La casi certeza de que la amistad es una relación transitiva llevó a que el grupo se convenciera de que si Inés Bortagaray era amiga de Pablo Stoll y de Juan Pablo Rebella, y ellos, a su vez, eran amigos de Ana Katz, entonces, Bortagaray —uruguaya— y Katz —argentina— serían grandes amigas el día que el azar o una presentación premeditada las cruzara. Finalmente, Ana e Inés se conocieron y la sensación de familiaridad fue inmediata. Se hicieron amigas, se volvieron íntimas, se olvidaron de la mar de agua que las separaba en forma de Río de la Plata, y siguieron el impulso de escribir un guion juntas. Ambas bajaron al papel una historia que, entonces, les era muy cercana: una muchacha se va de vacaciones con su novio, tienen una discusión terrible en el ómnibus, llegan a destino y ella se baja, pero él no. Ella, la protagonista, lo espera, piensa que él se confundió; lo llama por teléfono una, mil veces; le deja mensajes, hasta que se resigna a transformar esas vacaciones de dos en un viaje de una. De eso trata “Una novia errante”, la película ganadora del premio Cine en Construcción en San Sebastián en 2006 e integrante de la sección oficial Un Certain Regard de Cannes en 2007.
“La película parte de la experiencia de la maternidad, los miedos, un cierto estado de aislamiento o de soledad, la ansiedad y la felicidad extrema, todo eso conviviendo en un mismo estado. Porque de eso no se habla tanto, cómo conviven sentimientos aparentemente tan disímiles”, contó a galería Bortagaray, coguionista de la película. “Hay un sentimiento de felicidad que es vívido acá en el pecho, momentos de una plenitud absoluta, pero también está el aislamiento, que no necesariamente está asociado a lo biológico o al puerperio. Me parece que hay algo también cultural, porque de pronto esto le puede pasar a un padre, o a familias que adoptan un niño; quizás eso de zambullirse en el proceso de crianza también trae esta maroma de nuevos sentimientos”, agregó.
“Mi amiga del parque”, que ganó el premio al mejor guión en Sundance y a mejor película latinoamericana en el Festival de Málaga, llegará al cine en Montevideo este jueves 26. Esta coproducción argentino-uruguaya comienza con Liz (Julieta Zylberberg), una escritora que fue madre por primera vez. Ella no está está sola, pero su marido está haciendo un documental en Chile, así que cada despertar del bebé, cada llanto de madrugada, le enseña lo que es sentir la soledad bien adentro. Liz llora en la ducha y le pregunta al pediatra si el pequeño Nicanor —un tributo a Nicanor Parra— puede percibir su tristeza. Liz se convence de que solo ella debe alimentar al bebé, por aquello de reforzar el vínculo, así que si deja al bebé al cuidado de alguien, vuelve corriendo a la hora señalada para la siguiente mamadera. Liz, la solísima Liz, conoce a Rosa (Ana Katz) un día en el parque.
Se ha dicho de la película que ofrece una visión desprejuiciada sobre la maternidad y las relaciones modernas. ¿Cómo se logra una mirada fresca en un asunto tan visitado?
Algo que conversamos mucho durante la escritura es qué tipo de madre quiere ser Liz, que es una pregunta que directamente se formula. Y, por otro lado, otra línea que también fue muy debatida por las dos es qué tipo de familia tiene lugar hoy, que no necesariamente responda a mandatos y a convenciones. ¿Qué tipo de familia puede ser una familia amorosa y que logre acompañar la crianza y el cuidado de un niño? En esta película hay también una confrontación a ese mundo, al de la familia habitual; un cuestionamiento a lo que aparentemente se ve como bueno. Hay alguien que en apariencia tiene la vida más resuelta, una familia que responde con más facilidad a preceptos y a convenciones sociales, y hay alguien un poquito más peligroso. Esta identidad, que parece ser más marcada, quisimos ponerla un poco en duda, en discusión.
“Liz, soy papá. Te quería leer otra cita de Nicanor Parra que me pareció muy simpática”, dice un mensaje en el contestador de la casa de Liz. Ella lo escucha como una voz de fondo mientras libra una de esas pequeñas batallas cotidianas que probablemente para su padre sean tan lejanas como la estrella de otra galaxia. A Liz no le parece simpática la cita. Mensaje borrado.
