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    La rara virtud de saber esperar

    La paciencia , una cualidad que se cultiva (cada vez menos) con la práctica, habla de autocontrol, de sobreponerse a las frustraciones y de confiar en el fluir natural de las cosas

    Diez días esperó sentado en el aeropuerto, comiendo fideos instantáneos. Habían quedado en encontrarse en la terminal de Changsha, China, y el hombre, holandés, gastó todos sus haberes en un pasaje de ida, jugado a que su enamorada virtual, una mujer china llamada Zhang con la que había chateado a diario por los últimos dos meses, estaría allí esperándolo. Pero no. Al cabo de los diez días, Alexander Pieter Cirk todavía conservaba la esperanza de que ella apareciera y de buena gana la seguía esperando. Incluso mientras lo trasladaban al hospital (supuestamente porque se lo veía medio desnutrido, probablemente porque pensaron que una persona cuerda no espera tanto tiempo por algo que tal vez nunca suceda), continuaba creyendo en la posibilidad.

    Saber esperar implica (en mayor o menor grado) eso, esperanza, e involucra paciencia, esa cualidad adquirida que juega en los opuestos de la ansiedad, de la irritabilidad y de la inmediatez. Según la RAE, la “paciencia” es la “facultad de saber esperar cuando algo se desea mucho”. Tiene que ver con perseverar silenciosamente sin perder la serena convicción de que, algún día, eso que se espera sucederá. Es un mecanismo aprendido que requiere una ejercitación constante para seguir funcionando. Es una virtud que, según expertos, está lejos de ser una actitud pasiva, sino que tiene que ver con lograr un control interior en determinadas situaciones o circunstancias que de otra manera llevarían a la exasperación o, directamente, a abandonar la búsqueda. Es creer fehacientemente que lo que esperamos tal vez no suceda ahora, pero sucederá.

    Pequeñas frustraciones. Los niños suelen ser el objetivo de la mayoría de las reflexiones sobre la importancia de la tolerancia a la frustración. Los adultos los han sentado frente a un marshmallow (en el famoso test de la golosina) prometiéndoles que obtendrían dos si aguantaban 15 minutos sin comer ese, testeando su paciencia y autocontrol, como si de este lado, el de los grandes, todo estuviera en orden y esas dos cualidades fueran algo garantizado. Y resulta que no. El reloj de arena, la ruedita que gira imparable o la barra de progreso que indica que el sistema operativo de la computadora está trabajando es capaz de elevar los niveles de presión sanguínea de cualquier usuario adulto; la cola del supermercado puede despertar los instintos más bajos; y el relato demasiado detallado del día en la oficina del otro miembro de la pareja requiere varias aspiraciones profundas para evitar pedirle que, por favor, redondee.

    Los llamados tiempos muertos, la música de espera, el señor que precisa más de cinco maniobras para dejar el lugar en el que queremos estacionar, el niño que repite incansable la misma pregunta; la paciencia empieza a extinguirse al ritmo de las pulsaciones que se disparan y anticipan el riesgo de reventar como una piñata por algo tan nimio como algunos minutos que consideramos perdidos y pensamos que podríamos haber aprovechado mejor.

    Según la psiquiatra Judith Orloff, autora del libro “Emotional Freedom” (Libertad emocional), “la paciencia es una práctica espiritual que dura toda la vida y al mismo tiempo una manera de encontrar libertad emocional”. Orloff sugiere que los adultos deberíamos tener un sticker que dijera: “Frustration Happens” (La frustración sucede), como forma de aceptarla evitando caer en la impaciencia, aceptando que no todo sucede cuando queremos que suceda.

    Según Orloff, “la paciencia no significa pasividad o resignación, sino poder”, y tiene que ver con “esperar, observar y saber cuándo actuar”. Varios expertos coinciden en que, en estos tiempos, la paciencia no se ve tanto como una virtud, sino como una señal de debilidad, una actitud de inmovilidad frente a los desafíos de la vida. Por eso, la autora sugiere un makeover del siglo XXI para la paciencia: “Para muchas personas (…) es un obstáculo a las aspiraciones. (…) Yo estoy presentando la paciencia como una forma de compasión, una resintonización de la intuición, una forma de redimir emocionalmente tu centro en un mundo lleno de frustración”.

    Una forma de esperar. También en el aeropuerto, el lugar en el que casi todo lo que se hace además de estar en tránsito entre un punto y otro del mapa es esperar, espera Viktor Navorski (Tom Hanks) en la película “La terminal”. Mientras volaba hacia Nueva York, Krakozhia, su país, sufrió un golpe de Estado y ya no es reconocido por Estados Unidos. Técnicamente su país no existe, por lo que no le permiten salir del aeropuerto ni volar hacia ningún otro lado. Lo único que puede hacer Viktor es esperar que termine la guerra civil en Krakozhia, o que le permitan salir del aeropuerto y pisar suelo neoyorquino. Mientras tanto, en ese limbo que dura unos cuantos meses, Viktor hace del JFK su casa, conoce nuevos amigos y conserva una actitud admirable.

