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    ¡Apaguen eso!

    Celulares en cines y teatros

    “A mí fulanito no me gusta porque no mira de frente”. La frase había hecho carne en la familia, no solo por su reiteración a través de los años sino porque además había recibido varias constataciones empíricas acerca de quiénes, de acuerdo a su mirada, resultaron ser buena o mala gente, salvo alguna excepción que no hacía más que confirmar la regla. Si la autora de esa máxima viviera hoy, seguro ya habría entrado en pánico porque con el auge de los celulares, son escasísimos los humanos que durante una conversación miran de frente a su interlocutor. Y uno tiene que soportar estoicamente esa —¿guaranguería, grosería, desconsideración?— de que el hijo, hermano, sobrino, alumno, amigo o enemigo esté hablándole, o escuchándolo, pero mirando hacia abajo, a la pantallita.

    No es novedad que el tema va más allá de las relaciones de entre casa o de un sencillo mano a mano. En algunos teatros de Broadway los asistentes son obligados a dejar sus teléfonos antes de entrar a la sala, con excepción de los médicos, a quienes se obliga a sentarse en los bordes de las filas, para no molestar al resto de los asistentes ante una emergencia que los haga retirarse. El último grito en este combate es el estuche Yondr, desarrollado por una empresa en San Francisco. Se trata de un estuche de neopreno con un microchip que lo cierra y no permite que se vuelva a abrir hasta que sea colocado en una máquina que desactiva su función. La persona se queda con el aparato, ingresa al recinto con él y en caso de que realmente necesite utilizarlo, puede salir del perímetro de exclusión y desactivar el microchip del estuche.

    Aquí en Uruguay hace algunos meses el periodista Leonardo Haberkorn escribió en su blog que se daba por vencido y renunciaba a la docencia en su cátedra por no haber logrado la atención de sus alumnos, concentrados como estaban en la pequeña pantalla. También no hace mucho el actor de teatro Roberto Jones sufrió en plena función del unipersonal La memoria de Borges, de Hugo Burel, la desconcentración por el impacto del sonido de una llamada e increpó al espectador por no haber apagado su celular. El hecho por desgracia no era novedoso: en 2005, en otra sala teatral de Montevideo donde se representaba Madame Lynch, de Milton Schinca, un celular sonó varias veces; al principio la actriz Cecilia Patrón mechó entre las líneas de su papel un “apaguen los celulares” y siguió con su libreto, pero cuando el requerido atendió la llamada en plena platea, la artista interrumpió la función hasta que el señor abandonó la sala. Y no hablemos de las salas de concierto locales donde es frecuente que un aparato suene en el bolsillo de un caballero o en la cartera o bolso de una dama.

    En el thriller Grand Piano (España-EE.UU, 2012), que se desarrolla en un teatro, el protagonismo es compartido entre el Bösendorfer en el que toca un famoso concertista (Elijah Wood) y el celular del propio artista, desde el que pide auxilio más de una vez en pleno concierto a alguien que está en la platea y que, naturalmente, recibe el pedido porque no ha apagado su celular sino que solo lo ha silenciado.

    Este matiz entre “silenciar” y “apagar” es importante. Resulta llamativo que en algunas salas se exhorte a los asistentes a “silenciar” sus celulares, cuando en verdad lo que habría que pedirles es que los apaguen. Porque es frecuente que en una sala cinematográfica o de concierto se ilumine una pantallita, en silencio pero con luz al fin, porque alguien acaba de recibir un mensaje, una llamada o un correo. Entonces los espectadores que rodean al sujeto ven salvajemente lastimada la media luz u oscuridad de la sala con la luz invasora de la pantalla, mientras el señor o la señora lee atentamente y digita respuestas o vaya a saber qué.

    En las salas de concierto, los móviles provocaron muchos disgustos pero también algunas humoradas. En San Francisco, mientras Michael Tilson Thomas dirigía la Sinfónica de esa ciudad, sonó dos o tres veces un celular en la platea. Sin dejar de dirigir, Tilson Thomas se volvió hacia atrás y dijo: “Dígale que no estoy”. Este fin de año en España hubo varios incidentes similares. En noviembre, al terminar un recital de piano en el Palau de la música de Cataluña en Barcelona, Daniel Barenboim recriminó a un espectador que no paraba de dispararle con el flash de su celular: “No se pueden sacar fotos con flash por tres motivos: primero porque está prohibido, segundo porque me hacen daño en los ojos y tercero, y lo más importante, porque mientras usted hace fotos, no aplaude”.

    Con menos humor, hace un par de semanas en el mismo recinto catalán, el prestigioso director norteamericano William Christie, creador del conjunto de música barroca Les Arts Florissants, rezongó por el mismo motivo a otro espectador. Y hace una semana, en medio de la interpretación de El Mesías, de Händel, en el Auditorio Nacional de Madrid, sonó un celular en una de las tribunas laterales, que se sitúan prácticamente encima del escenario. El mismo Christie, con la paciencia ya agotada, miró de inmediato al lugar y espetó en inglés: “Go Out!”; y luego en castellano: “Fuera!”. Paró la música, el espectador se retiró, el público aplaudió y recién entonces Christie volvió a comenzar el aria He was despised, que había sido interrumpida por el ringtone.

    Lo más sorprendente de este último incidente son las declaraciones de Enrique Rubio, empresario-agente del señor Christie, de quien uno debería suponer alguna manifestación solidaria con el enfado del artista. El señor Rubio ha preferido declarar por ejemplo que “la gente joven ha incorporado el teléfono móvil a su lenguaje y lo que hay que hacer es buscar fórmulas que no hagan perder al artista su concentración, pero manteniendo una actividad que muchas veces repercute en publicidad positiva del espectáculo”. ¿Y cuál sería esa actividad? ¿La del chateo simultáneo al concierto? Y la “publicidad positiva” que de esa actividad se desprende, ¿cuál es? ¿Que circulen SMS, chats o correos diciendo “qué bueno lo que estoy escuchando”? Uno se pregunta si Rubio está hablando en serio.

    No contento con eso agregó que el incidente de Madrid debería dar lugar a “un debate sobre cómo podemos incorporar nuevos lenguajes y formas de comunicación al mundo de la música clásica, al mismo tiempo que se produce un respeto máximo a los artistas que están sobre el escenario”. Alguien tendría que decirle a Rubio que la música clásica no necesita “incorporar” ninguna de esas cosas, sino solo concentración y silencio. Pienso que si William Christie leyó estas declaraciones, el malhumor con su agente puede haber superado al que le provocaron los celulares.

    Vida Cultural
    2016-12-29T00:00:00

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