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    Pongámoslo así

    Editorial

    Las experiencias culturales, aun cuando se trata de ficciones —incluso particularmente cuando lo son— suelen ayudar a explicarnos los sentimientos.

    Esto me ha sucedido desde el lunes cuando supe de la muerte del Dr. Jorge Batlle.

    No tuve una relación particularmente cercana, como tantos de los colegas; incluso sentía una distancia casi insalvable: me enojaba y no me explicaba cómo una persona tan inteligente podía desconocer la causa feminista aun en una mínima relevancia. Seguramente, su tremenda capacidad de seducción enseguida me llevaba de la nariz a dispensarlo por razones generacionales.

    Sin embargo, el lunes, cuando supe de su muerte, experimenté una sensación de pérdida y desamparo tan sorprendente como poco original: con el pasar de las horas comprobé que a miles de uruguayos les sucedía lo mismo y que eso no tenía nada que ver con las preferencias políticas —para quienes las tienen—, o con su relación con el expresidente.

    La explicación me la encontró la memoria en una escena de la película “Nuestros años felices”, que en los 70 protagonizaron Barbra Streisand y Robert Redford: ellos estaban en un bar el día de 1945 en que desde el televisor junto a la barra se anuncia la muerte del presidente Roosevelt, meses después de haber asumido su cuarto período al frente del país. Ella, una activista, rebelde y antipoder, se pone a llorar por la noticia y, ante el estupor de él, le dice algo así como “es que hace tanto tiempo que él está allí que no me imagino cómo será el futuro”.

    No es textual la frase, ni el caso, pero no importa: importa la verdad sentimental que a uno le haya dejado.

    Desde 1971, cuando a los siete años ayudaba a mi madre a ensobrar listas del Frente para el comité de Jacinto Vera, los lentes desmesurados y la boca estrecha, carnosa y con vida propia de Jorge Batlle formaban parte del paisaje cotidiano. En la familia también había colorados y blancos, así que de odios por banderas, nada. Alguna discusión un poco menos apasionada que las de fútbol y por allí quedaba. Mi abuelo pachequista me llevaba de su mano en largas caminatas por la playa con el maestro Julio Castro, su amigo, y en el camino los tres nos parábamos a conversar con wilsonistas furiosos, y a conversar de política (ellos) para después comentar si había pesca o no.

    Después pasó lo que pasó, pero también pasó el acto del Obelisco, los radicalismos y desradicalismos propios y ajenos, los presidenciables, los presidentes y Batlle presidente en su quinto intento, un gobierno del Frente, otro y otro, y siempre, antes y después, Batlle hablando, discutiendo, retando a todos a debatir, hablando de lo que entonces eran otros planetas, como Nueva Zelanda e incluso Montes, acá nomás, que tenía un proyecto que casi solo él conocía y pregonaba. Y seguía hablando mientras pocos podían seguirle el tren de los argumentos aunque muchos más lo criticaban, por liberal y porque era de derecha, o porque era colorado, o porque era cajetilla, o porque era reo, o burrero. Pero todos, todos, admiraban en secreto o en público su capacidad intelectual, su voracidad por entender el mundo y las partes más adelantadas del mundo.

    Lo culparon de cosas horribles de antes de la dictadura (que se probaron que eran falsas, como su responsabilidad en la famosa infidencia), o de la peor crisis económica que enfrentó el país y de la que él mismo nos sacó y nos puso a crecer. Y como sucede con muchos expresidentes de democracias plenas, una vez terminados sus períodos, se reciben de próceres, disfrutan de la impunidad de la edad (aunque Batlle siempre hizo y dijo lo que se le antojó, ahora lo decía con más simpatía, o la gente se lo tomaba con más indulgencia) y se hacen amigos de todos.

    ¿Quién no contó una anécdota con Batlle de los que escribimos estos días sobre él?

    Tengo muchas de sus visitas a galería y a Búsqueda, y una de las más lindas fue durante la última, cuando vino al estudio a hacerse un retrato colectivo y, una vez terminado, se quedó en el patio de la entrada charlando con los cadetes y la telefonista después de reprocharme que no tuviéramos escalera hasta el cuarto piso y de haberse metido en la redacción solo para alzar los brazos y conquistarse a las chicas con un “Hola, muchachas, ¿cómo va todo?”.

    Pero más allá de las anécdotas, la sensación de desamparo se explica con la pregunta que planteó el exvicepresidente Luis Hierro durante su discurso en el Cementerio Central: ¿ahora quién nos contará el porvenir? 

     

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