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    ¿Angelitos o diablillos?

    Corriendo 2017, el histórico Café de los Angelitos, de avenida Rivadavia y Rincón, en Buenos Aires, reconstruido 10 años antes, luego de su demolición en 1993, se vio envuelto en una investigación por lavado de dinero de la que, por lo que se ha sabido, salió indemne y continúa con su actividad cultural y turística.

    Es que han sido muchas las circunstancias que han llamado la atención sobre este lugar a lo largo del tiempo, desde que un inmigrante italiano, Bautista Fazio, lo inauguró como Bar Rivadavia en 1890. Tenía precarias instalaciones y piso de tierra y estaba en el barrio de Balvanera, por aquellos años a las orillas de la ciudad, poblado de gente pobre y honrada pero también malvivientes.

    Pronto se convirtió en ámbito de compadritos, proxenetas, mujeres despectivamente llamadas “negras”, “pardas” o “chinas”, pero también, como respondiendo a un extraño llamado al campo, de payadores y cantores de milongas, estilos y vidalitas.

    Quien rebautizó el lugar y lo llamó Café de los Angelitos fue nada menos que Hipólito Yrigoyen, entonces comisario de Balvanera, quien confesó que era una ironía porque allí solía hallar a muchos de sus “informantes”, malandras de largo prontuario.

    El precioso tango que lleva su nombre, creado por José Razzano y Cátulo Castillo en 1944, contribuye, seguramente sin otra intención que el cariño por un sitio al que frecuentaron mucho, a cierta confusión ya en su primera estrofa:

    —¡Café de los Angelitos! / Bar de Gabino y Cazón… / Yo te alegré con mis gritos / en los tiempos de Carlitos / por Rivadavia y Rincón…

    Expresado así deja la impresión de que los dueños eran Gabino y Cazón. Pero no. Gabino Ezeiza e Higinio Cazón fueron, junto con Bettinotti, los primeros payadores famosos en sentar reales en el café, con históricos contrapuntos.

    Carlos Gardel tuvo allí su mesa desde 1912 hasta 1930 —tiempo en que duró su relación con Razzano— y agasajaba a sus amigos con un puchero abundante, que era el clásico de la casa.

    Lo cierto es que alguna atracción especial tendría aquel lugar, porque de él fueron clientes también José Ingenieros, Juan B. Justo, Alfredo Palacios, Florencio Parraviccini y Manuel Gálvez. Y hasta muchos políticos radicales aparecían por allí para discutir asuntos del momento antes de ingresar al Congreso de la Nación.

    En ese entorno se produjo un histórico hecho: Mauricio Goddart, director artístico del sello Odeón, contrató a Gardel para su debut discográfico en el sistema acústico. Los dos temas fueron Cantar eterno y El sol del 25. El Mago tuvo, a cuadra y media del café, una de sus residencias, en Rincón 135, un hermoso edificio de estilo afrancesado.

    Hay que decir, en primer término, que tanto la melodía como especialmente la letra —repleta de metáforas emotivas— del único tango compuesto en homenaje a este mítico café le rinden un precioso tributo, dejando a un lado sus facetas oscuras de los primeros años:

    —Yo te evoco, perdido en la vida, / y enredado en los hilos del humo, / frente a un grato recuerdo que fumo / y a esta negra porción de café… / Rivadavia y Rincón, vieja esquina / de la antigua amistad que regresa / coqueteando su gris en la mesa / que está / meditando en sus noches de ayer.

    Y hay que decir, también, que un historiador argentino de prestigio avanzó sobre una hipótesis vinculada al nombre del café, que tira por la borda aquella sugestiva anécdota de “Yrigoyen y sus informantes malandras”. Héctor Ángel Benedetti dice en uno de sus libros:

    —En el barrio de Once, del que hoy forma parte Balvanera, hasta hace poco podían verse dos molduras de angelitos sobre el café reconstruido, vestigios de un adorno común en la edificación de la zona a fines del siglo XIX. Incluso, sobreviven detalles más audaces en viviendas cercanas, como pavos reales en dos balcones, e incluso lirios en otros que terminan en un triángulo al que llaman “Alfa y Omega”. Y hay otro edificio también adornado por angelitos que, estoy convencido, fue el que inspiró el famoso poema de Baldomero Fernández Moreno Setenta balcones y ninguna flor. No puedo más que decir que me parece un barrio estéticamente extraño.

    Las principales grabaciones de Café de los Angelitos —no las únicas—corresponden a Troilo con Alberto Marino, Canaro con Carlos Roldán y Biaggi con Alberto Amor, y entre los solistas a Libertad Lamarque y Ángel Vargas.

    —Y en el dulce rincón que era mío, / su cansancio la vida bosteza. /¿Por qué nadie me llama a la mesa / de ayer? / ¿Por qué todo es ausencia y adiós?

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