Nº 2205 - 22 al 28 de Diciembre de 2022
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl interés por las inversiones responsables se ha consolidado durante los últimos años, pero no es totalmente nuevo. Ya por el siglo XVII algunos grupos religiosos, como los Quakers, aconsejaban a sus miembros sobre el tipo de industrias en las que podían o no invertir, evitando, por ejemplo, participar en negocios asociados a la esclavitud. Otros casos son fondos o entidades que se oponen desde hace décadas a invertir en empresas que producen armas, tabaco, o compañías asociadas a Sudáfrica durante los años del Apartheid. Esto se conoce como “negative screening”: excluir empresas que operan en ciertos sectores o bajo ciertas características —una de las formas más viejas de inversión responsable.
Ha pasado mucho tiempo desde estas primeras formas de inversión, los nombres han ido cambiando, también su alcance. Por reclamos de consumidores, por legislación o por convicciones legítimas de las empresas, todo esto fue evolucionando hasta lo que hoy llamamos inversiones responsables, un término paraguas que abarca un gran espectro. Algunas estimaciones muestran que la inversión sustentable global llegó a US$ 35 billones en 2020, casi tres veces el valor de 2012. Pero con el crecimiento también han venido desafíos: la necesidad de cuantificar y medir el impacto de estas inversiones, la importancia de hacerlo de forma estandarizada con definiciones claras y la posibilidad de priorizar algunos aspectos.
La puntuación “ESG” de una empresa ofrece un indicador que nos permite cuantificar y comparar aspectos relacionados con el medio ambiente (E), su vínculo con la sociedad (S) y su gobernanza (G). Hoy existen numerosas empresas que reportan datos ESG, y firmas que proveen y venden información y rankings ESG de otras empresas, algo que hasta hace unos años era casi inexistente. A medida que hay más información disponible también hay más presión sobre aquellas empresas que no reportan estos temas. Un círculo en gran medida virtuoso.
Sin embargo, una crítica que se escucha cada vez más es que el ESG —como indicador de referencia— agrupa demasiados factores y muy diferentes. Por ejemplo, es muy distinto que una empresa genere un gran impacto ambiental (E), a que contrate a niños para producir (S) o a que no tenga un directorio independiente (G). La mayoría de las veces que vemos una categorización ESG de una empresa, es un promedio ponderado de aspectos E, S y G de esa compañía. A su vez cada uno de los subindicadores E, S y G está formado por muchos indicadores, a veces decenas. Además, los diferentes rankings ESG tienen diferentes metodologías para estimar sus resultados.
Un problema yace en que no hay una forma estándar de definir el indicador, delimitar qué entendemos exactamente por ESG. Por ejemplo, ¿los aspectos E, S y G deberían tener todos el mismo peso (un tercio) en el indicador final o pesos diferentes? ¿Qué medir en cada subindicador? Lo medioambiental puede abarcar todo, desde lo climático, el agua, la biodiversidad, el uso del suelo, etc. A su vez para cada una de estas cosas hay que encontrar un indicador que sea medible y un buen reflejo de lo que se busca evaluar. En el caso de la energía (parte de los aspectos climáticos), ¿qué tipo de emisiones deben medirse?, ¿solo las directas o las indirectas también? Y así muchas más preguntas, donde además diferentes respuestas pueden tener consecuencias bien distintas según el rubro de la empresa o el país donde producen.
Asimismo, son generalmente las empresas más grandes (fundamentalmente que cotizan en bolsa) y en países desarrollados (que tienen mercados de capitales y donde normalmente las exigencias sobre lo que deben reportar son mayores) las que tienen mejor disponibilidad de datos. Este sesgo implica que muchas empresas hoy queden fuera del universo de inversiones ESG.
Hay quienes además creen que todo el movimiento ESG es más ruido que otra cosa. O directamente: “greenwashing” (mucha publicidad sobre temas medioambientales pero pocas acciones en los hechos). No hay duda de que hay un poco de esto, pero no todo. Hay empresas que realmente ya no miran exclusivamente lo financiero y otras que se han comprometido, por ejemplo, a tener emisiones (de carbono) netas cero a 2050. También fondos de inversión, pensiones, provincias y Estados comprometiéndose a cambiar la manera de hacer negocios. Es difícil saber cuántos de estos cumplirán con sus metas en tiempo y forma, y no es todo el mundo que está en esta carrera, pero hay un interés genuino en hacer las cosas de manera distinta.
Tal vez peque de optimista, pero tampoco me parece del todo malo —o del todo sorprendente— que nos encontremos en un momento donde muchos inversores están mirando con más calma, y un poco de reojo, los temas ESG. Claro que la velocidad de los cambios importa, pero es normal que estas cosas demoren, y las modificaciones no son siempre lineales ni perfectas. Las normas contables, hoy bastante estandarizadas, llevaron décadas. Además, después de unos años de financiamiento tan barato, parece normal que ahora los inversores sean más juiciosos. Bienvenido sea.
Sí parece que la forma que usamos hoy para evaluar las inversiones responsables es todavía bastante imperfecta. Que se agrupe demasiado y falte estandarización hacen que en la práctica los indicadores ESG no siempre resulten útiles para comparar empresas, a veces incluso otorgan información “ruidosa” (se puede obtener un buen puntaje ESG total con muy malos puntajes en ciertos subindicadores). Por eso parece válido lo que plantean algunos de si no sería mejor evaluar menos cosas, y medirlas bien, en lugar de medir muchas cosas más o menos. Las primeras regulaciones de hecho, como la europea, van por este camino. Las inversiones responsables pasaron de ser algo muy de nicho hace algunos siglos a algo muy ubicuo actualmente, pero tal vez abarcando demasiado. Comparto que el problema parece ser que estamos tratando de pedirle demasiado a un solo indicador. Son cosas muy diferentes para un solo instrumento. Algunos creen que reducir el alcance podría verse como una derrota. Por el contrario, priorizar algunos aspectos —medir menos cosas pero medirlas mejor— parece un buen siguiente paso.