Nº 2078 - 2 al 8 de Julio de 2020
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEs muy probable que el reciente fallecimiento en su país natal de Ilija Petkcovic, el pasado sábado, haya pasado desapercibido. Los reportes de la prensa internacional daban cuenta de que se trataba de un destacado exfutbolista serbio y director técnico de la selección de Serbia y Montenegro en el Campeonato del Mundo del 2006 y que había fallecido por causa del Covid-19. Sin embargo, una escueta frase, al final de la nota biográfica, señalaba que en su muy extenso periplo deportivo había tenido un pasaje por Peñarol de Montevideo.
Y entonces sí el nombre le sonó conocido a muchos aficionados. Es que a fines del 1970, en un hecho inusual para la época, el yugoeslavo había arribado a la institución aurinegra para jugar la Copa Montevideo, un torneo de verano del que solían participar los dos equipos grandes y, como invitados, prestigiosos equipos sudamericanos y algunos europeos de segunda línea. A ese Peñarol, privado ya de dos de sus grandes glorias (Spencer y Goncálvez), pero que aún tenía figuras rutilantes como Mazurkiewitcz, Figueroa, Matosas y Onega, llegaron a prueba Raúl Castronovo, un delantero argentino de Rosario Central, y un ignoto futbolista yugoeslavo. Sus historias fueron diferentes, aunque tuvieron en común el ser demasiado cortas. Castronovo deslumbró y se aburrió de hacer goles, pero a fin de ese año emigró abruptamente al fútbol español. En tanto que la trayectoria de Petckovic, tras un comienzo auspicioso en ese torneo (lució ante Cruzeiro, San Lorenzo de Almagro e Internacional de Bratislava), se derrumbó abruptamente el Día de Reyes de 1971, en el marco de un partido clásico con un final bochornoso.
En efecto, dentro de un trámite muy duro ya desde el inicio, Mujica golpeó violentamente al yugoeslavo provocándole la fractura del peroné, lo que injustamente no solo lo radió del partido, sino también de la posibilidad de quedarse en Peñarol. Sin embargo, ese clásico pasó a la historia por otra razón. Con Peñarol ganando 1 a 0, un áspero encontronazo entre Ancheta y Lamas concluyó con la expulsión de ambos y, casi al final del primer tiempo, Maneiro corrió la misma suerte, al igual que Montero Castillo y Mujica, por insultos al árbitro Peña Rocha. El partido se reanudó con 10 jugadores aurinegros y siete tricolores, y ya de entrada Castronovo puso el tanteador 2 a 0. Fue entonces que —claramente inducido por el técnico Etchamendi— Juan Carlos Blanco “se hizo expulsar”, por lo que al quedar Nacional apenas con seis futbolistas y en inferioridad numérica reglamentaria el juez dio por terminado el partido con la victoria aurinegra (la “frutilla de la torta” fue el ulterior lamentable intercambio de golpes entre los dos técnicos, el Pulpa Etchamendi y Roque Máspoli, en el medio de la cancha).
Pero en un deporte como el fútbol, en el que el contacto físico es poco menos que inevitable, es frecuente que se produzcan golpes y lesiones similares, las que cuando afectaron a futbolistas de renombre quedaron en el recuerdo de todos.
Hagamos un somero repaso de algunas de ellas. En el Mundial de Chile de 1962 se produjo un hecho que no ha tenido parangón en la larga historia de esos torneos. Eliseo Álvarez, en el primer tiempo del partido entre Uruguay y la Unión Soviética en Arica, sufrió fractura de tibia y peroné, y tras ser atendido se negó a salir de la cancha. En el intervalo se le colocó un fuerte vendaje en la zona y volvió a la cancha, pasando a jugar como “puntero-lesionado”, al decir del inolvidable Carlos Solé. Y su amor por la Celeste le hizo aguantar hasta el final del partido, que terminó 1 a 1 —con aquel recordado gol de Espárrago— para clasificar a las semifinales del certamen.
Muchos años después, el 4 de setiembre de 1983, en su segundo partido por el grupo eliminatorio de la Copa América disputado en el Estadio Centenario, Uruguay venció a Venezuela por 3 goles a 0. Cerca del final Fernando Morena, autor del segundo gol, fue golpeado violentamente por René Torres, lo que le provocó la fractura de tibia y peroné (sus compañeros oyeron un ruido como de “rama quebrada”). Quedó en nuestras retinas la foto del delantero retirado en camilla de la cancha, mientras un acongojado Wilmar Cabrera le confortaba tomándole la mano. Como se sabe, finalmente la selección, dirigida por Omar Borras y sin el goleador, obtuvo el título en disputa, tras empatar 1 a 1 con Brasil en Bahía, con el recordado gol de cabeza de Carlos Aguilera.
Otro episodio que viene a la memoria es la fractura sufrida por José el Nene Sanfilippo. Su inesperada llegada a Nacional en 1964, después de rescindir contrato con Boca Jr. por problemas disciplinarios, revolucionó el ambiente. Con Nacional ya clasificado para la segunda ronda de la Libertadores, participó de una gira por Europa en la que anotó varios goles y, poco después, en la semifinal como visitante ante Colo-Colo, que el tricolor ganó 4 a 2, marcó otros dos. Sin embargo, unos días antes de la revancha en Montevideo, en un partido amistoso ante Vasco da Gama, el zaguero brasileño Fontana le fracturó la tibia y el peroné. Pese al tiempo transcurrido (lo entrevistamos hace apenas unos días) Sanfilippo sigue afirmando que el entonces técnico de Nacional, el brasileño Zezé Moreira, “me mandó quebrar porque estaba celoso de mí”.
Otro caso muy especial fue el de la fractura de Antonio Pacheco. Tras un exitoso último período en Peñarol (donde fue vicecampeón de la Libertadores), inesperadamente el técnico Diego Aguirre le dijo que no pensaba contar con sus servicios como titular, y en condición de libre se fichó en Wanderers por una temporada. Sin embargo, reclamado por la hinchada, volvió al año siguiente a tiendas aurinegras y en julio del 2012 estuvo pronto para reaparecer. El recibimiento fue espectacular, con una camiseta gigante con el numero 8 ondeando en la Ámsterdam. Era el debut aurinegro en el Clausura frente a Fénix. Peñarol arrancó perdiendo, pero luego se puso arriba 3 a 1, marcando Pacheco uno de los goles. Pero unos minutos después sucedió lo inesperado: tras un fuerte choque con un rival quedó tendido en el piso. Fue fractura de tibia y peroné, y al drama de todos se sumó la reacción albivioleta que le hizo dar vuelta el partido y ganarlo 4 a 3. El Tony recién volvería varios meses después, justamente frente al mismo rival, y más adelante, con sus goles, llevaría de la mano a Peñarol al título de campeón uruguayo (el octavo de su cosecha personal).
Claro que hubo muchos otros futbolistas que sufrieron este tipo de lesiones no solo en sus piernas, sino también en otras partes del cuerpo. Varios pudieron seguir jugando, pero lamentablemente otros vieron temprano truncadas sus carreras. “Golpe a golpe…”, como cantaba Joan Manuel Serrat.