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    “Empezar a escribir literatura es algo que le debo a Montevideo”

    En su vida hay muchos viajes y mucha experiencia internacional, tanto profesional como académica. Pero en su origen hay un sitio de nombre curioso y sonoro: Chucuito. Allí, Bruno Podestá (Lima, 1946) creció en una comunidad de inmigrantes italianos, dedicados a diversas actividades vinculadas al mar. Ese lugar en la península de El Callao es una caleta de pescadores y comerciantes y uno de los escenarios de Cuadernos corsarios (Yaugurú, 2020), una novela con estructura de diario o bitácora de viaje y que está protagonizada por Nicolò, un joven descendiente de italianos que ama su tierra y su familia, pero sueña con salir de su comunidad en busca de otros horizontes. Podestá dice que el motivo de este libro fue Chucuito, allí quedó su sangre, su infancia y parte de su historia. Hace 28 años que vive en Montevideo. Llegó sin saber que “se iría quedando”. Con formación académica en sociología, primero trabajó para la Unión Europea y después como agregado cultural en la Embajada de Perú en Montevideo, donde desde hace unos años es el encargado del área. Allí se ha interiorizado aún más con la cultura de Perú, sobre todo con lo que están haciendo ahora los más jóvenes. Antes de dedicarse a la literatura, publicó ensayos de política y sociología, y fue académico en universidades de su país, de Estados Unidos, Italia y Alemania. En Cuadernos corsarios, Nicolò llega a Montevideo, una ciudad que conoce primero por un cuento sobre bichicomes. “Me dieron dos o tres explicaciones diferentes sobre su significado”, dice Podestá. “Uno que derivaba de la palabra playa en inglés (beach). Entonces me hice una idea muy fantasiosa y romántica. Después mi hijo, que vino de niño y es muy uruguayo, me explicó que era gente que vive sin techo en la calle. De romántico, nada”. Sobre su último libro y sus años en Montevideo, Podestá mantuvo la siguiente entrevista con Búsqueda.

    —¿Cómo llegó a Uruguay?

    —La primera vez que estuve en Montevideo fue en 1986, había venido a una reunión de Unesco enviado por la universidad en la que trabajaba. No sabía nada de Uruguay, salvo por algunas lecturas. Había leído a Rodó porque en Perú se estudia mucho, hay incluso arielistas. Después, estando acá me enteré de que en Uruguay no se le da mucha pelota a Rodó (se ríe). Lo cierto es que cuando vine por primera vez no sabía gran cosa del país. Desde el mundo andino veíamos a Argentina y Uruguay como países muy parecidos, después me di cuenta de sus diferencias. Recuerdo que estaba en la plaza Cagancha y en ese momento pensé que me gustaría vivir aquí. Montevideo me pareció una ciudad muy novelesca. Después estudié en el exterior, pero vine de nuevo a trabajar a la Unión Europea, en un programa de integración regional. Llegué con un contrato de cuatro años con mi familia y después me quedé otros cuatro años. Por esa época tuvimos un percance familiar. Mi hija mayor sufre una enfermedad psiquiátrica crónica que irrumpió más o menos en ese momento. Yo quería seguir mi vida académica en Estados Unidos y también ir a Italia, que no conocía en esa época, pero todo lo que me recomendaban para mi hija iba en contra de viajar. Entonces me ofrecieron entrar a la embajada. Yo había enseñado un año en la academia diplomática en Perú, entonces más o menos sabía cómo era el ambiente. Y trabajando en la Unión Europea para el programa Cefir, trataba mucho con la Cancillería. Si bien no tengo formación específica, siempre había estado cerca de los temas culturales.

