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    La baronesa de corazón charrúa

    Nina von Maltzahn, nacida en Nueva York de familia de banqueros alemanes, es la filántropa detrás de la Fundación Retoño y el Liceo Espigas, y dedica todos los días de su vida a proyectos en los que dona parte de su fortuna a quienes más lo necesitan

    En su casa El Retoño de Laguna del Sauce, la baronesa Nina Gorrissen von Maltzahn recorría el campo con expresión de desolación. La turbonada de la madrugada del 23 de diciembre que azotó el Este hizo perder la cosecha completa de su huerta orgánica destinada a las cocinas de restaurantes de Punta del Este. Era el esfuerzo de todo un año. Murieron algunos animales, cayeron árboles y el jardín mostraba las huellas de las grandes piedras de granizo. Pero su mayor preocupación no estaba allí, sino unos kilómetros más adelante, en San Carlos. Llamó a la fábrica de chapas para techos más cercana, le compró todo el material que le quedaba y se lo envió a los damnificados por la turbonada, con la esperanza de que llegasen a destino. Porque ella sabe de esas cosas, y asegura que es muy común, acá y en el resto del mundo, que las donaciones no arriben adonde fueron enviadas.

    Nina es la fundadora y presidenta de Fundación Retoño, una organización sin fines de lucro que trabaja para desarrollar mejores oportunidades para más de 400 niños y adolescentes en situación de riesgo social del barrio Puntas de Manga, de Montevideo. Entre varios proyectos, esta fundación lleva adelante dos que son insignia: el Centro Educativo Espigas y el Liceo Espigas, este último inaugurado en marzo de 2016. La financiación de todos estos proyectos —que alcanza 1,8 millones de dólares anuales— proviene de esta filántropa, heredera de una familia de banqueros, primero alemanes y luego neoyorquinos, que históricamente han realizado trabajo benéfico. Es costumbre en su familia ayudar a los necesitados, además de hacer aportes a las artes.

    Este año, Nina también fue la responsable de una importante donación al Teatro Solís con la que se pudo actualizar el equipamiento técnico. A eso se dedica, y su motivo sorprende por lo simple, pero no tan obvio: “Si uno tiene, hay que dar”.¿Por qué una señora de un país europeo, muy lejano a la realidad uruguaya, hace esta obra aquí? ¿Por qué esa preocupación por la educación de las clases más vulnerables en una sociedad ajena a la de ella? La respuesta vuelve a ser simple.

    Conoció Uruguay en 1970 debido al trabajo de su primer marido, se enamoró del país por su gente, hizo muchas amistades, y decidió hacer acá lo que había aprendido, lo que su familia hizo siempre: donar el dinero que le sobra a proyectos de educación y artísticos.

    Conocer un poco más de cerca a Nina es una manera de entender de dónde viene esa filosofía de vida y de acercarse a una persona extraordinaria, de esas que se encuentran excepcionalmente. Su primer marido era abogado y director para América Latina del laboratorio Roche, cuya oficina principal estaba en Montevideo. Él era alemán y se habían conocido en Suiza, donde ella estudiaba traductorado (en varios idiomas), y él ya trabajaba para el laboratorio. Durante los 13 años que vivió en Montevideo, Nina hizo muchas amistades que aún mantiene y son parte importante de su vida. Cuando se divorció volvió a Ginebra, donde trabajó como relacionista pública y marketing en hotelería por 10 años. Era la primera vez que trabajaba en su vida. “Cuando me divorcié, mi familia me cerró la canilla”, contó a galería.

    Nacida en Estados Unidos, Nina integra una de las familias de la clase alta neoyorquina. Sus padres eran alemanes (su madre judía y su padre protestante) y tuvieron que huir de Alemania en la II Guerra Mundial. Primero a París, donde vivieron en un departamento en Plaza Vendôme, hasta que llegaron los alemanes y debieron huir nuevamente, dejando atrás el arte y todos los bienes de la familia. Pasaron por Bolivia porque un tío de su madre era cónsul honorario de ese país y les dio pasaportes bolivianos. De ahí a Cuba —“en ese entonces era muy divertido, decía mi mamá”—, y dos meses antes de que naciera Nina se fueron a Nueva York. Es hija única, pero en esa ciudad tiene a toda su familia (tíos, primos). “A los 12 años quise ser católica. En Estados Unidos mi familia me mandó a una escuela católica. Creo que fue por miedo a que pasara otra vez (la persecución religiosa). Era una gran familia en Berlín, que estaba muy en esto que yo hago, mecenazgo. Nunca volvieron a Alemania”, recordó.

