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    Miguitas de pan

    N° 2001 - 27 de Diciembre de 2018 al 02 de Enero de 2019

    Al comenzar cada año me propongo leer una cantidad de títulos pendientes. La pila en la mesa de luz es un recordatorio perenne de mi fracaso. Allí se amontonan los libros que compro por deseo, los que me llegan de regalo y los que se imponen por motivos profesionales. No me molesta tanto que la pila crezca. Lo molesto es que se coloquen en primer lugar textos que no quiero leer y queden postergados los que sí quiero. A esto se suman lecturas obligadas ?la mayoría de las veces poco gratas? que aparecen por vía electrónica y que añaden el incómodo detalle de la pantalla, una circunstancia que los amantes del libro tradicional aceptamos como rasgo inevitable de estos tiempos, pero a la que no nos acostumbramos sin ofrecer resistencia. 

    La ceremonia pausada, solitaria y silenciosa de la lectura placentera es para algunos  una felicidad incomparable. El contacto físico con el papel, su olor y su textura, las múltiples posibilidades de intervención directa que un libro ofrece ?subrayarlo, escribir en los márgenes o conservar entre las páginas pequeños objetos?, los lazos interpersonales que crea cuando se regala o se presta, constituyen un deleite difícil de explicar a quien no posee el hábito de la lectura. Por si fueran pocas sus virtudes más evidentes, un libro tiene, además, efecto terapéutico. No digo que alivie todas las penas, pero cualquier soledad es menos triste si hay uno cerca. Siempre algo cambia cuando uno lee. Tanto, que no se sale de un libro igual que como se entra. 

    La lectura significa mucho para algunas personas. Quien no lee pierde una oportunidad  única de acceder a un mundo inspirador e inusitado en su riqueza. No solo por la puerta abierta que un libro ofrece hacia la información, la cultura y el entretenimiento, sino porque ese cúmulo de palabras organizadas en frases según una determinada estética es la mejor forma de ennoblecer el idiolecto y afinar la decodificación de los relatos, todo lo cual contribuye a robustecer un pensamiento crítico que nos hace más libres. 

    Por eso celebro cuando tengo la dicha de toparme con uno de esos libros que me enamoran. Ya por su estilo sobrio y medido o transgresor y sorprendente ?del cual, si puedo, aprendo?, ya por el contenido que lo transforma en un inmejorable maestro. O solo porque me entretiene lo que cuenta. Estos encuentros felices no me suceden con frecuencia. Pero cuando acontecen, me dan la paz de saber que he invertido bien el tiempo y me generan la necesidad de compartir la satisfacción con otros, incluso a sabiendas de que cada experiencia será diferente. Aquí dejo algunas miguitas de pan, no para que otros repitan mi camino, sino para que, siguiéndolas, encuentren su propia huella. 

    Este año descubrí a Yuval Noah Harari, un joven historiador israelí que me atrapó con tres de sus libros: Sapiens: de animales a dioses. Breve historia de la humanidad, Homo deus: breve historia del mañana y 21 lecciones para el siglo XXI. No digo que sea imprescindible hacerlo de este modo, pero sugiero leerlos en el orden que propongo ?que respeta la cronología de las publicaciones? por cuanto media un par de años entre cada uno y es interesante ver cómo el autor va ajustando, desarrollando o incluso enmendando conceptos. Se trata de un pensador lúcido y original que aprovecha su enorme bagaje de conocimientos y lo transforma en una literatura didáctica, incluso amena. Este estilo fresco y bien construido desde el punto de vista poético, permite digerir una catarata de datos sin sentir el peso a veces insoportable de los ensayos académicos. 

    La siguiente recomendación implica un compromiso intelectual profundo y quizá deba asumirse como uno de esos proyectos de largo aliento que uno va intercalando con desafíos más modestos. Se trata de Historia de los judíos, de Paul Johnson, novecientas páginas de un recorrido fascinante desde “Abraham a la consolidación del Estado de Israel”, un relato del trayecto en el que “se forjó una cultura que ha ejercido una influencia innegable en la formación del mundo moderno”. Si al terminarlo hay resto para un poco más de Johnson, también recomiendo su Historia del cristianismo, un libro que leí hace casi dos décadas y a cuyas páginas espero regresar en cualquier momento. 

    Aquellos amantes de la ficción encontrarán su recompensa en Patria, de Fernando Aramburu, una mirada sobre la cuestión del nacionalismo vasco planteada con dureza y con una polifonía que permite la apreciación desde varios puntos de vista. Es un libro extenso que quizá ganaría en intensidad con menos páginas, pero que de ningún modo aburre ni defrauda. Y para quienes estén interesados en los vericuetos del mundo literario y los avatares de la vida de un escritor, Aramburu ofrece Las letras entornadas, un texto más breve de corte autobiográfico e intimista, exquisito y sobrio, acertado en el equilibrio entre lo que cuenta y lo que escatima. 

    La lista podría continuar y es bueno que el espacio de la columna limite esa posibilidad para que el lector no se sienta abrumado ante tanta sugerencia. Un lindo ejercicio es entrar a las librerías y dedicar minutos a leer las contratapas y a conversar con los libreros. Y luego seguir el rastro de miguitas de pan que otros dejan o evitarlo y correr algún riesgo.