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    domingo 06 de septiembre de 2026

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    ¡Apúrense, chicos!

    En una ciudad tan desvencijada como Montevideo siempre es una sorpresa toparse con un mural de arte callejero. Hay urbes como New York y como San Pablo que son decanas en esto, y lo llaman street art.

    Pero lo de Montevideo es diferente. El arte callejero, a través de esos enormes murales que con aerosol han realizado jóvenes anónimos en la oscura noche, me conmueve. Son gritos de creatividad en una ciudad que, si bien es aún bella, ha sido bastardeada por el abandono.

    La nuestra es una ciudad llena de muros. Están los retiros en donde en una calle vieja se ha construido un edificio. Están las casas tapiadas. Están los galpones de antiguas fábricas. ¡Hay que aprovecharlos!

    Esas creaciones artísticas responden a “brigadas”. Son un regreso a la “pintura” en oposición a la caterva de instalaciones que inundan exposiciones y museos.

    Por esencia son anónimos e independientes, libres estéticamente. Palermo, Cordón, Parque Rodó, Daniel Fernández Crespo… El peatón divisa esas obras en su corrida a trabajar o desde la ventanilla de un ómnibus.

    Hay creaciones con un dejo étnico, hay otras con algo satánico, algunas muestran una impronta femenina (con motivos marinos y la profusión de fucsia, verde y violeta). Otros pintan una momia cuyo rostro troquelado está cubierto por la foto en papel de un niño inocente. Hay un cíclope con afro-look.

    Curiosamente, los vándalos, que no respetan nada, no los enchastran.

    Miles de paredes tienen inscripciones futboleras, insultos varios o versos con faltas de ortografía. Pero, ante un mural, el experto en estupidez se detiene. El arte impone un escudo mágico.

    Este año de elecciones tendremos el impactante golpe en la mandíbula de las pintadas políticas. Y ni que hablar de las pegotineadas, unas encima de otras. El mal gusto y la torpeza de la propaganda política hablan de la carencia de artistas militantes. El street art jamás trabajaría para un político. De hecho, cuando una fracción política intenta pintar un mural, los resultados son penosos. (Recuérdese el “Fuera tropas de Haití” de 18 y Pablo de María).

    Pero ya estamos teniendo indicios de lo que la propaganda política ilegal y vandálica va a hacer en nuestra ciudad. Un Bordaberry ultraconservador y un Fernando Amado liberal se miraron con embelesamiento pegados en la fachada de la Biblioteca Nacional. Los blancos muros con letras celestes, a pura brocha gorda, del Partido Nacional, son tan mediocres que el peatón ni siquiera repara en ellos. En un muro cercano al Palacio Legislativo, un enorme retrato naïf y poco agraciado de “Constanza” es acompañado de un eslogan de escasísima creatividad: “¿Te animás?”.

    Y luego vendrá la galería de fotos de personajes de la clase política que aparecerán con sus dientes blanqueados por el fotoshop y sus arrugas disimuladas con lifting tecnológico.

    Por eso, chicos, a apurarse. A pintar todos los murales que puedan. ¡A crear! Aunque los aerosoles cuesten caros.

    El arte es lo único que frena la barbarie estética política.