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    “El pasado es el corazón de esta película”

    Pablo Trapero, director de La quietud

    El nombre de Pablo Trapero (San Justo, 1971) está íntimamente asociado al nuevo cine argentino, fenómeno nacido en la década de 1990, cuando producciones independientes y de bajo presupuesto, películas protagonizadas por actores desconocidos o no profesionales en historias de corte realista alcanzaron mayor visibilidad y popularidad y obtuvieron una importante y positiva valoración crítica tanto dentro como fuera de fronteras. La ola arrancó con Rapado (1991) y Picado fino (1994) y ganó fuerza con Pizza, birra, faso (1998) y Mundo grúa (1999), primer largometraje de Trapero. Su segundo título, El bonaerense (2002), continuó por esa senda, al tiempo que evidenció una característica que posteriormente se haría presente en el trabajo de este realizador: su vocación por incursionar, de una manera muy personal, en el cine de género, más que nada para usarlo como plataforma de despegue hacia otra parte.

    Después del descomunal éxito de El clan (2015), drama policial y biopic inspirado en los casos de la familia de Arquímedes Puccio que acabó siendo la película argentina más taquillera del año, su última realización, La quietud, que se estrenó el jueves 15, se vale del melodrama para crear una oscura historia que indaga en las relaciones de poder dentro del universo cerrado de una familia de clase alta y su vínculo con las zonas más violentas y sangrientas del pasado reciente de Argentina. La Quietud es el nombre de una fastuosa estancia familiar donde se reencuentran las hermanas Mía (Martina Gusmán, esposa del realizador y protagonista de Nacido y criado, Leonera, Carancho y Elefante blanco) y Eugenia (Bérénice Bejo, estrella de El artista). Mía pasó su infancia allí, junto con su padre Augusto (Isidoro Tolcachir), y su madre, Esmeralda (Graciela Borges, en una de sus mejores actuaciones desde La ciénaga, de Lucrecia Martel), mientras que Eugenia ha vivido buena parte de su vida en París. Debajo de esa quietud aguardan secretos, mentiras e infidelidades, una trama sórdida y trágica, una historia de abusos y de tensas y oscuras relaciones de poder entre padres e hijos. Hay, como en El clan, manipulación emocional y una doble vida que en cualquier momento puede ser descubierta. Hay un suspenso que se va construyendo silenciosamente en esa casa tan linda y tan grande cuyos límites con el exterior son muy difusos: es un lugar enorme, podría pensarse como una celebración de la libertad, aunque puede ser precisamente todo lo contrario.

    La quietud es una suerte de reverso o contracara de El clan. También podría decirse que ambas películas conforman un díptico. ¿Lo ve así?

    —Creo que se pueden ver como complementarias. Se podría ver una y después la otra, en el orden que quieras. Pero no fue a propósito, se fue dando en el proceso. No fue que terminé el guion de El clan y dije: “Bueno, ahora voy a hacer una película en la que en lugar de ser un patriarcado es un matriarcado y que en lugar de hermanos varones hay hermanas mujeres”, simplemente pasó. A medida que avanzaba vi que había vasos que comunicaban ambas historias. Aunque no tengan nada que ver, ni temática ni estéticamente, las conexiones están. No se parecen en nada, ni en el afiche ni en cómo están filmadas, una se basa en un caso real y la otra es ficción pura, una es contemporánea y la otra es de época. Sin embargo, tienen estos puntos en común, más silenciosos y quizás no tan evidentes en una primera mirada. Y es algo que me gustó y que vi casi como un espectador porque lo fui descubriendo al hacer la película.

    ¿Por qué cree que le atraen esos mundos endogámicamente cerrados?

    —Creo que es porque está muy vinculado a la tragedia. En los clásicos que leés de chico siempre está la familia encerrada y se termina cumpliendo aquello que se intentó evitar pero que había sido profetizado. Hay algo de eso acá. A esta película la mueve la tragedia. Los problemas, las necesidades y los personajes son más o menos parecidos, lo que cambia es cómo los describís, tanto los problemas como las necesidades y a los personajes. A todos los une una misma necesidad: la búsqueda del amor y la felicidad. De maneras muy diferentes, contrapuestas incluso. El encierro hace que veas la realidad cada vez más distorsionada. Un ejemplo. Visitás a un pariente, a un tío que no ves desde hace meses, años. Está enfermo, muy deteriorado. Lleva tiempo en esas condiciones. Hablás con las personas que se quedan con él, tus primos, que te dicen el tío está bien, impecable, mientras vos ves que se babea y no puede moverse. Para ellos, que están todo el tiempo con él, está bien, y está bien de verdad. “Está bien”, dicen. Bien. “Bien comparado con qué o con quién”. Hay algo de esas endogamias que uno las vive en el trabajo, en la casa o en la familia. Los chistes internos en una oficina no tienen nada que ver con lo que pasa, ponele, en un partido de fútbol. Tiene que ver con el hecho de que cada universo posee sus propios códigos, y esos códigos solo valen para ese universo. Es algo que me entusiasma para trabajar. Les da profundidad a estos vínculos, que no son necesariamente lo que parecen sino lo que vos vas descubriendo, en una película como esta, según con quién se va relacionando cada personaje. Para mí, el ejercicio primario del cine es el ejercicio del punto de vista, lo que mires y desde dónde mires. Eso es lo que me llevó a hacer películas. Las historias son según cómo las cuentes.

    Hay un plano secuencia en el que se superponen y se cruzan capas de tensión que fueron creciendo a lo largo del relato y que provocan un cambio notable en la historia.

    —Es el punto medio. A partir de ese momento la película hace un giro. Es, además, cuando todas las historias, cada una con su tono, cada una como una melodía en sí misma, entran en una zona que las centrifuga. Es el momento en que se parte la película en dos. Lo que sale del otro lado del tubo es La quietud en una nueva forma. Si te dibujara el movimiento que hace la cámara sería una especie de cinta de Moebius. Es otra vez el encierro. Entran, salen, dan una vuelta, vuelven a entrar, dan una vuelta, salen de nuevo, siempre en el mismo lugar, no tienen salida. Para mí, el gran desafío, y algo que disfruté mucho, es que en la película, lo que se ve en la superficie es la excusa para descubrir lo que hay atrás. Lo que verdaderamente pasa no es lo que dicen los personajes. La película avanza haciéndote rebobinar.

    El pasado está en el presente...

    —En esta película, más que nunca. Todo lo que se cuenta es el pasado de estos personajes. Ves las acciones del presente y están contando el pasado. Hay solo un momento donde estamos hablando realmente del presente, y es un pedacito, algo muy pequeño, todo lo demás es la reconstrucción del pasado. En algún momento, en la primera versión del guion, empezaba con esas imágenes abstractas del presente, lo que te daba una idea de flashback. El pasado es el corazón de esta película. Y aunque parezca una frase hecha, demasiado repetida, el presente es una transición para seguir construyendo pasado.