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    Un hombre común

    A los 40 años, dos después de la muerte de su hermano Sebastián, Daniel Mella publicó “El hermano mayor”, una novela sobre lo que sucede cuando alguien tan amado desaparece físicamente

    En Parque del Plata, en algún lugar entre la ruta, el mar, el bosque y el arroyo, hay una casa blanca, pequeña, sin nombre y con dibujos infantiles en uno de sus muros. Allí vive un hombre que quiere ser común.  

    Daniel Mella —1,92 de altura, jeans remangados, pies descalzos, brazos gráciles, pestañas larguísimas y tupidas, sentado en el porche tomando el mate de la mañana, armando cigarrillos de tabaco— parece el hombre más común del mundo.

    No lo es.  

    A los 19 años, cuando estudiaba Comunicación en la ORT y era uno de los mejores alumnos de su generación, el preferido de muchos docentes, escribió un texto en cuatro días. Ese texto se llama “Pogo”. Dice que era un tiempo en que andaba suicida, que se había quemado porque el director técnico de la selección uruguaya de básquetbol donde jugaba lo hacía comer banco, que ese fue su punto de quiebre. Así nació su primer libro. Un año más tarde, en 1998, publicó “Derretimiento”. Al final del siglo XX en Montevideo, Mella era considerado un tesoro escondido encontrado. Así lo definieron Sofi Richero y María José Santacreu en un entrevista publicada en “Insomnia”, la separata cultural de la revista “Posdata”. El 2000 llegó con “Noviembre” y 24 meses más tarde se fue a vivir a Nueva York por dos años y desapareció del mundo editorial. Trece años después publicó “Lava”. Este 2016, cuando cumplió 40, y dos años después de que su hermano Sebastián muriera a los 31 años alcanzado por un rayo en la playa de Santa Teresa en Rocha mientras dormía en la casilla de salvavidas, Mella terminó de escribir “El hermano mayor”. El libro, hermosamente humano y desgarrador, empieza así: “Su muerte va a caer 9 de febrero, para siempre dos días antes de mi cumpleaños”.

    “El hermano mayor” es, de alguna manera, un fragmento de su autobiografía donde el único nombre que se mantiene igual es el de él (el hermano que muere, por ejemplo, se llama Alejandro). Es, también, un texto sobre todo lo que se movió en una familia que perdió a uno de sus miembros de una manera horrorosa. El agua, la playa y los González Mella (Daniel utiliza el apellido de su madre) conforman un lazo que tiene, al menos, tres generaciones. El abuelo de Daniel era marino y nadaba en la playa Pocitos. Dicen que allí, en el agua, mientras ambos nadaban, conoció a su mujer. Los cinco hermanos González Mella son hijos de las olas; su padre, Ariel González, es una leyenda del surf nacional, fue el primer uruguayo en competir internacionalmente. El agua es el espacio que la memoria de Daniel elije cuando tiene que imaginar un momento en el que todos estuvieron unidos de una forma bella y trascendental. En estos días, cuando el aire se empieza a templar, se sube a su bicicleta y pedalea unas cuadras hasta la playa. Desde que se lesionó la espalda en Nueva York, surfea menos. Pero nada con patas de rana. “El agua es lo que más rápidamente te cura: los huesos, los músculos, el ánimo”, cuenta.

    Así, en el mar, él, su familia y todos los que querían a Sebastián lo despidieron. La imagen está narrada de una manera mágica en “El hermano mayor”. Pero Daniel no quiere escribir libros mágicos, quiere escribir libros verdaderos. “Creo que es en ese lugar donde la escritura te puede ayudar a volverte más común. Antes ponía la escritura en un lugar más glorioso. Ahora quiero que cualquier persona pueda reconocerse en mis libros y para eso tenés que aceptar lo común que sos. En el libro aparece una conversación entre la madre y Daniel, donde ella dice: 'Vos querés ser especial'. Y claro, yo quería ser especial. El camino hoy es ser lo más común posible, para tener acceso a lo que es ser humano. Lo que te va llevar a estar en paz y en comunión con tus relaciones es hacerte amigo de lo que te hace común”, dice.

