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    Una multitudinaria concentración en el Obelisco hizo temblar hasta los cimientos de la dictadura

    Una asamblea popular de dimensiones jamás vistas en Uruguay se reunió el domingo 27 de noviembre de 1983 en torno al Obelisco a los Constituyentes para reclamar al gobierno militar las libertades políticas, gremiales e individuales cercenadas en ocasión del golpe de Estado de 1973. “Un acto de este calibre —declaró a Búsqueda un alto dirigente del Partido Nacional—, como antes el plebiscito, luego las internas y finalmente las cacerolas, pone bien en claro, por si sobrevivían dudas, de qué lado está la autoridad moral”.

    La respuesta popular fue de dimensiones sorprendentes y pudo estimarse que hubo hasta 400.000 personas. Quienes recuerdan el famoso mitin de julio de 1938 reclamando “Constitución y leyes democráticas”, considerado siempre el más grande de la historia, aseguran que el del Obelisco fue aún superior.

    Desde las primeras horas de la tarde, diversos locutores de la radio y la televisión como Ruben Castillo, Homero Rodríguez Tabeira, Juan Francisco Fontoura, Américo Torres, Graciela Possamay, Gloria Levy, Vicente Dumas Sottolani, Julio César Ocampo y Cristina Morán (víctima ésta de una inexplicable rechifla), fueron desgranando sobre el público concentrado desde temprana hora una serie de exhortaciones y leyendo telegramas de adhesión de todo el mundo: Parlamento Europeo, Parlamento Andino, PSOE, Partido Justicialista argentino, el Premio Nobel Adolfo Pérez Esquivel, Internacional Demócrata Cristiana, Partido Trabalhista Brasileño encabezado por Lula, monseñor Carlos Partelli, el actor Santiago Gómez Cou y muchísimos más.

    La nota discordante tuvo lugar cuando fue leído el telegrama del líder polaco de la agrupación “Solidaridad”, Lech Walesa, que fue silbado por un nutrido grupo de personas identificadas con la Unión de Juventudes Comunistas.

    Durante varias horas fueron coreadas las consignas “Se va a acabar la dictadura militar”, “Que se vayan”, “Queremos vivos a los desaparecidos”, “Seregni, amigo, el pueblo está contigo”, “Olelé, olalá, les guste o no les guste, Wilson volverá”, “Hola, hola, hola, esta noche cacerolas”, “Wilson volverá, Seregni libertad”.

    A las 17:37 horas, la multitud cantó el Himno Nacional levantando sus manos con los dedos en V y poniendo el énfasis habitual al llegar la estrofa “tiranos temblad”. Ocho minutos después, el actor Alberto Candeau leyó la proclama redactada por los doctores Gonzalo Aguirre del Partido Nacional y Enrique Tarigo, del Partido Colorado. En uno de sus párrafos más vibrantes, se le escuchó decir: “Prometeo fue grande porque le supo decir que no a los dioses; el pueblo uruguayo es grande porque supo decir que no a los dioses con pies de barro”.

    El estrado, que estaba presidido por un inmenso cartel donde se leía “Por un Uruguay democrático sin exclusiones”, dio cabida a 130 personas de todos los partidos y organizaciones sociales, incluyendo a dirigentes pachequistas como Ulysses Pereyra Reverbel.

    Los ex parlamentarios echegoyenistas Ricardo Planchón y Jorge Barbot Pou fueron desalojados del estrado poco antes de iniciarse el acto, por carecer de la acreditación necesaria. La ex senadora por el Frente Amplio, doctora Alba Roballo, al descender luego de concluido el acto, fue estruendosamente aplaudida y comenzó a llorar teniendo luego un vahído que llevó a que fuera asistida.

    Terminado el acto, una muchedumbre caminó por toda la avenida 18 de Julio siendo saludada desde casas y balcones. Al llegar a la Plaza Independencia se volvió a cantar el Himno Nacional y luego la gente se dispersó.

    Escozores, sarpullidos y alergias

    El inmenso acto de repudio al régimen dictatorial despertó diversas reacciones en contra. El diario “El País” destacó que la concentración, en vez de servir para impulsar la reanudación del diálogo, había resultado un factor de irritación y de agudización de diferencias. “La Mañana” editorializó sobre lo que llamó reaparición en el país de un estilo regresivo de crítica política teñido de una fácil ironía chabacana.

    En el Consejo de Estado también se levantaron voces airadas. El consejero y coronel Néstor Bolentini no ocultó su “perplejidad e indignación por esa muestra de convergencia democrática entre los partidos tradicionales y las corrientes marxistas”.

    Su colega Jorge Amondarain dijo sentirse indignado por las tremendas falsedades contenidas en la proclama partidaria leída por “un integrante del Partido Comunista”.

    Wilson Craviotto, por su parte, expresó que durante el acto se repitieron prácticas de vieja usanza y se resucitaron gestos totalitarios. Agregó que en un plazo más o menos breve, las corrientes “moderadas” de los partidos tradicionales (según él, las que habían participado en el acto eran radicales) debían hacer un acto como el del domingo 27 de noviembre.

    Precisamente, el diario colorado “El Día” sugirió a los consejeros de Estado organizar un acto ante el Obelisco, si es que deseaban asegurarse la difusión de su posición política.

    Al comentar la sesión del cuerpo dedicada al acto interpartidario, el diario dijo que la mesura impidió que se concretara una moción del consejero Eduardo Praderi para ordenar la publicación en la prensa de un texto de repudio.

    “Bueno sería que los recursos succionados al pueblo se desviaran a financiar el confesado aislamiento”, dijo el matutino. “El Día” sugirió “un método más democrático y menos oneroso”: una convocatoria al pie del Obelisco a favor del régimen.

    Sin embargo, la respuesta más irritada la dio el propio presidente de la República en una larga alocución emitida el 1º de diciembre de 1983 por la cadena de radios y televisoras del país. En una de sus partes medulares, el general Gregorio Álvarez dijo: “La proclama es en su contenido, insultante y mentirosa. Miente cuando dice que nadie llamó a las FFAA. Por el contrario, el poder político elegido por el pueblo asediado por la subversión y el peligro inminente de caos y desintegración, decidió el 9 de setiembre de 1971, que las FFAA tomaran a su cargo la lucha antisubversiva, reconociendo el estado de guerra interno, que luego fue ratificado por el Poder Legislativo de la época”.

    También dijo que la integración del estrado que presidió el acto, donde había personas de todos los pelos políticos, remedaba a un “cambalache discepoliano”.

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