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La elegancia definida a través de las líneas simples y la nobleza del paisaje de campo marcan el carácter de Bodega Garzón, ubicada en una bellísima elevación en la geografía de Maldonado destinada al vino y los sabores de una cocina tradicional
En la cima de una colina de las sierras de Garzón, a 160 metros de altura sobre el nivel del mar, y a 18 km del océano Atlántico, Bodega Garzón balconea sus 220 hectáreas de viñedos divididos en perfectas parcelas que le dan una vista cautivante.Luego de cruzar una larga galería sobre un lago artificial, el visitante ingresa a un gran hall donde imperan la piedra, la madera y el agua, que se cuela desde el exterior hasta hacerse un lugar dentro del edificio. Es difícil sacar la vista del campo a través de las paredes de vidrio opuestas a la puerta de entrada. A un lado, la recepción impacta con un amplio escritorio hecho en una pieza entera de más de dos toneladas de pequiá, un árbol nativo del Amazonas. Ese, como todos los muebles del establecimiento, fue fabricado con la madera de árboles caídos. Sobre el escritorio cuelga una imponente luminaria escultórica fabricada en malla metálica que tamiza la luz amarillenta de las bombillas.
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Hacia el sector opuesto, después de atravesar un pequeño puente curvo de hierro y lapacho sobre el espejo de agua interior, se despliega el salón del restaurante, precedido por un wine bar con una barra circular hecha de lapacho, nogal y bronce. El carácter del lugar está marcado con la línea simple pero contundente de la elegancia, en plena concordancia con el entorno. Madera en pisos y techos, mesas en mármol y madera, asientos en cuero, y una paleta que va del blanco al marrón, y que solo se rompe con el amarillo de los limones en los centros de las mesas. En el restaurante se puede almorzar tanto adentro como afuera, si el tiempo lo permite, pues una puerta basculante conecta el salón con los decks aterrazados. Sobre el final del salón, el fuego tiñe toda solemnidad con su intenso color, y compite con la abundante luz natural. En el patio de fuegos —inspirado en la cocina del chef Francis Mallmann—, a la vista del público, a través de una puerta de vidrio, el domo es una estructura tipo fogón donde se cocinan y ahuman carnes, pescados, frutas y verduras para servir a las 120 personas que puede recibir el salón en su máxima capacidad. Actualmente, el restaurante registra un funcionamiento de unas 50 personas por día de miércoles a viernes, y entre 80 y 90 personas cada día del fin de semana.
La arquitectura de la bodega, contemporánea e integrada al paisaje, estuvo a cargo del estudio Bórmida & Yanzón de Mendoza (Argentina), mientras que el interiorismo corrió por cuenta de Backen, Gillam & Kroeger, de California, quienes tienen amplia experiencia en el diseño de bodegas en Napa Valley. Uno de los puntos altos del proyecto es su sustentabilidad. Por su morfología y su eficiencia enfocadas en el aprovechamiento de la luz natural, el agua y el viento, todo el complejo utiliza 40% menos de energía en comparación con otras instalaciones de su tipo.
Este enorme proyecto de casi 20.000 m2, que abarca una bodega y un restaurante, comenzó en 2007, pero la empresa Agroland ya venía trabajando en la producción de aceite de oliva, almendras, mieles y aceitunas. Sus dueños, Bettina y Alejandro Bulgheroni, conocieron Garzón en 1999 y vieron allí una pequeña Toscana en Uruguay. Compraron 4.300 hectáreas y fundaron la empresa para la producción de alimentos de máxima calidad.