    En “El hermano mayor”, Martín Fernández, responsable de la editorial Hum, le dio un empujón para que lo terminara. ¿Cómo sucedió en sus anteriores libros?

    Por lo general funciona intuitivamente. No me cuesta terminar. De repente lo que hago es dejarlo reposar un par de meses. Ahí puede que algo se modifique, pero no mucho. Yo me siento muy respetado como lector cuando me doy cuenta de que del otro lado hay una búsqueda por encontrar la mejor manera de decir lo que se está diciendo. Cuando ves que el escritor no aflojó. Para lograr eso tenés que releer mucho, porque la primera parte de escritura es descargar información. Con “El hermano mayor” yo ya sabía que la mayoría del texto estaba, pero me parecía que le faltaban 20 páginas. Y la forma y la estructura no eran del todo las que quería. Pero me estaba pesando un montón en lo anímico. Entonces se lo di a Martín para que lo leyera.

    Un día, que estábamos los dos fumando abajo del techito del Bar Las Flores, porque llovía, empecé a ver el final. Soy bastante obsesivo y perfeccionista, ya había corregido y corregido, estaba bien soltarlo.

    ¿Qué pasó entre que el libro se fue de sus manos y llegó a la librería?

    Pensé en pasárselo a mis hermanos y padres para que lo leyeran y supieran.

    ¿Ellos no sabían que estaba escribiendo sobre su hermano?

    Sabían, sí. De vez en cuando hablábamos de eso. Con mi hermano Santi, sobre todo, porque él también escribe, es guionista. Con Seba hacíamos lo mismo con su música. Pero pensé: “No los voy a obligar a leer esto”. Creo que tenía un poco de miedo porque estaba usando sus imágenes y cosas personales. Pero después confié que iba a estar todo bien. Y está todo bien. Aunque uno siempre duda. Porque pensás que hay ciertas cosas que es mejor no hablar, mantenerlas en privado. Como si fueran vergonzosas. También me daban ganas de que fuera la última vez que tuviera que escribir sobre esto.

    En una entrevista en “Búsqueda” dijo que cuando sus hijas le preguntan dónde va la gente cuando muere le gustaría responder “no sé”. En “El hermano mayor”, uno de los hijos de Daniel, el protagonista, dice: “El tío Ale se fue al cielo”. ¿Cómo conviven esas dos partes en usted después de años de educación religiosa?

    Mi hermano Pablo, que vive en Estados Unidos, siguió siendo religioso hasta hace unos años y un día me llama y me dice: “Ya no puedo seguir con esto, no creo más en Dios, no sé qué le voy a decir a mis nenes”. Tiene dos hijos. Me puse muy contento porque la creencia no soluciona nada, te puede dar un consuelo momentáneo. Toda información que puedas expresar de una manera intelectual sobre cómo funciona la vida y el universo es fragmentaria. El intelecto no puede comprenderlo todo. Precisamos esas seguridades porque nos gustaría tener cierta sensación de control sobre nuestras vidas. Y Pablo me decía: “Mis hijos van a crecer con inseguridad si no sé qué decirles”. La verdad es que prefiero que crezcan sabiendo que hay mucho para explorar. Que hay respuestas que si te las da otro no valen. Alguien te puede contar qué es el amor, lo lindo que es meterte en el agua, pero nunca va a ser igual a cuando lo vivís. Entonces, si tenés todas esas preguntas andá y probá y descubrí. Puede pasar que te lleven por experiencias muy intensas y fructíferas. De algún modo la muerte para mí empezó a tener una función iluminadora y a funcionar como motor el día que me cayó la ficha de que todo lo que pensaba sobre ella era la nada. Cuando alguien se muere con lo único que me puedo quedar es con esa humildad de decir: “Lo único que sé es que a esta persona como era ya no la voy a ver más”. Pero sé lo trascendente que es el amor, por ejemplo, porque mi hermano está muerto y todavía siento amor por él. La muerte se aplica a los cuerpos, el amor que todo lo trasciende no tiene fecha de caducidad. A mí las preguntas de qué es la muerte, qué hay después de la muerte ya no me parecen tan interesantes. Sí me interesa la actitud a la que te puede llevar la conciencia de la muerte, la certeza de que un día la experiencia en este cuerpo va a pasar, porque ahí puede que no pierdas tanto el tiempo con bobadas y vivas más intensamente.