    —Déjeme hacerle una pregunta, Sr. Navorski. ¿Por qué espera aquí dos horas cada día cuando le he dicho que no hay nada que yo pueda hacer por usted, que su nueva visa no llegará hasta que su país sea reconocido por Estados Unidos?—Usted tiene dos sellos. Uno rojo, uno verde.—Sí, ¿y qué?—Así que tengo chance de ir a Nueva York, 50-50.—Sí, es una hermosa manera de verlo. Pero Estados Unidos no funciona de esa manera.

    Gregory Jantz, autor de varios libros vinculados a la ansiedad y los miedos, plantea que la paciencia “no da poder sobre las circunstancias”, sino que “permite a la persona controlarse en medio de las circunstancias”. Significa, además, “aceptar cómo te sientes ante determinada situación y qué puedes hacer para cambiarla”, porque “las circunstancias pueden ser repentinas, impredecibles y dañinas”. Tiene que ver con tener cierta fe y con una visión optimista de los resultados.

    Impotencia vs. poder. “Si la impaciencia implica impotencia, la paciencia implica poder, un poder nacido del entendimiento. En vez de convertirnos en rehenes de la fortuna, la paciencia nos libera de la frustración y sus males, nos lleva al momento presente y nos habilita la calma y la perspectiva para pensar, decir y hacer lo correcto de la mejor manera y en el mejor momento”, dice Neil Burton, autor del libro “Heaven and Hell: The Psychology of the Emotions” (El cielo y el infierno: la psicología de las emociones).

    ¿Qué haría un adulto enfrentado al marshmallow? Probablemente se lo comería de un solo bocado, porque esa incapacidad de retrasar la satisfacción no es territorio exclusivo de los niños. La incertidumbre, esa sensación de tensa expectativa que no siempre es negativa, ha ido tendiendo a desaparecer. Hay aplicaciones destinadas específicamente a dar certezas: la del pronóstico del tiempo, la que dice cuánto tiempo tardará el siguiente ómnibus en llegar a la parada, la que dice cuándo comenzará el próximo ciclo femenino, la que dice qué están pensando los demás, la que nos muestra fotos de lo que están haciendo antes de que nos lo preguntemos, la que dice cuánto pagaremos de luz antes de que llegue la factura.

    Es difícil escapar a la búsqueda de confort y de certezas, pero entonces, cuando estamos esperando que suceda algo que no sabemos cuándo pasará y que ninguna aplicación puede anticipar, viene la crisis.

    “Un amigo que sirvió en Vietnam me contó cómo los soldados en las trincheras no podían aplastar los mosquitos cuando los picaban en los brazos. El sonido del golpe podría delatar su ubicación. En ese ejemplo hay al menos dos fuerzas opuestas en juego, y los soldados eligieron la vida antes que el confort”, dice la terapeuta Jane Bolton, que también ha investigado y escrito sobre la paciencia. Según ella, “es nuestra mente la que genera la incomodidad, no las circunstancias externas. (…) Así que la solución es un trabajo interior”.

    Paciente con los otros. “Ejercitar la paciencia puede compararse con hacer dieta o plantar un jardín. Sí, involucra una espera, pero también necesita tener un plan y trabajar en ese plan. Cuando se habla de relaciones con otros, la paciencia no se limita a la tolerancia, sino a un compromiso cómplice con su lucha y bienestar”, sostiene Burton, el autor del libro “Heaven and Hell”.

    Llevada al plano de las relaciones, la paciencia también puede hacer la diferencia, pues habilita a invertir más tiempo en un vínculo, en encontrar la manera de que funcione.

    Aquellos que pueden jactarse de tener paciencia, logran sostenerla porque confían en que, eventualmente, llegará su momento. “Una vez que has hecho todo para lograr un fin, implica confiar en el fluir natural de las cosas”, dice Orloff. La intuición es, según ella, una gran aliada para saber cuándo es momento de esperar y cuándo de actuar. La paciencia “te deja intuir la situación para tener una visión mayor y más amorosa para determinar la acción correcta a tomar. La paciencia, un regalo cuando se da o se recibe, llega aún más allá cuando puedes leer los motivos más profundos de alguien”.

    Mientras el pan leuda, el surfista espera la ola perfecta, la cerámica se seca, el vino fermenta y el fotógrafo espera para capturar un instante, la paciencia encuentra su propósito y los que esperan reafirman una virtud cada vez más rara.