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    Una parte de nuestras vidas

    Nº 2082 - 30 de Julio al 5 de Agosto de 2020

    El Estadio Centenario —de cuya inauguración se cumplen 90 años— ha sido para quien esto escribe un obligado punto de referencia desde su lejana infancia. Recuerdo, como si fuera ayer, la primera vez que mi querido padre me llevó allí, aunque no sé bien a qué partido. Supongo que tendría seis o siete años y tengo bien presente que estábamos en la tribuna de la torre, que me impresionaba por su enorme altura. Luego, ya en mi época liceal, el Centenario pasó a ser el habitual escenario de mi esparcimiento de sábados o domingos y el motivo de alguna “rabona” cuando algún partido se postergaba por lluvia para mediados de semana. Unos años más tarde, cursando ya facultad, pasó a ser el ámbito natural en el que inicié y fui desarrollando mi ya larga actividad periodística. Por todo ello me preocupa hondamente la suerte futura de un escenario tan adentrado en el corazón de nuestra gente y que es parte de la mejor historia del Uruguay y también del fútbol de todo el mundo.

    Mucho se ha hablado y escrito en estos días del imprevisible logro de las autoridades de nuestro fútbol de esa época, ante el Congreso de la FIFA de Zurich, en mayo de 1929, para que se eligiera a Uruguay como sede del primer Campeonato Mundial de Fútbol. Y del cortísimo tiempo que restaba (un año y unos pocos días) para satisfacer el cúmulo de exigencias que demandaba un compromiso de tamaña envergadura. Entre ellas, la construcción de un estadio de dimensiones inimaginables para nuestro medio.

    Fue entonces que el país todo se encolumnó para cumplir fiel y cabalmente con el honroso compromiso asumido. Quiso el destino que, así como en la etapa de la postulación de nuestro país resultó fundamental el aporte de un diplomático de excepción como el embajador Enrique Buero, al momento de encarar la ejecución de las obras se obtuvo el concurso de un profesional de altísimo nivel: el arquitecto Juan Antonio Scasso, uno de los primeros egresados de la Facultad de Arquitectura y docente de esa casa de estudios, que además revistaba en la intendencia montevideana. Aunque tenía cierta experiencia en la construcción de algún escenario deportivo —el de Rampla Jr.—, ninguno tenía la magnitud del que debía encararse, y además en un plazo tan exiguo que lucía casi como imposible (fue designado el 12 de julio de 1929, apenas un año antes de la fecha prevista de inicio del Mundial).

    Un mes después se eligió el lugar del por entonces parque de los Aliados, donde se construiría el estadio, y comenzó el trabajo de remoción de tierras, que se vio dificultado por las frecuentes lluvias. En diciembre se adjudicaron las obras de construcción a dos empresas distintas (dos tribunas a cada una) y se comenzaron los trabajos en la primera quincena de enero, a seis meses del comienzo del Mundial. Anecdóticamente, cabe decir que recién el 13 de abril el arquitecto Scasso presentó un informe del costo total de la obra y la capacidad que tendría el estadio, que era de 102.000 espectadores, de modo que sería el escenario futbolístico más grande del mundo (esta cifra finalmente se vio reducida a 72.000 por la falta de fondos y el escaso tiempo con que a esa altura se contaba). El engramillado de la cancha se vio paralizado por varios días de intensas lluvias, lo que —junto con otros imprevistos— llevó a que el arquitecto Scasso planteara la posibilidad de aplazar el comienzo del torneo, lo que se descartó de plano por la flamante Comisión Administradora del Field Oficial.

    Pese a tantos inconvenientes, trabajándose durante el día y también de noche (a la luz de varios reflectores del Ejército), las tribunas quedaron construidas, aunque con una dimensión menor a la proyectada, en tanto que la torre de los Homenajes, de 100 metros de altura, se erguía majestuosa sobre la tribuna Olímpica. Parecía que estaba todo pronto y dentro del plazo comprometido; sin embargo, a 48 horas de la fecha fijada para el inicio del torneo, el campo de juego no estaba seco como para soportar el trajín de un partido y para peor se anunciaban lluvias para esos días. Asimismo, restaban aún algunos detalles menores en algunas tribunas. Ante ello el Comité Organizador del certamen decidió que los dos partidos fijados para la fecha inaugural se jugaran en el Estadio de los Pocitos y en el Parque Central, tal como efectivamente aconteció. Finalmente, el 18 de julio, coincidiendo con la conmemoración del Centenario de la Jura de la Constitución, el Estadio Centenario (aún con la pintura fresca y algunos andamios en el exterior de la tribuna Colombes) abría sus puertas, dando cabida a la postergada ceremonia inaugural y, seguidamente, al debut con victoria de Uruguay ante Perú, por 1 gol a 0.

    Mucho tiempo ha transcurrido desde entonces, y el máximo templo del fútbol fue testigo de muchas hazañas del fútbol celeste y de sus clubes más representativos. Hasta que en 1983 le llegó el justo e impar reconocimiento de la FIFA como Monumento Histórico del Fútbol Mundial.

    Y llega ahora a este nuevo aniversario con algunas nanas propias de su edad, y un poco abandonado, pues sus dos principales clientes decidieron, hace unos años, instalarse por su cuenta. Y entonces, sin tener mucho que hacer, decide pasar revista a los mejores momentos de su larga vida. No recuerda claro está el regalo que los capitaneados por José Nazzazi le hicieron cuando apenas tenía doce días, pero sí las tres conquistas celestes de la Copa América y el triunfo en el Mundialito, cuando cumplía 50 años; los lauros internacionales de Peñarol y Nacional y tantas tardes de fiesta cuando se enfrentaban entre sí; y añora aquella cancha de básquetbol en la platea Olímpica —que le quitaron sin aviso— en la que jugaron los famosos Phillips 66 y los Harlem Globe Trotters, y recuerda también a Dogomar Martínez boxeando contra varios desafiantes o al legendario Atilio François pedaleando sobre el césped para cerrar algunas de las ediciones de la Vuelta Ciclista que terminaron allí su extenso recorrido. Algo cansado ya cierra sus ojos, y aparecen una tras otras las imágenes de los artistas famosos que pasaron por allí: Julio Iglesias, Serrat, Sabina, Rod Stewart, Sting, The Roling Stones, Eric Clapton, Ricky Martin, Luis Miguel y hasta Paul McCartney, Luciano Pavarotti y Plácido Domingo. Y revive aquella misa campal que ofició el papa Juan Pablo II, en 1988.

    Esta noche de jueves todos sus amigos pensaban hacerle un homenaje muy grande con 90 velitas, pero el maldito coronavirus lo ha impedido. Quizás, el festejo pueda hacerse dentro de 10 años, cuando el Estadio esté cumpliendo su propio Centenario. ¡Pero habrá que ver si llega y cómo a esa fecha!