    Cuando lee entrevistas que le hicieron cuando tenía 20, ¿con qué se encuentra?

    Con que estaba muy metido en el tema de ser escritor. Era mucho más apasionado por la cultura, el arte, los artistas. Me gustaba la idea de escribir para ser interesante. Ahora el personaje ya no me lo creo. “El hermano mayor” saca ese personaje, lo usa y se ríe de él. La muerte de Seba me llevó a hacer un repaso casi que de mi vida entera. Y, particularmente, me llevó a la época de “Pogo” que coincide con el momento en que andaba suicida. La escritura fue una de las herramientas de salvación y de libertad. Y para dejar de ser lo que suponía que tenía que ser y encontrar una nueva definición de mí mismo.

    ¿Qué se supone que tenía que ser en esa época?

    Un tipo casto, un estudiante universitario, un tipo que laburara. Que estuviera prestando atención a todo el programa que tenía la Iglesia para mí, que pensara en tener una familia. Yo tenía que ser alguien sin sombra y la sombra me venía creciendo desde hacía rato.    

    ¿Cuándo dejó de preocuparse por ser interesante?

    Después de “Noviembre”, cuando dejé de escribir. A mí las definiciones me exasperan. Antes era: “mormón”, “basquetbolista”, “joven uruguayo con problemas”. Ahora era: “escritor”. Me estaba volviendo a encarcelar en algo. Mi espíritu no soporta demasiado eso. Supongo que, en muchos casos, son necesarias las definiciones para plantearse cierta contención. Me interesa mucho más la definición que ya implica ser. Afianzarse más en el soy. Esa fue mi exploración en los años que dejé de escribir. Es muy posible que este libro cierre una etapa de mi vida. Fue como un acto de liberación.

    ¿Hay una cuota de egoísmo en el acto de escribir?

    Tiene algo egoísta desde el punto de vista de que te ocupa tiempo. Yo les termino sacando tiempo a mis relaciones y a estar en sociedad porque estoy muy ocupado escribiendo. Tiene algo de mirar para adentro, de una necesidad que no es de nadie más, solo tuya, y es una obligación que te imponés. También es una manera de ubicarse en el mundo. Al mismo tiempo desafía al egoísmo. Porque en un punto no escribís sobre lo que querés, escribís lo que necesitás escribir. Yo no le doy participación a mi ego a la hora de escribir porque sé que la caga. Esto está conectado con la idea de que tenés que borrar las mejores frases de tus textos porque esas provienen de tu vanidad. Con esa vanidad tenés que batallar a la hora de escribir y ponerla en su lugar. Sin embargo, se precisa cierto ego, cierta confianza para sentarse a escribir con la convicción de que falta un libro y es el que estás escribiendo. Al mismo tiempo hay una cuestión de apertura, no todo tiene tanto que ver con el yo. A mí me pasa que me pongo un poco ansioso y trato de pensar qué escribir, que sea una idea genial, y nunca funciona. Y un día, vas al almacén, estás comprando una lata de atún y “pin”. Y decís: “La concha de la lora yo me estuve angustiando”. Lo que pasa es que el ego se te pone nervioso porque sos escritor y de repente te acordás de que no funciona así. Me pasa mucho cuando estoy escribiendo y me tranco en alguna parte. Tengo dos opciones. O me quedo sentado en frente de la computadora. O me pongo a lavar el baño, a colgar la ropa. Y ahí viene lo que no te llegaba. Durante mucho tiempo yo me quedaba sentado hasta que me saliera.

