Nº 2074 - Nº 2074 - 4 al 10 de Junio de 2020
Nº 2074 - Nº 2074 - 4 al 10 de Junio de 2020
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáPor excepción, hoy me ocuparé de una experiencia personal. Supongo que es conocida mi paralela condición de periodista deportivo y de abogado penalista; ámbitos diversos de actividad que siempre procuré desarrollar en paralelo. Sin embargo, en una oportunidad —y no por propia iniciativa— ambas se conectaron íntimamente en un hecho deportivo-judicial de inusual resonancia.
El domingo 26 de noviembre del 2000 el clásico del Clausura terminó con un empate 1 a 1. El partido fue bastante friccionado y cuando el árbitro Komjetán dio el pitazo final, se produjo una trifulca, en la que participaron la casi totalidad de futbolistas, algunos suplentes y el técnico aurinegro. Como un simple y perplejo espectador, atiné a decirle a quien me acompañaba: “Esta noche terminan todos en el Juzgado”. Sin imaginarme que, pocas horas después, yo estaría inmerso en las ulteriores derivaciones de esa penosa situación.
¡Mi vaticinio se hizo realidad! Esa misma noche los actores del clásico fueron citados a declarar, y esa misma madrugada fueron procesados con prisión seis futbolistas aurinegros (Martín García, De los Santos, Elduayen, Césaro, De Souza y Darío Rodríguez, más el técnico Julio Ribas y tres jugadores tricolores Vanzini, Regueiro y Richard Morales. Cafú y Lembo fueron procesados pero sin prisión).
El lunes a la mañana, en mi clase de Derecho Penal en la Universidad Católica, ese fue el tema obligado de conversación. Y aproveché para explicarles a mis alumnos el alcance del imputado delito de riña (que presupone una trifulca entre dos bandos que participan con mutuas agresiones, y cuya pena se ve agravada si aquella ocurre en una competencia deportiva). Apenas llegado a mi domicilio me llama el presidente de Peñarol Cr. Damiani pidiéndome que asuma la defensa penal de sus futbolistas y del técnico Ribas, lo que termino aceptando de buen grado.
Esa misma tarde paso por la Cárcel Central, donde los partícipes de la riña quedaron detenidos. En la planta baja los jugadores de Peñarol y de Nacional conversan animadamente. La bronca y el enojo han quedado atrás, y los une el común infortunio. Los saludo a todos, sin distinción, y a mis defendidos les explico la gravedad de la situación y los pasos a dar para obtener cuanto antes su libertad. Me reúno luego con el técnico Ribas, que parece más afligido por la suerte futura de su equipo (el Clausura está en plena fase de definición), que por su situación personal.
Lo siguiente fue hablar con el juez de la causa, Pablo Eguren. Me cuenta que estuvo en el estadio, que tomó cartas en el asunto ante la gravedad de los incidentes y que los procesamientos fueron con prisión por la “alarma pública” del hecho. Le digo que una cosa es la inusual repercusión del episodio y otra muy distinta la alarma pública, y le anuncio que pediría la libertad provisional de mis defendidos en un plazo razonablemente breve. Más tarde visito a la fiscal actuante Elsa Machado (que adujo ser “muy futbolera”), y al informarle mi propósito, manifestó algún reparo de que el técnico Ribas y Richard Morales —según ella, los iniciadores del incidente— pudieran ser liberados prontamente.
Me impuse la obligación de visitar a mis defendidos todos los días, pues bien sé que el abogado defensor es el vínculo más directo que una persona privada de su libertad tiene con el mundo exterior. Tampoco faltaron los familiares y sus compañeros de equipo. Huelga expresar que para la población carcelaria, y los propios funcionarios, la presencia cercana de sus ídolos (los detenidos y sus ocasionales visitantes) constituía un inesperado regocijo.
Cuando el miércoles vuelvo a la Cárcel Central me entero de que las autoridades autorizaron ver los partidos televisados de Peñarol esa tarde, y de Nacional el día siguiente. Y Ribas —que ya parecía haberse erigido en el líder de propios y extraños— me aclara que cada grupo vería el partido de su equipo, mientras el resto esperaba en una pieza contigua (esa tarde Peñarol derrotó a River, y al día siguiente Nacional cayó ante Defensor, quedando el aurinegro a solo un paso del título). Un par de días después, al amparo de esos buenos resultados, le anticipo a Ribas —solo como una posibilidad— que podría no salir en libertad con los demás detenidos. No oculta su desazón, pero su mayor preocupación es no poder reintegrarse a los Aromos, en este último y decisivo tramo del certamen.
El sábado 2 de diciembre Peñarol derrotó a Huracán Buceo y se clasificó campeón del Clausura (aunque habrá dos clásicos más para definir el Campeonato Uruguayo). Terminado el partido, los flamantes campeones les dedican la victoria y el título “a los compañeros que hoy no están” (y un grupo numeroso de parciales aurinegros extendieron su festejo… ¡hasta la puerta misma de Jefatura!).
Acordamos con Alejandro Balbi (abogado defensor de los jugadores de Nacional) presentar nuestros pedidos de excarcelación en el Juzgado el lunes a última hora, pero sin decírselo a nuestros defendidos para evitar falsas expectativas. Decidimos también pasar antes por Fiscalía, para “sondear” el talante de su titular. Aunque sin decirlo, la docotra Machado deja entrever que no se opondría a las libertades solicitadas, aunque vuelve a separar los casos de Ribas y Richard Morales. Con el ánimo algo chamuscado, volvimos al Juzgado y presentamos nuestros escritos.
Finalmente el martes 5 de diciembre (10 días después de las detenciones) los pedidos de libertad llegan a Fiscalía y pasan a estudio de su titular. Tras una larga espera una funcionaria aparece por la puerta con un expediente bajo el brazo y con el pulgar en alto nos dice: “Salen todos”. “¿Todos?”, le pregunto. “Sí, todos”, y enfila hacia el Juzgado. La seguimos ansiosos. Solo resta esperar la decisión final del juez Eguren. Un buen rato después, nos llama a su despecho y anuncia la libertad de todos los detenidos, pero nos sorprende imponiéndoles una medida sustitutiva hasta el 31 de enero siguiente, de “tareas solidarias para la comunidad” en diversos establecimientos educativos.
Salimos raudos hacia la Cárcel Central para darles la buena nueva a nuestros defendidos. Entre llantos y abrazos, los futbolistas se fueron con los familiares que esperaban su salida. Ribas, en tanto, se marchó directo a los Aromos para entrenar a su equipo para el primero de los clásicos definitorios del Campeonato Uruguayo, fijado para el día siguiente. Ni Peñarol ni Nacional utilizaron a los futbolistas liberados y el equipo tricolor ganó por 1 a 0, con Ribas desgañitándose y corriendo por la platea América. En la revancha solo reaparecieron tres (uno en Peñarol y dos en Nacional). El resultado fue un empate en un tanto, y el Nacional de De León se quedó con el título en disputa.
Las medidas alternativas se cumplieron solo parcialmente, salvo Julio Ribas, que —encariñado con la obra— lo hizo incluso por un tiempo bastante mayor al estipulado. Pero —extrañamente—fue el último de todos los liberados al que la Suprema Corte de Justicia le cerró definitivamente la causa.