    Tiempo después de que Nina demostrara que podía valerse por sí misma trabajando con ahínco, su familia decidió superar el tema del divorcio y el flujo de dinero regresó. “Cuando vieron que yo trabaja... Nunca había hecho nada. Bueno, había estudiado, me porté bien, pasé todos los exámenes, estudié traductorado en la universidad. No lo terminé porque me casé. Me metí en hotelería porque hablaba cinco idiomas. El nacimiento de las computadoras me pasó por delante (ríe).

    Llegué allá y dije: ‘Hablo cinco idiomas, voy a encontrar en seguida’. ¡Qué esperanza!‘Ah, ¿no sabe computación?”, recordó la baronesa.

    Luego regresó a Uruguay. “Siempre quise volver. Tenía una casa en el barrio Parque del Golf en Punta del Este. Era una casa grande y vivía yo sola. A los matrimonios no les gustaba mucho que anduviera una soltera sola por ahí. Pero dije: ‘Algo en Uruguay voy a tener’. Vendí esa casa y en el año 80 compré acá 30 hectáreas. Bueno, no era esto; era un campo lleno de mugre, y una tapera. Pero la vista sobre la laguna era increíble. De a poquito fui comprando terrenos linderos y ahora son casi 400 hectáreas, con 500 cabezas de ganado, algunas ovejas, chanchas madres y pollos. La carne se vende a un intermediario; es carne de exportación”, contó sobre su vínculo con el país.

    —¿Qué fue lo que le gustó de Uruguay?

    —La gente. Lo que digo siempre. Las amistades que hice que aún siguen. Ya van dos generaciones, porque hace como 45 años que estoy acá y conozco a hijos y nietos (ríe).

    En 2002, Nina creó la Fundación Retoño, un proyecto educativo que en marzo de 2016 abrió el Liceo Espigas (de Enseñanza Media Básica, de 1º a 3er año), en un moderno edificio donde estudian chicos de muy bajos recursos. Ingresan por sorteo, es de tiempo completo, gratuito, laico y de gestión privada.

    —¿Cómo logra reunir la financiación para una obra tan grande?

    —Eso fue mi familia y unos amigos en Estados Unidos. Yo les presenté esa idea y dijeron que sí.

    —¿Cómo está formada su familia?

    —Son primos. La familia es pequeña pero todos estamos en lo mismo. Ellos viven en Nueva York, y muchos están en temas de arte y la música. La otra  parte está en Brasil. En la familia de mi abuelo eran cinco hermanos y a los cinco les fue bien después de la guerra. Tenían un banco muy importante en Berlín, y después se separaron. Mi abuelo (HansArnhold) abrió una sucursal en Berlín. Solamente mi abuelo siguió siendo banquero, y fue muy exitoso. Tenía un banco privado. Después abrió en Nueva York y le fue muy bien. El año pasado lo vendimos, después de 150 años. Era un buen momento. Entonces hay todavía más posibilidad de ayudar. La fundación de mi familia (Anna-Maria and Stephen Kellen Foundation) debe gastar 5% de las ganancias en caridad, entonces les vino muy bien una obra como esta para poder dar ese dinero.

    Además de Fundación Retoño, dedicada exclusivamente a los niños de bajos recursos de Uruguay, Nina mantiene lazos activos con Europa y Estados Unidos, donde lleva adelante e integra otras fundaciones que patrocinan becas para estudiantes avanzados, escuelas de música, trabajo con refugiados en Grecia, entre otras actividades. Esas fundaciones van surgiendo en el correr de la conversación con cada nuevo tema. Y si no son de ella o de su familia, genera vínculos con muchas otras y hace arreglos para trabajar en conjunto. Además, hace donaciones puntuales, como la del Teatro Solís o para los damnificados en San Carlos, entre tantas otras de las que no cuenta.

    Por otro lado, Nina trabaja en el consejo de varias organizaciones alemanas, incluyendo el Curtis Institute of Music en Filadelfia, del que fue presidenta y al que continuamente está donando a través de otra de sus fundaciones. También integra The American Academy, en Berlín, una institución cultural y de investigación con sede en la capital germana, dedicada a reforzar vínculos entre Estados Unidos y Alemania. De hecho, la mansión que ocupa esta institución perteneció a su familia materna antes de la II Guerra Mundial, y fue utilizada por el ministro de Finanzas de Adolf Hitler.

    —Vive muchos meses en Alemania con su esposo. Cuando está allá, ¿a qué se dedica?

    —Estoy en la oficina la mayor parte del tiempo, porque manejo muchas cosas. Por supuesto, piden mucho y estoy tratando de buscar plata. En Estados Unidos es más fácil porque se puede descontar de los impuestos. Acá solo las empresas tienen descuento por donaciones. Pero ahora es la próxima cosa que voy a hacer, ir a los bancos y a las empresas a pedir que donen para la fundación.

