N° 1803 - 12 al 18 de Febrero de 2015
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáHace cien años era una “falta de respeto” tutear al padre; se lo trataba de “usted”. Hoy lo llaman por su nombre, como si fuera un vecino. Cuando se inauguró el Estadio Centenario en 1930, todos estaban vestidos de traje, corbata y sombrero. Hoy van vestidos como pordioseros.
Una cosa son los cambios en los usos y costumbres mundanas y otra muy diferente son los cambios en los valores gobernantes. Si bien es cierto —como decía El Principito— que “lo esencial es invisible a los ojos”, también es cierto que “los ojos son el reflejo del alma”, es decir, nuestra parte exteriormente visible muestra en gran parte cómo somos en nuestro interior.
El enorme deterioro que venimos sufriendo en la forma de vestir, de hablar y de comportarnos con otros, ha sido impulsado —sin lugar a dudas— por la figura de nuestro presidente, quien mal viste, mal habla y mal trata a sus congéneres. ¿Cómo explicarle a un adolescente (en esa etapa de rebeldía y a su vez de formación de su set de creencias que lo conducirán por la vida) que debe lustrarse los zapatos para ir al liceo, cuando el presidente de la República se presenta de zapatillas luciendo unas uñas largas y sucias?
Las fronteras del decoro afectan enormemente la labor en las organizaciones. Si un empresario quiere destacarse por la calidad de atención, brindar una imagen y trato de calidad a sus clientes, ¿puede tolerar que sus empleados vengan vestidos de cualquier manera? ¿Puede usar tatuajes visibles cual si fueran miembros de una tribu, a la cual ni la empresa ni sus clientes quieren pertenecer?
El deterioro llegó a tal grado que hasta la Suprema Corte de Justicia tuvo que dictar una Acordada (1) para recordarles a funcionarios, abogados y público en general “que no se podrán usar ni chancletas, ni bermudas, ni remeras con inscripciones que puedan ser ofensivas, ni sombreros o gorros, sea para declarar en una audiencia o solamente para pedir información sobre el trámite de un expediente judicial en el mostrador”.
Lo que al presidente de la Suprema Corte, Jorge Chediak, le parece “una cosa mínima de sentido común”, otros lo ven como un acto de “discrimimación” o de “limitación al acceso” a los Tribunales. ¿Pero acaso hasta el más desgraciado no tiene una camisa blanca y limpia? Y si no la tiene, ¿no puede pedir una prestada para el día de la audiencia, como seguramente sí la pide para ir al baile con la novia?
Las empresas mejor organizadas suelen tener enunciados sus “valores” en forma pública y aquí comparto los de una empresa de India, quienes valoran el “respeto” y lo definen como “un sentimiento o actitud de admiración o deferencia hacia alguien o algo”. Además, explicitan con ejemplos y conductas concretas cómo ese valor se puede materializar: “Llegar en hora a una reunión”, “compartir información con todos los miembros del equipo” o “seguir normas de etiqueta y dar una buena impresión al cliente”.
Recuerdo que mi madre me contaba que durante su infancia (en un hogar con pocos ingresos y siete hijos), tenía un solo par de zapatos, que los usaba exclusivamente para ir a la escuela; siempre lustrados y haciendo juego con su túnica blanca y almidonada. El resto del día, jugaba descalza.
Lo hacía así porque respetaba a la institución “escuela pública”, que le daba la oportunidad de estudiar y forjarse su propio futuro. Porque respetaba a la maestra, a quien trataba de “usted”, sin por ello dejar de sentir un gran cariño, que era mutuo. Y, sobre todo, porque ya de muy niña (y aun con un solo par de zapatos), sus mayores le enseñaron a respetar y a respetarse a sí misma. ¡Gracias, Mamá!
(1) (http://www.elpais.com.uy/informacion/segun-abogados-norma-vestimenta-discriminatoria.html)