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    Pongámoslo así - Editorial

    Hay una dimensión de las personas que suele resultar bastante certera para medir su estatura: es el vínculo que tiene con los que considera sus pares. Me refiero, sobre todo, a los pares profesionales, a los que están a su altura (o considera que están a su altura). Lo que uno dice de sus pares y la forma en que se comporta respecto a ellos explica mucho de uno mismo.

    Un ejemplo que todos tomamos con una simpatía dulzona y liviana es el de la gran amistad que existe entre Luis Suárez, Lionel Messi y Neymar, tres deportistas de elite dentro de la propia elite de la alta competencia mundial, que generan individualmente sumas de nunca menos de ocho cifras en dólares cada año, no solo por ingresos del club Barcelona sino por sus patrocinadores, lo cual requiere la marca de un perfil propio. Esta gente se juega mucho, lo cual, lejos de enturbiar, hace aún más valorable esa amistad medio lúdica, y típica de grandulotes que, al juntarse, vuelven un poco a la adolescencia.

    A quienes nos gusta el fútbol nos deleitamos viéndolos apostarse la hamburguesa, incluso, como el viernes pasado, jugando de mano antes de empezar el partido; Neymar diciendo que cuando atacara a Uruguay iba a extrañar a Suárez a su lado.

    Los uruguayos, además, lo vemos como algo natural porque da la impresión de que Suárez es el más beneficiado por la situación: fue el último que llegó; venía “apestado” del Mundial, cargando con esa especie de estigma del peor de la clase, del que siempre se porta mal en los cumpleaños, un estigma sobre el cual saltaron unos cuantos de sus colegas europeos, haciéndose los buenitos incapaces de meterle una plancha a nadie. Messi, por su lado, era el consagrado, el número uno, el argentino que es local entre catalanes, el chiquito que venció los obstáculos y es venerado en todo el mundo. Y Neymar, queriendo marcar un perfil, el joven que llegaba a la cima pero todavía no había demostrado lo que valía (al menos en Europa, tumba o podio de los cracks) y tenía que buscar su lugar.

    Hubiera sido esperable que Messi marcara su condición de cuasi locatario y de número uno y también hubiera sido esperable que no le gustara que vinieran a querer comerle un pedazo de su torta de gloria. Si lo hubiera hecho, seguramente los uruguayos habríamos dicho cosas como que porteño tenía que ser y otras tonterías que solemos decir de los argentinos; al resto del mundo no le habría sorprendido para nada.

    Los otros dos hicieron lo suyo y los tres entendieron que, en vez de ser grandes de a uno, podían serlo de a tres y multiplicarse en el otro, e incluso proyectar una imagen mucho más simpática y querible. Lo hicieron y crecieron los tres y la gloria la tienen como tridente y cada uno por su lado.

    Eso sí me parece lo menos esperado.

    Miremos en torno nuestro. Jugándose mucho menos y con bastante más para ganar, muchos profesionales suelen ser mezquinos con sus iguales: retacean el elogio, señalan sus debilidades, desmerecen los logros. Unos cuantos creen erróneamente que así saldrán ellos, los que señalan, mejor parados, cuando en realidad es lo contrario: uno crece cuando elogia a un par, demuestra que se tiene fe, que puede hacer bien lo suyo y que el otro es un desafío para mejorar o, como dicen los norteamericanos, que el otro sea una inspiración. Las mujeres, por la forma en que nos educaron a la mayoría, somos bastante más explícitas que los hombres en esto, quizás porque la lucha por el poder puertas afuera de casa es algo bastante reciente. Si no es amiga nuestra o no nos cae simpática, siempre está gorda, o es un poco guisa, o se quiere hacer lo que no es (inteligente, por ejemplo). Ni hablar si la pobre, de pasada, se cruzó la mirada con nuestro marido, pareja u objetivo a “atacar”, incluso si no fue de pasada, ¿cuál es el problema? El problema es lo que él haga con eso y el lugar en el que dejará a quien es su acompañante. Pero ese es otro asunto.

    ¡Es muy reconfortante para quienes observamos —y, por supuesto, para quienes intentamos practicarlo— al que está en competencia explícita o implícita con nosotros mismos! En algunos casos juega en el mismo cuadro pero busca su lugar, en otros es una competencia comercial pero del mismo rubro, en otros es un colega de profesión que aspira a los mismos clientes o al mismo premio material o no. Y este acercamiento no excluye el competir pero cultiva la amabilidad, la elegancia, el reconocimiento a la calidad, incluso la genialidad del otro y hasta puede incluir, también, la amistad y por qué no, la complicidad para desafiarse mutuamente. Lo que sí debería excluir es la descalificación del otro solo porque busca lo mismo que nosotros o su espacio en nuestro mismo campo, la idea de que si yo soy bueno en esto entonces lo del otro es lo malo, si fabrico esto todo lo demás que se fabrica en mi rubro es malo. Esto se da en rubros tan diferentes como el de los políticos, los escritores, los médicos, los peluqueros, ¡los periodistas!

    Y sin embargo es tan reconfortante cuando vemos a dos iguales encontrarse y reconocerse mutuamente...

    A veces se cree que el problema mayor es con el diferente. No hay duda de que ese tipo de intolerancia hace e hizo mucho daño, pero esta otra, que es más individual, hasta más inconfesable, no suele ser muy visitada por los analistas de la condición humana. Por eso lo del principio: cuando vemos quererse a estos tres, festejémoslo con ellos, ahí está triunfando lo mejor de nosotros, y esa virtud no viene de sus piernas, aunque, claro, en este caso, todo empezó por ahí.