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    “El MGAP debería transformarse en Ministerio de Ganadería, Agricultura y Alimentación”

    Redactor Agro de Búsqueda

    Tras 25 años como titular de la División de Industria Animal y más de 40 años de trabajo en el Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca (MGAP) y a pocos días de jubilarse, el doctor en Veterinaria Héctor Lazaneo recuerda el “golpe fulminante” que significó para la economía uruguaya la “rápida diseminación de la fiebre aftosa” en 2001 y advierte la importancia de la vacunación contra esa enfermedad de los vacunos en Uruguay, pero también la necesidad de “estar atentos a lo que pasa en la región”.

    “Hoy Uruguay tiene un reconocimiento internacional de ser un país serio y confiable en el manejo de los controles sanitarios de la producción de carne, lo que es un patrimonio a defender con uñas y dientes”, dijo a Campo.

    Complementariamente, Lazaneo planteó la necesidad de adoptar algunas medidas y cambios para mantener ese estatus. “El fortalecimiento de los servicios de inspección sanitaria para que tenga una estructura más moderna, que Industria Animal vuelva a ser una unidad ejecutora y el MGAP debería transformarse en Ministerio de Ganadería, Agricultura y Alimentación”.

    Argumentó que “siendo Uruguay un país productor de alimentos de calidad, la palabra alimentos debe estar presente porque hoy es fundamental para los consumidores y el acceso a los mercados del mundo”.

    Actualmente, en esa cartera de Estado “algo ya se está haciendo al respecto con la creación de la Unidad de Coordinación de la Inocuidad de Alimentos”, cuya creación es muy reciente y puede ser la base para “desarrollar el criterio de análisis de riesgo” en esa materia, comentó.

    Advirtió que “ese concepto es nuevo y cada vez existirán más exigencias de los mercados” en ese sentido.

    Lazaneo, que es funcionario de Ganadería desde 1969 y participó de la creación del primer sindicato de inspectores sanitarios en los años setenta, denominado Asociación de Funcionarios de Inspección Veterinaria y Tecnología, dijo que “los organismos responsables del control y de la certificación de los alimentos deben estar permanentemente fortalecidos”.

    Por eso, ese jerarca reconoció el reclamo de los inspectores veterinarios del MGAP en cuanto a que “que se brinden todas las herramientas para el desarrollo de esa tarea, que es reconocida internacionalmente y les da la tranquilidad necesaria a los consumidores” locales.

    Uno de los primeros logros de aquel sindicato fue la creación del Fondo de Inspección Sanitaria, que se conformó con aportes del sector cárnico para financiar los controles que realizan los veterinarios oficiales, destacó. En la reforma tributaria realizada en 2007 los recursos obtenidos por ese fondo dejaron de ser administrados directamente por Ganadería y van a Rentas Generales.

    Respecto a la tarea de los inspectores, el jerarca dijo que cada año existen “más documentos y registros que deben manejar con las auditorías de los mercados que se van abriendo para los productos” agropecuarios, como la carne.

    Son alrededor de 170 los mercados habilitados para ese producto, aunque eso no significa que todos estén operativos; depende del interés comercial de los empresarios que colocan la carne en el mundo, según Lazaneo.

    Gestión de riesgo

    El sistema de inspección veterinaria “siempre se basó en el riesgo; en su momento fue por la tuberculosis y luego fue cambiando y hoy el riesgo pasa por la inocuidad del producto y el control de los contaminantes biológicos, como salmonella, listeria, escherichia coli, entre otros microorganismos patógenos”, dijo el director de Industria Animal.

    Señaló que la mitigación del riesgo “depende de cada caso, pero el concepto de análisis de riesgo siempre estuvo en los controles de la carne, y hoy, si bien la tuberculosis bovina está bastante controlada en el mundo, incluido Uruguay, existe una reemergencia de esa enfermedad”. “Lo que está indicando que el riesgo de tuberculosis está presente o puede potencialmente reaparecer. Entonces debemos mantener la inspección tradicional de la gestión de los controles”, sostuvo Lazaneo, que tiene un doctorado en carne por la Universidad de Texas, Estados Unidos (EEUU.).