En “Una novia errante” se ve en la mesa de luz de la protagonista el libro “El extranjero”, de Albert Camus. ¿Además de hablar del personaje, los objetos que se ven en la película son también referencias personales?
Habíamos puesto ese libro en la mesa de luz porque nos gustaba lo que representaba esta novela, que es un novelón deslumbrante por esta noción de extranjería, esa cosa de la forastera en ese balneario, fuera de temporada; pero a la vez ella, como una extranjera de sí misma, sin el novio, que era su referencia, y construyendo una identidad nueva. También hay alguna otra referencia. Ana dedicó la película a Roberto Bolaño, porque estábamos muy prendadas las dos de él y Ana quiso hacerle una dedicatoria personal. En “Mi amiga del parque”, el autor que aparece citado es Nicanor Parra.
Es deliberado; creo que tiene que ver con hacer una construcción un poco más subterránea; con esos pequeños guiños que le ponen otra capa de color a un personaje, que capaz que se perciben o no, pero que están ahí para colaborar. Cuando uno ya tiene la historia que quiere contar, empezar a dosificar esas gotitas es una cosa que me gusta mucho, porque siento que tiene que haber distintos registros de lectura. Algunos capaz que son muy invisibles, pero igual están.
Mientras se gestaba “Mi amiga del parque”, Bortagaray tuvo dos hijos: Dino, de tres años y ocho meses, y Antonio, dos años menor. “Estoy en ese torbellino”, dice. ¿En qué momentos escribe? ¿Cómo hace para empezar y terminar algo? ¿Cómo? ¿Cómo? ¡¿Cómo?! “Tuve una rutina que me funcionó bárbaro y después debía cambiarla por logística familiar, que me tenía escribiendo fuera de casa de mañana muy temprano. Para mí el mejor horario es ese. Pero la perdí hace dos meses y estoy en un caos absoluto. Encuentro los momentos pero son muy intermitentes. La disciplina para mí es el desafío máximo”, cuenta mientras toma su cortado con la actitud de quien tiene todo el tiempo del mundo.
Dice que tiene catarro y pide disculpas porque las frases no salen con la fluidez que quisiera, pero cada palabra de ella parece la justa. Esas mañanas, cuando todavía funcionaba aquel módulo matinal que se había establecido para escribir, se había inventado un lugar de trabajo fuera de casa: un apartado de un café del Parque Rodó que recibe unos cuantos rayos de sol; el mismo donde ahora toma el cortado. Esa fue y probablemente volverá a ser su oficina, cuando recupere sus mañanas.
¿En esta etapa está más volcada al cine que a la literatura?
Siempre seguí escribiendo, pero he publicado muy poco, dos libros y varios cuentos en antologías y revistas. Pero mi idea es volver a publicar; lo que pasa es que tengo que organizar un cuerpo dentro de lo que tengo escrito. Todavía tengo que encontrar el discurso, y en el ínterin, lo que va sucediendo es que surgen sobre todo guiones con amigos, y como son trabajos que hago acompañada, en equipo, me divierto mucho haciéndolos, y después tienen mucha visibilidad, porque el cine tiene mucha visibilidad.
Además de escribir guiones con Ana Katz, coescribió con cineastas como Federico Veiroj y la argentina Verónica Chen. ¿Por qué prefiere trabajar en dupla?
Se dio muy naturalmente. Trabajé haciendo una especie de diagnóstico en algún guión que me dieron para ver qué tipos de problemas tenía y qué alternativas se podían encontrar, que es como una especie de tutoría. Eso lo hice de manera más profesional. Pero en general se ha dado muy naturalmente eso de escribir estos guiones con amigos. Ahora estoy en otro proyecto con Ana y en otro con Federico.
