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    Lo que el viento no se llevó

    N° 2026 - 27 de Junio al 03 de Julio de 2019

    Taquillera como pocas, Lo que el viento se llevó es una película emblemática por motivos diversos. Este año celebra su octogésimo aniversario. Quien no la haya visto, al menos habrá oído hablar de ella. Ganó ocho Premios Oscar ?más uno especial y otro honorario?, entre ellos, a Mejor película, Mejor director, Mejor actriz y Mejor actriz de reparto a Hattie McDaniel, la primera persona afroamericana en recibir la estatuilla. Imborrables son algunas de sus escenas. Algún beso apasionado entre los protagonistas o el momento supremo en el que Scarlett O´Hara jura, con Dios como testigo, que jamás volverá a pasar hambre. 

    La vi en los 80, en un cine del interior al que había ido con mis abuelos. Ahora que lo pienso, como plan de salida familiar parece extraño, pero por alguna razón ?quizá una lluvia inesperada o el simple deseo de verla de nuevo?, ellos me llevaron a verla. Sentada entre los dos, atravesé sin inconvenientes las casi cuatro horas y salí encantada de la sala, envuelta en una emoción de puro esplendor hollywoodense. No podría contar con precisión de qué va la trama, pero permanecen en mí, como chispazos de memoria, imágenes, gestos, ambientes, ese clima que, al fin de cuentas, es lo que nos queda de una película o un texto cuando ya hemos olvidado el resto. Con gusto volvería a verla. 

    El estreno fue en 1939. Una cuenta sencilla me hace notar que, cuando la descubrí, la película estaba a punto de cumplir su medio siglo. Es decir, ya era vieja. Y, a pesar de eso, su excelencia hacía que una jovencita al otro extremo del mundo, sentada en la butaca de un cine entre sus abuelos, disfrutara de ella. Esa es la magia de los clásicos, su capacidad de apertura infinita hacia significados nuevos, su inagotable vigencia. Clark Gable, Vivien Leigh y Leslie Howard, tres de sus cuatro actores principales, llevaban décadas muertos. Olivia de Havilland completaba el rutilante elenco. 

    Cuánto ha transcurrido en la historia de la humanidad desde aquel estreno. Cuánto cine se ha filmado, cuánta agua bajo los puentes de la vida real y de la ficticia. Cualquiera diría que, después de tanto, el viento se habría llevado todo y solo nos quedaría el recuerdo. Sin embargo, no es así. El próximo 1° de julio Olivia de Havilland cumplirá ciento tres años. El viento no ha podido con ella. 

    Hija de padres británicos y educada en Estados Unidos, Olivia Mary de Havilland nació en 1916, en Tokio, donde su padre ejercía la abogacía. Un año más tarde nació su hermana, también llamada a ocupar un trono en la corte de Hollywood y con quien mantuvo una relación tensa. La bella Joan de Beauvoir de Havilland tomaría el apellido artístico de su madre y sería conocida como Joan Fontaine. Ambas hermanas serían premiadas con el máximo galardón que otorga la industria del cine. Joan, en 1941, por su interpretación en Sospecha, de Alfred Hitchcock. Ese año, Olivia había sido nominada para el mismo premio por su actuación en Si no amaneciera. Tuvo su revancha en 1947 y en 1949, por La vida íntima de Norma Norris, dirigida por Mitchell Leisen, y por La heredera, de William Wyler, respectivamente. 

    La copiosa filmografía de Olivia de Havilland la llevó a compartir cartel con actores de dilatada fama, como Errol Flynn ?con quien conformaron una aclamada pareja en la ficción?, Mickey Rooney, Bette Davis, Ronald Reagan, Paulette Goddard, James Stewart, David Niven y Jack Lemmon, entre muchos. Además de los Premios Oscar, recibió dos Globos de Oro y numerosas distinciones, la última en 2017, cuando Isabel II de Inglaterra la nombró Dama Comendadora de la Orden del Imperio Británico. 

    Algunas fotos tomadas ese año ?en París, donde vive? la muestran serena, con el cabello blanco enmarcándole el rostro de sonrisa dulce, distinguida y bella. Al repasar una existencia tan prolongada y rica en vivencias, impacta comprobar que Olivia de Havilland ?al igual que Kirk Douglas, nacido el mismo año que ella? no solo tiene el don de la longevidad, sino el privilegio de haber recorrido gran parte del siglo XX y dos décadas del presente. 

    Me pregunto cómo se verá la realidad desde ese punto extremo de la vida, cuántas historias habrá en el anecdotario, cuánto dolor y cuánta alegría habrán ido templando el carácter, si el brillo público habrá tenido su reflejo en lo privado, si la permanencia habrá vuelto a estas personas más sabias, más piadosas y buenas. Y me pregunto, también, cómo se verá desde allí la muerte, acaso un lugar reposado donde, por fin, descansar del encandilamiento de las luminarias y el barullo siempre aturdidor de los aplausos. 

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