    A diferencia de la aftosa, que no se contagia de los vacunos a los seres humanos, en el caso de la tuberculosis sí existe esa posibilidad y, por lo tanto, es considerada una zoonosis.

    “La fiebre aftosa no contagia al consumidor, pero es una enfermedad que además de afectar al animal, es fundamentalmente un factor que distorsiona la economía de un país”, enfatizó.

    Explicó que “algunos países, como Estados Unidos, que logró erradicar esa enfermedad, u otros que nunca la tuvieron, no es que se preocupen de los efectos en el rodeo vacuno sino en cómo perjudica la economía” de una nación.

    El jerarca hizo un repaso de la crisis aftósica surgida a partir de un primer caso detectado en abril de 2001, en Soriano, y que estuvo precedida de un episodio en 2000, en Artigas.

    Ocurrió el mismo día que la Unión Europea comunicaba al gobierno uruguayo que le reconocía el estatus de libre de aftosa sin vacunación, que el entonces presidente de la República, Jorge Batlle, estaba en EEUU para negociar un aumento de la cuota de exportación de carne vacuna y otras autoridades del Ministerio de Ganadería gestionaban la reapertura del mercado de Japón. “Todo coincidió en ese momento y el golpe fue fulminante”, recordó.

    “Uruguay fue un ejemplo en el mundo de las consecuencias negativas que puede tener para un país, que estaba libre de fiebre aftosa sin vacunación, que pueda infectarse con esa enfermedad”, dijo.

    Resumió: “De acceder a todos los mercados del mundo pasamos a un paro total, ya que no había movimiento de ganado, no había faena, ni exportaciones, lo que agravó la crisis financiera de 2002 y pegó fuerte en la economía” local.

    “Fue tan rápida la diseminación de la aftosa, demostrando que Uruguay en ese entonces no vacunaba contra esa enfermedad”, que “quizá se podría haber vacunado para generar una cierta defensa en forma oculta, pero eso hubiese sido un engaño, porque el estatus que Uruguay tenía era de país libre de aftosa sin vacunación”.

    De ahí la importancia del “manejo transparente de esa crisis al denunciar los focos de aftosa y el reconocimiento del problema se convirtió en una fortaleza” de la autoridad sanitaria de Uruguay, opinó.

    A modo de recomendación para el presente y futuro de la producción cárnica, Lazaneo insistió en “establecer controles y una vigilancia que respalden el estatus actual, que implica vacunar” a los bovinos.

    “La experiencia de la aftosa de 2001 es que Uruguay está en una región y no es una isla, no es Australia o Nueva Zelanda, que tienen otro manejo para evitar el contagio de la fiebre aftosa”, dijo. Advirtió: “Debemos estar atentos a lo que pasa en la región, con dos vecinos enormes (Brasil y Argentina) que requieren un esfuerzo mucho mayor para vigilar la aftosa”. “No tenemos límites geográficos claros, como los tiene Chile con la cordillera de los Andes, que es una barrera natural ante el riesgo” de aparición de algunas enfermedades, acotó.

    Consumidor uruguayo

    En respuesta a lo que era un debe que tenía el sistema de control sanitario uruguayo respecto a la diferencia entre la carne que se exporta y la que va al mercado interno, Lazaneo dijo que hoy “existe un solo estándar y se aplica para la carne”. “Las garantías sanitarias de inocuidad, de calidad, de higiene y otras son las mismas para la exportación como para el abasto local”, afirmó.

    Comentó que “algo más de 85% de la carne que se consume en el mercado interno sale de plantas de faena habilitadas para exportar, lo que facilitó el logro de ese estándar”.

    “El consumidor uruguayo recibe las mismas garantías que cualquier mercado al que se exporta carne”, dijo.

    Para ese jerarca eso explica también la cotización que alcanzó la carne vacuna uruguaya en el exterior y en los comercios locales. “Es un alimento de alta calidad que tiene todas las garantías sanitarias”, destacó.

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