    En sus libros es habitual que el lector se sienta incómodo, pero también hay otros en los que aparece una empatía bastante fuerte.

    Busco que los lectores tengan la experiencia de sentirse un poco amenazados, violentados por el texto. Tener ganas de parar y no poder. Estar sometidos a un tour de force. Creo que eso es lo que me gusta generar: una relación sádica con el lector. Porque me gustan esos libros. Cuando se genera una conmoción, un desajuste. Hay un montón de cosas que puedo llegar a pensar, sentir, intuir y hasta saber de la vida, de la muerte, de lo que sea. Pero casi nunca van a figurar en lo que escribo. Y en lugar de largarlas como sentencias voy a generar en el texto que la pregunta surja en el lector. No voy a decir lo que me parece. Puedo tener una percepción muy luminosa de la vida, no lo voy a andar diciendo en lo que escribo. Me interesa, en todo caso, que si hay algo que brilla que sea a través de la oscuridad. Es casi como una reacción a ese mandato de escribir libros edificantes. Confío mucho más en alguien que puede hablar del dolor con sinceridad o de todo eso que llamamos oscuridad, que en alguien que habla de lo bella que es la vida. No le veo la honestidad. Lo que no quiere decir que haya que ser de una manera o de otra.

    Este año cumplió 40 y su cumpleaños desde la primera línea de “El hermano mayor” tiene mucha relevancia.

    Sí, en febrero. Cumplo el 11 y Seba murió el 9. Me acuerdo de que ese día entré a Facebook y me encontré con un montón de mensajes para él. Eso ya me había generado un enojo. Pensaba: “Loco, está muerto, no va a estar revisando el Facebook, podés hablarle directamente. Seba está en todas partes o en lo que quedó adentro tuyo. No lo vas a encontrar en Internet”. Pero ese día abrí un poco el corazón y entendí que la gente lo que hacía era compartir su recuerdo, su dolor, su amor. Entonces escribí un texto disculpándome con ellos y también escribiéndole a él y cuando lo hacía me puse a llorar salado. No me pasó cuando se cumplió un año. Fue una carga de tristeza que me asaltó. Creo que sí, tenía que ver con estar cumpliendo 40. Después de eso, de haber aceptado mi soberbia, cerré mi cuenta del Facebook.

    En el libro, cuando la familia se entera de que Alejandro murió, Daniel dice: “todavía no sentimos nada”. ¿Cómo cambió su idea del dolor desde que murió su hermano?

    Es raro el proceso que hace el dolor. Yo sentí un dolor a los dos años de la muerte de Seba que no sentí antes. Unas semanas después de que murió me di cuenta de que si iba a llorar, que cada lágrima valiera y que ese dolor me transformara. No puede ser el mismo llanto todos los días porque ahí es que hay algo estancado. Para mí la muerte de Seba funcionó como una amputación, tuve momentos en que me levantaba y sentía que me faltaba un brazo. Pero al mismo tiempo sentí todo lo que empezaba a germinar y a crecer a raíz de esa muerte, se dieron procesos poderosos de unión, de reconciliación y de apoyo en mi familia. La conclusión es que duele y hay que dejar que duela. En un momento se empieza a transformar. Y te das cuenta de que detrás de ese dolor hay amor. Si no amás algo profundamente, no te va a doler tanto perderlo. El aprendizaje fue aprovechar todo ese amor que nos tenemos en mi familia para llamarnos, vernos, abrazarnos. Porque hoy estamos acá.

    ¿Tiene una relación distinta con las tormentas después de la muerte de su hermano?

    Si a Seba hoy lo veo en alguna parte, lo veo y lo recuerdo en el rayo. No me provoca ninguna sensación la tormenta. Lo siento ahí.