Nº 2075 - Nº 2075 - 11 al 17 de Junio de 2020
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáHace ya cierto tiempo, cuando la cuarentena recién comenzaba, nos ocupamos de cuánto pesaba en nuestro ánimo —y, seguramente, también en el de la inmensa mayoría de los aficionados— la paralización de la actividad futbolística, dispuesta por el actual gobierno. Y cómo esa obligada abstinencia pretendía ser suplida por la emisión —por los canales de televisión abierta— de algunos partidos protagonizados por nuestra selección en los últimos años. Incluso en una de nuestras columnas, a mediados del mes de abril (Volver al pasado era su título), al tiempo que aplaudíamos la iniciativa, señalábamos que no era lo mismo ver un partido en tiempo real, con la incertidumbre de saber qué es lo que podía ocurrir, que hacerlo cuando ya se sabe qué fue lo que efectivamente sucedió. Y concluíamos que precisamente dicha circunstancia nos permitía hacer un análisis más frío y desapasionado de lo que entonces aconteciera (en aquella oportunidad, nos habíamos enfocado en aquel inolvidable partido ante Ghana, que nos colocara en la instancia de semifinales del Mundial del 2010, en Sudáfrica).
Pues bien: este último fin de semana pudimos volver a ver el partido que, por el tercer y cuarto puesto de dicho torneo, Uruguay disputó ante Alemania, y que concluyó con la derrota de nuestro equipo por tres goles a dos. Y si hoy nos permitimos la licencia de comentar este cotejo jugado hace 10 años es por un par de circunstancias. La primera es que, no obstante el resultado adverso, entendemos que ese fue uno de los mejores partidos que le hemos visto a nuestra selección, durante el extenso proceso regido por el Maestro Tabárez. La segunda razón tiene que ver con una circunstancia muy peculiar (a la que alude el título de esta columna): en la larga y fecunda historia de participaciones de Uruguay en los campeonatos del mundo, cada vez que quedó descartada su concreta aspiración a disputar la final del torneo, nunca pudo quedarse con la tercera ubicación en juego.
Vayamos por partes. El elenco celeste llegó a ese partido frente a la selección de Alemania con el ánimo maltrecho, después de que Holanda nos privara de la chance de acceder a una nueva final, en un partido en el que (sin discusión alguna, pues las imágenes televisivas son inapelables) un arbitraje tendencioso flechó la cancha en contra de nuestro equipo, impidiéndole acceder a un triunfo para el que había hecho méritos superiores a los de su rival. Sin perjuicio de ello, nos ubicamos ante el televisor a fin de confirmar si aquella impresión primaria, tan favorable en cuanto al nivel de juego de nuestra selección, había sido la correcta. Así vimos que, tras un comienzo vacilante, el equipo celeste empezó a mejorar, con un trabajo a destajo de los hombres de la media cancha, impidiendo que el rival desplegara su habitual potencial ofensivo. Sin embargo, cuando nada lo hacía suponer, un lejano remate de un volante alemán sorprendió a Muslera, que solo atinó a rechazar el balón hacia el corazón del área, donde Müller, sin marca, lo conectó al fondo de la red. Pero el empate llegó poco después, con un gran quite de Diego Pérez en la mitad de la cancha y una certera habilitación en profundidad de Suárez para el ingreso en diagonal de Cavani, cuyo preciso remate venció al arquero alemán. Pero si algo saltaba a la vista era que, a lo largo de ese primer tiempo, la imagen de nuestro equipo resplandecía dentro del terreno. En efecto, a diferencia de su habitual fútbol de respuesta (el que antes mostrara en la serie clasificatoria e incluso en el mismo cotejo ante Ghana), vimos un equipo sólido en la marca, como siempre, pero con una prolija progresión ofensiva, en la que el balón circulaba con desusada precisión por todo el frente de ataque, tomando las riendas del partido y obligando al rival a refugiarse expectante en su propio campo.
Ese panorama no cambió al arrancar el segundo tiempo, y a los pocos minutos Arévalo Ríos se sacó el overol para ponerse el traje de gala, y tras una exquisitez por el flanco derecho del ataque le sirvió un preciso pase a Forlán, para que este definiera magistralmente, marcando uno de los mejores goles del torneo. Esa ventaja en el tanteador era el justo premio para el equipo que mejor jugaba, y si se hubiera podido mantener por algunos minutos más un segundo gol parecía inminente. Sin embargo, el que llegó casi enseguida fue el del empate de Alemania, tras otra floja respuesta de nuestro golero. A partir de allí, aunque el rival levantó en algo su nivel, el dominio celeste igual se mantuvo, creando un par de chances para igualar el tanteador. Ello no ocurrió, y cerca del final, en un ataque aislado del rival, todo el fondo celeste falló ante una pelota que cayó en nuestra área chica y, tras un par de rebotes, Khedira marcó el gol que le dio la injusta victoria a su equipo (aunque en la última jugada del partido un tiro libre de Forlán se estrelló en el horizontal del arco alemán). Y a quienes tantas veces criticamos al técnico celeste por su planteo demasiado avaro o cauteloso, en ese mismo torneo y en otras muchas oportunidades, nos reconfortó ver ante la siempre temible Alemania (al igual que antes había ocurrido frente a Holanda) a un equipo audaz y ambicioso que fue en busca de la victoria con muchas ganas y fútbol. Aunque los resultados no lo hayan acompañado.
¡Y ocurre que la historia se repite! Veamos, si no, estos números: Uruguay participó de la ronda final de un Campeonato del Mundo en 13 ocasiones. Como es sabido, salió campeón en dos de ellas (Uruguay en 1930 y Brasil en 1950) y en tres ocupó la cuarta posición (Suiza en 1954, México en 1970 y Sudáfrica en 2010). En la primera ocasión, tras aquel histórico partido del siglo, en Lausana frente a Hungría (cuando Uruguay perdió el invicto que traía desde 1930), cayó sin levante ante Austria por el tercer puesto, por 3 goles a 1. En 1970, en México, tras perder frente a Brasil su chance de acceder a la final, se midió contra Alemania y perdió inmerecidamente por 1 gol a 0, en un partido vibrante en el que nuestro equipo ocasionó —y malogró— un gran número de chances de gol frente al arco rival. Y la victoria tampoco nos acompañó en este partido que revivimos días atrás.
Por lo que, curiosamente, parece ser algo ligado a nuestro destino futbolístico que, si no logramos arribar a la final por el título, el tercer puesto nos resulta inaccesible. Y adviértase que si ello aconteciera en unos Juegos Olímpicos ¡nos quedaríamos sin la medalla de bronce!