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    La buena mala suerte

    Columna

    La mala suerte, así se llama la nueva novela de Marta Robles y ya le ha traído muy buena fortuna. Sin ir más lejos, tres ediciones en menos de cuarenta días. No sé si lo he comentado con ustedes alguna vez, pero tengo un método infalible para detectar talento y destreza en un libro o en una película, y es la envidia cochina. Si al leer una página o ver una secuencia me digo “¿por qué demonios no se me habrá ocurrido a mí esta idea tan buena?” o “¿cómo ha sido capaz fulano o mengana de decir algo tan brillante?”, es que ahí hay algo de mérito. Tan verde como infalible sentimiento acompañó gran parte de mi lectura de La buena suerte. La novela comienza con una escena que por desgracia sucede en la vida real cada vez con más frecuencia: la desaparición de una adolescente, poco más que una niña. A partir de esa primera descripción comenzamos a conocer al resto de sus protagonistas. En algunos casos a reconocer, porque, para los que ya disfrutamos de A menos de cinco centímetros, la novela anterior de Marta , el detective Tony Roures, excorresponsal de guerra, es un personaje familiar y el tipo de hombre que una querría tener cerca cuando vienen mal dadas. Con él se entrevista Amanda Varela, la madre de Lucía, para encargarle que investigue qué pudo haberle pasado a su hija a la que, a pesar de los dos años transcurridos desde su desaparición, se resiste a dar por muerta. En esta novela todo el mundo tiene un pasado (alguno de ellos uno muy terrible) y Amanda no es ninguna excepción. Chilena de nacimiento, su historia familiar hunde sus raíces en la represión pinochetista, y sus desaparecidos son el triste antecedente que parece replicarse ahora en el destino de su guapísima y angelical hija. 

    También sabremos cómo fue su matrimonio completamente disfuncional con el padre de Lucía y conoceremos a Carlitos, el segundo de sus hijos, que vive pegado a la pantalla de un ordenador. Otros personajes de esta novela, que se desarrolla en Costa de los Pinos, al este de Mallorca, son varios vecinos de tan idílico como exclusivo enclave, cada uno con su particular secreto inconfesable, así como diversos servidores del orden público y una jueza tan sexy como eficaz protagonista de una de las escenas de alto voltaje erótico que contiene la novela. Porque otra de las particularidades de La mala suerte, una que hizo que me volviera especialmente verde de envidia, es la capacidad de Marta para escribir buenas escenas de sexo, un escollo literario en el que naufragan hasta las plumas más talentosas. Tanto es así que, en los Estados Unidos, existe un premio a la peor escena de sexo del año. Pensarán ustedes que a trofeo tan poco codiciado se haría acreedora la autora de 50 sombras de Grey, por ejemplo, o el perpetrador de algún otro bodrio similar. Pero no. Hace unos años, los finalistas fueron Philip Roth, eterno candidato al Nobel, y Tony Blair, por su autobiografía titulada A Journey. Al final el galardón recayó en el ex primer ministro británico por una escena entre tórrida y risible en la que describía un encuentro romántico con Cherie, su señora. Marta Robles, en cambio, no cae en ninguno de los errores más comunes a la hora de escribir secuencias de esta naturaleza. Ni en lo chabacano ni en lo cursi ni en lo timorato ni tampoco en lo hiperbólico. Otro elemento importante de la novela tiene que ver con la vena periodística de Marta, que la ha llevado a manejar y trenzar con todo rigor dentro de la trama temas tan controvertidos como la maternidad subrogada, las familias disfuncionales o los siempre difusos límites entre el bien y el mal. ¿Qué?, ¿se nota mucho que somos amigas y que nos queremos un montón? En efecto, pero no quita que lo que acabo de decir sea absolutamente cierto. La mala suerte es una buena novela y lo es por méritos propios. Entre muchos, uno que me parece fundamental, el de lograr entretener, intrigar y hacer reflexionar al lector al tiempo que muestra ciertos ángulos de la realidad tan desconocidos como aterradores.