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    La cultura del consentimiento

    N° 1983 - 23 al 29 de Agosto de 2018

    Una de las actitudes que más me sorprenden de estos tiempos exagerados que vivimos es la idolatría de la infancia. “Para mí, mis hijos son lo más importante del mundo, por ellos mato”, proclama la gente con gran fanfarria, y yo me quedo maravillada. ¿Vale la pena abrir la boca para decir semejante obviedad? ¿Es necesario cacarearlo? ¿Para quién no son sus hijos algo primordial?  Pero  hoy en día  todo se sobreactúa, incluso lo más natural, como la paternidad y la maternidad. O tal vez debería decir se sobreactúa especialmente  con respecto a este vínculo, lo que acaba traduciéndose en la idolatría a la gente menuda. Yo pertenezco a esa generación en la que los niños éramos más o menos un cero a la izquierda. “Cuando seas mayor comerás huevos”, se nos decía para  dejar bien claro que los niños son eso, niños y están ­—o mejor dicho estaban— sometidos al criterio de los padres. Los ingleses, que son más suaves en sus expresiones, utilizan esta otra: Mummy knows best, mamá sabe mejor lo que te conviene; y por supuesto ninguno de nosotros se atrevía a cuestionar semejante dogma de fe. Así crecemos. Sometidos a tres palabras que hoy en día son anatema: disciplina, obediencia y contención. No es que yo sea nostálgica de tiempos pasados, es más, considero que se producían no pocos abusos e injusticias, pero del estreñimiento hemos pasado a la diarrea y  ahora el nene es ­—en el más literal y desparramado sentido de la palabra— el rey de la casa. Los niños monopolizan las conversaciones y los mayores escuchan como si hablara Demóstenes; los niños deciden qué se come en la casa y dónde hay que ir de vacaciones. “Que no se frustren”, suele ser la consigna psicológica más invocada y todos nos quedamos aterrados ante tan espeluznante posibilidad, sin reparar en que la vida adulta está llena de frustraciones y cuanto antes aprendan que su sana voluntad no rige el universo, más preparados estarán para lidiar con las dificultades que les esperan. Tampoco me parece demasiado pedagógico que se dé poder de decisión a los niños sobre ciertos asuntos.

     

    Los niños monopolizan las conversaciones y los mayores escuchan como si hablara Demóstenes; los niños deciden qué se come en la casa y dónde hay que ir de vacaciones.
     

    Una madre joven me contó el otro día que estaba viviendo la siguiente situación. Su hijo Ignacio, de nueve años, sufre dislexia y va muy retrasado en el colegio, tanto, que el profesor le advirtió de que repetiría curso. La madre era partidaria de cambiarlo a otro colegio con clases menos numerosas y una atención más personalizada. Su exmarido, en cambio, no quería que el niño perdiera sus viejas  amistades y prefería que repitiese curso. “Que decida Ignacio” —fue la solución al asunto que propuso el padre. “Al fin y al cabo ­—argumentó— se trata de su futuro y no podemos contrariar su voluntad”. Lo que más sorprendió a la aterrorizada madre fue que al comentar la situación con amigos, muchos de ellos estuvieron de acuerdo con el padre porque, según dijeron, “¿Cómo no tener en cuenta los deseos del niño, cómo impedirle decidir sobre su propia vida…?”. ¿Sabe un niño de nueve años qué es mejor para su futuro? ¿Tiene capacidad para tomar semejante decisión? Y en último término, ¿es justo poner sobre sus hombros semejante responsabilidad? Otro caso que me ha dejado patidifusa últimamente es lo que en el mundo anglosajón ahora llaman la “cultura del consentimiento”. Por lo visto, una educadora australiana, Deanne Carson, ha dado con un método sensacional para acabar con los abusos sexuales. Según ella, hay que explicar a los bebés desde el día uno que sus partes íntimas son suyas y nadie puede tener acceso a ellas sin su consentimiento. Por eso los padres, antes de cambiar el pañal de su bebé, deberán decir cada vez: “Ahora voy a cambiarte, ¿te parece bien, das tu permiso?”. Como la criatura no habla, Deanne Carson sugiere prestar atención al lenguaje corporal y hacer una pausa “para que el bebé sepa, desde la cuna, que su opinión importa”. ¿Y qué ocurre, me pregunto yo, si el bebé se encocorota, patea, monta un circo, se hace pis encima del esforzado padre y se niega a ser cambiado? Creo que voy a escribir a la señora Carson para que me ilustre sobre cómo actuar ante esta remotísima y altamente preocupante eventualidad.