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    Pongámoslo así

    Editorial

    En una época, decir que habías llorado o te habías “emocionado” frente a un monumento quedaba “fino”, al decir de entonces (que hoy sería “cool”).

    Ahora, que más gente ha accedido a viajar y que el emocionarse se ha banalizado tanto, confesar que lagrimeaste frente a un monumento o ícono planetario, además de no impresionar, queda medio chongo, cursi, “cutre”, como dirían los españoles. Supongo que hoy se lleva publicar la foto frente al emblema, o jugando con él en un trompe-l’œil, pero en todo caso el relato oral o escrito de una experiencia emocional de ese tipo no se da, salvo que, por profesión o afición, te dediques al viaje.

    Seguramente la época lo marque así: cuando les mostré a mis hijos, de entonces 9 y 12 años, el Empire Estate, enseguida de emerger por primera vez a Manhattan desde la estación Pennsylvania, lo miraron con simpatía, como quien saluda a un amigo que se encuentra cada mañana en la esquina, y siguieron con lo suyo. Eso me ha hecho pensar que tanto convivir con el mundo todos los días, con sus imágenes y sus idiomas a cada hora y en distintas situaciones de su cotidianeidad, les cambia poco encontrarse con esos símbolos tan familiares en la realidad real, digamos.

    Seguro que soy una posmoderna premillenial, porque, por más cutre que suene, me he conmovido con un par de íconos que conocía de los textos, las novelas, los diarios y los noticieros al encontrármelos in situ. Como darle la mano o un abrazo a un amigo o amiga con la que mantuvimos una amistad epistolar e incluso algunas experiencias comunes a distancia, y al fin nos podemos saludar. Muchas veces, asimismo, el “encuentro” nos marca el punto de llegada de un tránsito particular relacionado con sueños o quimeras personales de diferente naturaleza.

    La primera vez que me sucedió fue la más curiosa: era casi adolescente, hacía dos meses que recorría Europa (en el viaje de egresados del Instituto Italiano de Cultura): había visto al mismísimo Papa muy cerca en el Vaticano, y al Vaticano, el campanario de Giotto en la catedral de Florencia (que tanto habíamos estudiado), la Sagrada Familia de Gaudí, el Big Ben, hasta la mismísima “Última Cena” de Leonardo en la Santa Maria delle Grazie de Milán. Estaba en París, adentro del Louvre (en época prepirámide), creo que ya vista “La Gioconda”, y separada del grupo, me vi subiendo sola una escalera de mármol. Cuando levanté la cabeza, al final estaba, solita, “La victoria de Samotracia” que parecía venírseme encima. Quedamos solas, dos segundos frente a frente, y por primera vez lloré y me hice una completa carne de gallina. Entonces recité para mí el poema de Luisa Luisi que tantas veces les había escuchado a mis compañeras de la Escuela Nacional de Declamación: “Oh, Victoria, Victoria, mármol divino/ como yo condenada a la inmovilidad;/ con toda el alma puesta en las alas abiertas/ mutilada en el ímpetu supremo de volar!...”.

    Era el lamento de una persona condenada pero también un canto a la libertad como necesidad del cuerpo y del espíritu.

    Casi una década después, habiendo recorrido casi toda América como periodista y en pleno proceso de ruptura interior con los adoptados manuales de la Revolución cubana y sus aledañas, llegué a Nueva York por primera vez. Uno de los primeros paseos fue a la Estatua de la Libertad. Sin aviso previo, en plena barquita que se acercaba a la isla de la mujer imponente levantando la antorcha, rompí en llanto. Quizás fuera por la bienvenida a una etapa; creo que pensé en mis bisabuelos con su valijita llegando a otro puerto de América, no lo sé. Pero esa imagen poderosa generó un silencio repentino también en los demás pasajeros, en los que alguna vez supieron lo que significaba. Parecía que hubieran tomado conciencia de que, al final, todos pero todos llegamos alguna vez a un lugar desde otro para ser acogidos por aquel. Será una generación o veinticinco, pero así habrá sido una vez. Sin embargo, en un solo lugar del mundo ese tránsito se celebra de manera explícita con un enorme edificio con forma de mujer, para dar la bienvenida a los que llegan. Es en el lugar cuya comunidad se formó mezclando gente de todas las procedencias también en forma explícita para, a partir de la mezcla, generar algo mejor que la suma de todos. Hoy ese edificio está resignificado porque, evidentemente, la porción de esa comunidad que decidió eligir quién administrará sus destinos por cuatro años, evidentemente, se equivocó. Hoy allí el mayor homenaje a la bienvenida a los otros y a la fe en el valor mayor de las sociedades civilizadas dejó de ser el recortecito en polifón verde que llevan en la mano los turistas menos informados, o menos sensibles, y está pasando a erigirse, más que nunca, en un bastión, como comentaron unos cuantos visitantes a un periodista de “The New York Times” que decidió regresar por estos días. Por él descubrí algo sorprendente que imperdonablemente ignoraba: en el pedestal de Libertad hay un poema escrito por una neoyorkina de varias generaciones con origen judío-sefaradí-portugúes. Lo publicó en 1883, unos pocos años antes que Luisa Luisi publicara el de la Victoria alada. En sus líneas más conmovedoras dice: “¡(...) Tierras de antaño quédense con sus historias pomposas!/ Exclama ella/ Con labios silenciosos. / Dadme tus cansados, tus pobres,/  Tus masas amontonadas gimiendo por respirar libres,/ Los despreciados de tus congestionadas costas./ Enviadme a estos, los desposeídos, basura de la tempestad./ Levanto mi lámpara al lado de la puerta dorada!”.

    La poeta se llamaba Emma Lazarus. Como a Luisa Luisi, pocos la conocen, quizás por honrar demasiado las historias pomposas y olvidarse de estas, como dice Emma.

    Ojalá, como tantas veces, la poesía sirva de consuelo y de conciencia sobre la hora que todo Occidente está lamentando.