Nº 2079 - 9 al 15 de Julio de 2020
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl paso del tiempo, en el deporte como en otras tantas actividades, hace que lo que en su momento fue un acontecimiento hazañoso que ocupó los titulares de la prensa y estuvo en boca de todos, hoy esté prácticamente sepultado en el olvido. Quizás también haya incidido el hecho de que las hazañas que hoy nos permitiremos evocar fueron de carácter individual y en deportes que no figuran entre aquellos que gozan de mayor predicamento o popularidad.
Igual ha sido el fútbol el que ha cosechado la mayor gloria para nuestro país, y el recuerdo colectivo de varias generaciones tiene como epicentro la tercera década del siglo pasado con las sucesivas conquistas olímpicas de 1924 y 1928 y el primer Campeonato del Mundo de 1930. Obviamente, ya no quedan testigos presenciales de aquellas proezas (sí los hay, pero cada vez menos, de la más cercana gesta de Maracaná), pero no hay un solo aficionado al fútbol que no esté al tanto de ellas, sea por los cuentos de quienes las vivieron o por la lectura de tanto material acumulado pacientemente por los historiadores de ese deporte. Sin embargo, la pátina del tiempo ha difuminado otros logros deportivos de similar estatura, que en su tiempo merecieron un reconocimiento muy significativo y que bien vale rescatar de ese olvido.
El primero —en el ámbito olímpico— data de los Juegos de 1932 en Los Ángeles, y fue el tercer puesto del remero sanducero Guillermo Douglas en la modalidad single scull (individual con dos remos). Él resultó ser el único representante uruguayo en ese magno evento y por lógica quien portó la enseña patria en el desfile inaugural. Además, la suya fue la primera medalla olímpica (de bronce) en una competencia individual, tras las dos doradas consecutivas del fútbol en las ediciones precedentes. Asimismo, con Douglas, el remo uruguayo iniciaría un muy valioso recorrido en tan alto plano que luego le permitiría sumar varias medallas más.
Aunque no en el marco olímpico, el año 1947 registra un acontecimiento memorable para el deporte uruguayo, y más concretamente para el ciclismo. Y tuvo como protagonista a Atilio François, sin discusión alguna el mejor ciclista uruguayo de todos los tiempos. Nacido en la ciudad de Carmelo, y ya con un amplio destaque en el plano nacional e incluso sudamericano, tanto en pruebas de pista como de ruta, obtuvo el más alto lauro de su extensa carrera el 30 de julio de aquel año, cuando consiguió en el famoso velódromo Parc des Princes, de París, el vicecampeonato del mundo de Persecución Individual. Como es sabido esa competencia se disputa en varias series y los ganadores luego se van eliminando en octavos, cuartos y semifinales hasta que los dos mejores disputan la final (para los no entendidos, en esta prueba ambos contendores arrancan al unísono desde el punto medio de las rectas opuestas del velódromo e intentan darse caza el uno al otro o, si no lo logran, hacer en el menor tiempo posible el recorrido de cuatro kilómetros). Las series fueron 15. Atilio ganó la primera dando caza a su rival holandés. Luego, esa misma tarde, en la fase de octavos le sacó 155 metros de ventaja a su oponente belga y al otro día venció a un inglés por 45 metros. A las semifinales del día siguiente accedieron cuatro ciclistas: un italiano, un danés, un francés y nuestro compatriota. Le tocó enfrentar al francés Guillemet, venciéndolo por 55 metros y marcando su mejor tiempo. Fue así que, apenas una hora después, disputó la final, cayendo ante el campeón de Italia, Benfenatti —un rival de mayor experiencia—, pero dejando escrita una página de gloria para nuestro deporte (apenas un año después habría de tutearse nuevamente con los mejores ciclistas de su especialidad en los Juegos Olímpicos de 1948 en Londres, donde obtuvo un muy honroso cuarto puesto).
Precisamente, en esa misma justa (la primera tras una obligada pausa por la Segunda Guerra Mundial, que hizo que se suspendieran las dos ediciones anteriores) el deporte uruguayo tuvo un destacado desempeño. El básquetbol, por ejemplo, consiguió un honroso 5º lugar, en lo que fue un presagio de las dos medallas de bronce consecutivas que obtendría en las siguientes citas de Helsinki y Melbourne. Sin embargo, en el orden individual —que es el que nos ocupa— el hecho más resaltable tuvo como protagonista al remero Eduardo Risso, que logró la medalla de plata en la especialidad de single scull (bote de un tripulante con dos remos) en lo que constituye hasta hoy nuestro mayor lauro olímpico, con excepción de los obtenidos antes por el fútbol. En las aguas del Támesis, Risso fue superando a varios remeros europeos en las instancias previas, y ya en instancia semifinal, al local Anthony Rowe y al estadounidense y favorito John Kelly (hermano de la famosa Grace Kelly). En la final, empero, cayó vencido ante el australiano Mervin Woods, pero cumpliendo una memorable actuación (cabe acotar que en esa misma tarde dos remeros sanduceros, Jones y Rodríguez, obtuvieron sendas medallas de bronce en la modalidad doble par, lauro que el mismo Rodríguez repetiría en los Juegos siguientes de Helsinki, pero acompañado por su también coterráneo Miguel Seijas).
Sin embargo, en esta reseña debe reservarse un lugar preferente —más allá de que no pudiera obtener medalla alguna— para un acontecimiento muy singular, que no ha tenido —ni creemos que lo tenga— parangón en la historia de nuestro deporte. El 17 de octubre de 1968, en los Juegos Olímpicos de México, la nadadora sanducera Ana María Norbis estableció dos veces en ese mismo día el récord olímpico de la prueba de 100 metros pecho (primero en la serie y horas después en la instancia semifinal), aunque en la final disputada al día siguiente no pudo repetir y terminó en la 8ª ubicación (un día después también logró calificar para la final de los 200 metros pecho, aunque en esta volvió a quedar en el último lugar). Su trayectoria, desde que, siendo una niña, se tiró a competir en las aguas del río Uruguay (en Paysandú no había piscina), estuvo plagada de récords nacionales y sudamericanos, y hasta llegó a situarse a dos décimas de un récord mundial en los Juegos Panamericanos de Winnipeg en 1967, batido luego por quien ganara esa prueba. “Me pudrí de la natación, me cansé y me volví a Paysandú”, dijo algún tiempo después. Pero lo que hizo en su corta y estelar trayectoria no creemos que pueda ser igualado.
Por las especialísimas particularidades antes señaladas queríamos recordar estas proezas, sin perjuicio de tener igualmente presentes las de Wáshington Cuerito Rodríguez en boxeo, en los Juegos de Tokyo (1964), o la del ciclista Milton Winants en Sidney (2000), también merecidamente instalados en la mejor historia del deporte uruguayo.