Un ladrillo de vidrio “del tamaño del libro del Crandon” es la prueba física, palpable, contundente, de un logro que para el cine independiente es considerado palabras mayores. Ese hilado fino, el resultado de ese hacer y deshacer para volver a hacer, le gustó al jurado de este año del Festival de Sundance, que le otorgó ese premio que corresponde al mejor guion a Inés Bortagaray y Ana Katz por “Mi amiga del parque”. “Lo tengo medio escondido porque me parece un poco peligroso para los niños, pero es muy impresionante”, cuenta Inés, que vivió en Salto hasta los 18 años, cuando se mudó a Montevideo a cursar la Facultad de Ciencias de la Comunicación. A Salto “voy todo lo que puedo, siento un arraigo absoluto”, contó. Sus primeros acercamientos al cine fueron allá, en los tres cines salteños de los que ya no queda ninguno: el Sarandí, el Metropol y el Ariel. “Ahora está el del shopping nomás”.
¿Hubo alguna película que la inspirara a empezar a escribir?
No hubo una película, pero sí hubo una época, que tiene que ver con facultad. Este grupo de amigos, que estábamos todos en la misma clase, éramos ocho compañeros de facultad muy íntimos, entre ellos Pablo (Stoll) y Juan (Rebella); también estaba Arauco Hernández, Fernando Epstein, Gonzalo Delgado —que había empezado primer año— y también muy cerca Federico Veiroj, Natalia Lara. Éramos amigos que íbamos mucho al cine. Tengo identificada esta época como muy fermental, muy contagiosa de inquietud, de interés, curiosidad y de intercambio. Íbamos mucho a Cinemateca. Llegué de Salto y al año siguiente me hice socia, entonces para mí la formación cinematográfica tiene que ver con eso: con amistad y con Cinemateca, y con esta posibilidad de ver las películas, salir, discutir, a veces pelear (risas). Fue un momento de mucha cinefilia que recuerdo con mucho cariño.
¿Qué significó ganar el premio al mejor guion en Sundance, en términos prácticos? ¿Se abrieron puertas para ustedes, para el filme?
A la película creo que le hizo mucho bien porque le da una nueva ola de visibilidad ahora en vísperas del estreno uruguayo, y además le va a dar pantalla, porque el premio da la posibilidad de que la transmitan en la televisión por el canal de Sundance. Y para nosotras fue un orgullo que ese festival y ese jurado nos premiara. Son tres integrantes, pero el que más nos deslumbró que se fijara en la película, porque lo conocemos más, es Apichatpong Weerasethakul, un cineasta tailandés que ahora es una especie de niño mimado en Cannes.
¿Qué siente cada vez que ve el estreno de una de sus películas? ¿Qué sintió cuando vio en el cine “Mi amiga del parque”?
Orgullo, siempre ha sido así. En este caso también mucha admiración por las actrices, y por la obra, por toda la obra que llevó adelante Ana, porque una película supone una ingeniería tan compleja, tan grande y tantas decisiones. Siempre hay poco tiempo para todo lo que hay que filmar, y esta fue una película en ese sentido muy ajustada, muy guerrera. Admiro mucho a Ana. Ella hizo que la película siguiera viva hasta el montaje, que es el tercer alumbramiento, según (Robert) Bresson, otro momento más donde todo se pone en juego para ver qué película querés contar. Me parece que es una película que creció en todos los órdenes, con la música también, que es de Maxi Silveira, que es uruguayo.
A tal punto el guión estuvo abierto hasta el final, que en una de las escenas filmadas en Montevideo (casi todos los exteriores se filmaron en el Parque Rodó y en el Jardín Botánico), Ana e Inés escribieron una escena que no existía. En pleno rodaje, cuando ya se estaba yendo la luz y no quedaba ni tiempo para cumplir con lo que establecía el plan de ese día, sacaron un papel arrugado de algún sitio, lapicera, e improvisaron las acciones y los diálogos que, se dieron cuenta, eran narrativamente necesarios. “Para mí esa es una cosa que caracteriza bien a Ana. He visto que no es algo tan frecuente en otros directores que se piense en la verdad que encarnan los diálogos hasta en el rodaje, en cómo se dice lo que se dice, en todo lo que surge a partir de los ensayos, en la carne y el cuerpo que ponen los actores. Se sigue ajustando y extractando muchas veces para que lo que quede sea la verdad, porque muchas veces uno tiene que hacer un juego muy ampuloso para encontrar algo más despojado y más importante”.