difícil encontrar, pero encontré unos canales que filman a los organistas tocando y es impresionante.