Nº 2207 - 5 al 11 de Enero de 2023
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acá¡El “triste privilegio de los años”! No se sabe quién acuñó esta frase tan manida. Ni tampoco cuál es su verdadero sentido. Debe suponerse ?al menos así lo creemos? que ella es la expresión de un cierto dualismo sentimental, de quienes solemos usarla (obviamente aquellos que ya hemos asumido que los años que supuestamente nos quedan por delante son muchos menos de los que ya hemos dejado atrás). En lo personal, no nos seduce el hecho de que nuestra fecha de vencimiento ya esté irremediablemente cercana. Sin embargo, suele hacerse de ello una suerte de privilegio, en cuanto nuestra mirada retrospectiva respecto de ciertos hechos tiene un alcance muy superior a la de aquellos más jóvenes que nosotros; confiriéndole una suerte de autoridad inapelable a toda comparación entre el presente y el pasado.
Todo este introito viene a cuento a raíz del reciente y tan lamentado fallecimiento de Edson Arantes do Nascimento, mundialmente conocido como Pelé, y más aún como El Rey Pelé. Y, más específicamente, cuando se trata de comparar su inconmensurable figura como futbolista, respecto de algunos otros que le han sucedido en el tiempo, para discernir cuál ha sido el mejor de todos. Su muerte, hace exactamente una semana, sacudió al mundo del fútbol. Y de entonces a acá ?sin perjuicio del reconocimiento unánime de su excepcional trayectoria? quedó instalada la polémica de si ese calificativo de Rey (indisolublemente asociado a su figura) se correspondía efectivamente a su condición de haber sido el mejor futbolista de la historia. Y rápidamente fueron apareciendo en escena los nombres de Maradona y Messi (principalmente, pues también hubo otros) capaces de discutirle ese tácito reinado.
Somos de los que creen que es una tarea harto difícil la de comparar situaciones que no son estrictamente equiparables. Es hasta ocioso señalar que la práctica del fútbol, desde su muy lejana creación hasta la fecha, ha sufrido un sinnúmero de modificaciones. No solo en sus reglas, sino en múltiples aspectos que hacen a la forma misma de jugarlo. Por poner solo algunos ejemplos: las canchas de apenas unos años atrás, instaladas invariablemente sobre tierra, y convertidas en un intransitable barrial cuando llovía, frente al inalterable césped sintético de la actualidad; o la evolución de los implementos de juego, desde aquellas pelotas de cuero que pesaban “una tonelada”, cuando se jugaba bajo lluvia, o los zapatos de fútbol (los “tamangos” como comúnmente se les llamaba) de un cuero rígido, que nada tienen que ver con estos, que hoy se calzan como un guante, ajustados al pie de quien lo usa. Estos aspectos que mencionamos (que no son por cierto los únicos) demuestran la comodidad o facilidad de las que gozan los grandes futbolistas de estos tiempos respecto a los de antaño, al momento de demostrar cabalmente sus talentos y habilidades. Nos preguntamos muchas veces, qué hubieran podido demostrar, con estos modernos avances, futbolistas de la talla de Héctor Scarone, o ?más cercano en el tiempo? Juan Alberto Schiaffino (por citar solo a los dos mas notorios que, en su momento, llegaron a figurar en la selecta nómina de los mejores del mundo).
El otro aspecto a considerar, es la ventaja comparativa de haber visto jugar personalmente a aquellos futbolistas que figuran, preponderantemente, en todo podio que se elabore a tal respecto. Y es allí, donde quien esto escribe puede dar testimonio directo de lo que Pelé hacía dentro de una cancha de fútbol, sin perjuicio de que ?afortunadamente? están al alcance de todos, muchas imágenes recogidas por la televisión, ya existente en esa época, y hoy reproducidas por la más moderna tecnología.
Hay un hecho (o quizás una incomprobable anécdota) que lo liga a nuestro fútbol desde su temprana infancia. Se cuenta que siendo un niño, viendo llorar a su padre tras la victoria celeste en Maracaná, le prometió que sería futbolista y haría que Brasil ganara una Copa del Mundo (lo que efectivamente hizo en tres oportunidades: en 1958, con apenas 17 años, 1962 y 1970). Tuve el inmenso privilegio de verlo jugar a Pelé en vivo en varios partidos, en la década del 60, muchas veces ya como periodista. Siempre con la casaca albinegra del Santos (la que vistió durante toda su trayectoria, salvo un último pasaje en el Cosmos de Nueva York) enfrentó a los dos grandes del fútbol uruguayo; en especial a Peñarol, en varios duelos por la Copa Libertadores, con éxito diverso. Entre sus presencias en el Estadio Centenario mantengo vivo el recuerdo de un partido amistoso ante Peñarol ?a fines de 1969? en el que ingresó a la cancha con una camiseta aurinegra con el número 1.000 en el dorsal, aludiendo al total de goles que llevaba convertidos hasta esa fecha. Como no podía ser de otro modo, esa noche anotó el gol 1.001, aunque el dueño de casa se quedó con la victoria. Más allá de esa anécdota, a nivel de selecciones, recordaré eternamente la semifinal del Mundial de México 70 en Guadalajara, que nos radió del torneo. Si bien esa tarde no anotó, quedó en la historia una jugada en la que “dejó pagando” a Mazurkiewitcz (cuando ambos iban en busca de un pase profundo) permitiendo que el balón siguiera su curso sin tocarlo, para recogerlo unos metros después ya sin marca, aunque desviando el remate final (esta jugada, entre otras muchas de antología, puede verse en Youtube).
Al igual que sus dos más claros contendientes, Pelé dominaba todos los secretos del fútbol, a favor de una habilidad excepcional y una gran concepción del juego. En los “mano a mano”, casi siempre salía ganando y su fantasía estaba presente en el manejo del balón; en esos rubros, pues, la paridad con aquellos resulta innegable. Pero en esa inevitable comparación hay algunos conceptos que le otorgan un claro diferencial en su favor. El primero, su físico de atleta, modelado a la perfección. El segundo es que manejaba ambas piernas casi con igual perfección, lo que no acontecía en el caso de Maradona, y aunque en menor medida, con Messi. Pero el distintivo mayor tiene que ver con el fútbol por aire. Aunque Pelé era apenas unos pocos centímetros más alto que aquellos, se despegaba del piso con facilidad y “se aburrió” de hacer goles de cabeza. Messi, en cambio, solo ha anotado unos pocos; y en cuanto a Maradona, su gol de cabeza más famoso… ¡lo hizo con la mano! Otro aspecto a su favor: tiene tres títulos de campeón del mundo, con lo que aventaja a Maradona y a Messi, y el primero lo conquistó con apenas 17 años de edad.
Por lo que, sin desmerecer a quienes compiten o competirán en este rubro tan subyugante, nos inclinamos decididamente por Pelé; y hasta nos animamos a predecir que su reinado difícilmente cambie de manos alguna vez.