    Esa es su principal tarea, encontrar la manera de conseguir dinero para sus fundaciones, principalmente Retoño, y contagiar así el espíritu solidario y desinteresado. En el jardín de la casa de Laguna del Sauce, el barón Lothar von Maltzahn, su marido (por el que ella recibe el título de baronesa), se acerca a saludar. En un dificultoso español mezclado con inglés comenta que estamos sentadas al sol, a lo que ella le pregunta si va a ir a jugar al golf con sus amigos. “El 2 de enero está el golf de Reaching U en La Barra, deciles”, le recuerda ella, sin perder oportunidad para sumar a sus intereses.

    —Usted se dedica a actividades benéficas porque es una tradición en su familia. ¿Cuál es el concepto o el valor que los motiva? ¿Por qué lo hacen?

    —Si uno tiene, hay que dar. Sí. Cuando abrí Espigas usted no sabe la cantidad de gente de pocos recursos que donó. Acá se hacen fiestas, y se pide por favor que no traigan regalos; en cambio, que traigan un sobre para Retoño. El año pasado llevé a mis amigas a conocer el lugar. Poco después fue mi cumpleaños y todas mis amigas vinieron con paquetes con lápices, cuadernos, etc. para la fundación. Eso tiene que ser así. Se casó una amiga mía, y en vez de un casamiento hizo una donación para Retoño; otra amiga cumplió años y me trajo una donación, otro está para traerme algo.

    Cuando acá, en una fiesta en Punta del Este, alguien me da un sobre con dinero, por ejemplo 5.000 dólares, le digo 'esto es para tal cosa'. Entonces se le manda una carta que dice que su donación fue usada para tal cosa y se manda un foto. Una señora me trajo 50 pares de championes nuevos. Mi bisabuelo era médico, y fue el primero que pagó una renta a la gente que trabajó para él, fue el primero en Alemania que edificó una casa para madres solteras. Y nos fue bien. Después nos sacaron todo, pero volvimos.

    —Precisamente, viene de una sociedad europea conocida por haber logrado reconstruirse. ¿Qué pasa en Uruguay en ese aspecto?

    —Es Latinoamérica; tiene otra cosa. Creo que es la educación que les inculca eso. Por eso es que yo estoy en esto. Educar a la gente, educar a la gente para que entienda esto. Estos chicos van a saber lo que quiere decir tener la posibilidad de recibir una formación. El proyecto de abrir Segundo Ciclo (4º, 5º y 6º nocturno) en el Liceo Espigas será mi legado a Uruguay.

    —Hay gente que critica a los que hacen caridad porque dicen que también se benefician de alguna manera. ¿Usted recibe críticas por el trabajo que hace?

    —Seguramente que hay (gente que lo hace para beneficiarse). Pero yo no recibo críticas. Yo hago muchas cosas que nadie sabe. No lo hago por interés.

    —¿Cree que con sus acciones se hace cargo de asuntos que le corresponden al Estado y en los que es omiso?

    —Seguramente. Todo el mundo lo sabe. No quiero criticar, pero yo digo que se puede hacer mucho más esfuerzo.

    —¿Tiene vínculos con las autoridades?

    —Personalmente no.

    —¿Cuáles son los principales obstáculos que encuentra en Uruguay para llevar adelante su obra?

    —El papeleo. La burocracia.

    —¿Cómo elige las obras o instituciones en las que va a hacer un aporte?

    (Se lleva la mano al corazón).

    —Se dice que el dinero no hace a la felicidad, pero usted con dinero ha hecho feliz a mucha gente.

    —Sí. En mi vida, con lo que pasamos, no sabía que un día iba a tener tanto dinero. En serio no lo sabía, nadie de la familia lo sabía. Fueron esos años de auge, el trabajo perfecto que hizo el banco. Pero igual antes de tener eso, uno ayudaba. Yo doy más plata para mis obras que para mí. Claro. Para qué quiero. Tengo esta casa, tengo un departamento en el centro de Berlín. Pero esta es mi casa. Vivo en Alemania porque tengo a mi marido alemán.

    —¿Él conocía Uruguay?

    —No, yo lo traje. Y le dije: ‘Si no te gusta y no venís a vivir acá, no me caso’. Esto me costó sangre, pero es mío. Es mi hogar.

    —¿Y a él le gusta?

    —Él nació en Alemania del Este, en uno de sus castillos y con campos enormes; gentlemen farmers les llaman. Así que se crió en el campo. Acá él se ocupó de todo eso y del ganado. No es obra mía. Yo me dedico al jardín, a la quinta y a la casa. Lo demás es todo él. Tenemos 26 años de casados, un milagro para mí (ríe).