    —Su formación académica viene del área de la sociología

    —Estudié Sociología en la Facultad de Economía y Administración de la Universidad del Pacífico. En algún momento quise pasarme a Letras, pero mis padres, descendientes de italianos que lo habían pasado muy difícil, me decían: “¿A Letras?”. Pensaban: “lo poco que avanzamos este lo tira para atrás”. Entonces fue casi un acuerdo con ellos. Estudié Sociología en varias áreas, Estudios Culturales, Estudios Internacionales, también en Estados Unidos y en Florencia, que fue un gran regalo. Siempre tuve atracción por el mundo cultural. La colectividad italiana en la que crecí era chica, de gente pobre, de pescadores o comerciantes. Más bien un ambiente cerrado y autocontrolado en su afán de conservar la identidad. Cuando fui a estudiar a Estados Unidos quise hacer teatro. No tenía ninguna cualidad, pero me presenté a unas pruebas de improvisación. Aún recuerdo el texto que me aprendí de memoria, un monólogo de Shakespeare, la muerte de Julio César. Hice lo mejor que pude y al final el profesor me llamó y me dijo por qué no me dedicaba a la historia del teatro o algo así (se ríe).

    —Su primer libro publicado fue sobre un anarquista peruano, Manuel González Prada. ¿Por qué le interesó esa figura?

    —González Prada es una bisagra entre final del siglo XIX y comienzos del XX, de cuando Perú había perdido la guerra con Chile. Se volvió un representante del grito de ese momento y la antorcha para los que vinieron después, como José Carlos Mariátegui o los escritores indigenistas. Publiqué mi primer libro sobre su pensamiento político y después sobre otro que escribió contra el militarismo. Curiosamente hace unas semanas me llamó un editor de Lima y me dijo que ahora se cita mucho a González Prada. Más de cien años después de su muerte, sus denuncias y sus protestas siguen vigentes. Él era un aristócrata rico, se molestó con la invasión chilena y se fue a París siete años. Al mismo tiempo, tenía estas ideas muy fuertes y a su regreso se había convertido en un pensador anarquista. Promovió los vínculos de los anarco-sindicalistas, muchos de ellos habían llegado de Argentina y Uruguay donde los perseguían y en Lima publicaban sus folletos y artículos. Ahora voy a hacer un prólogo y una nueva selección de los textos con su pensamiento de aquel libro de 1978. Estoy trabajando en eso, en cómo se lee hoy a González Prada.

    —¿Y cuándo surgió la escritura literaria?

    Empezar a escribir literatura es algo que le debo a Montevideo. En mi primer libro, Viento norte. Itinerarios de la memoria y la identidad (1995), me atreví a dejar mis impresiones sobre el país. Un amigo las había leído y me dijo por qué no las publicaba, entonces le llevé lo que había escrito a la editorial Trilce. En ese momento me fui interesando en lo que se publicaba acá en literatura, iba a presentaciones de libros. Antes de venir a Montevideo había comenzado a hacer periodismo cultural. La poeta Blanca Varela, ya fallecida, era muy amiga de Vargas Llosa y coordinaba un semanario llamado Caretas. Había convencido a sus directores para hacer una sección dedicada a la cultura. Ella fue muy generosa, había leído una entrevista que le había hecho a un director de teatro y me invitó a escribir. Hacía breves columnas de teatro o de libros. Por su casa pasaba todo el mundo artístico y cultural. Hacía reuniones y cenas, y ahí vi a Borges. No digo que lo conocí porque los jóvenes que participábamos no nos atrevíamos a acercarnos a él. Para mí fue un impulso muy bueno. La revista y esos encuentros me abrieron un mundo nuevo.

    —¿Conoció a Vargas Llosa? ¿Cómo lo valoran hoy en el ámbito literario peruano?

    —Lo conocí mucho. Él iba a veces a la revista, pero sobre todo iba mucho a la casa de Blanca. Es un hombre muy abierto y muy simpático, pero su parte dura y rígida es la de ideólogo. En Perú es lo que ha desdibujado su literatura. Es un motivo de honor tenerlo como escritor, pero se volvió un hombre político y avaló a algunos candidatos y presidentes. Se lanzó a la candidatura contra Fujimori y perdió. Desde entonces, le ha quedado una inquina contra ellos, que bien se lo merecen, pero ese Vargas Llosa es el que más se hace notar en Perú.

    —¿Hay corrientes literarias “parricidas” de su obra?

    —No, porque la rebeldía hacia él ha sido más por su lado político. Es muy pronto para mirar su obra, que es muy rica, con más tranquilidad y centrado en lo literario. En la literatura peruana es como si hubieran tirado una granada y se hubiera disparado para diferentes sitios. Hay algunos puntos de referencia. Uno es Vargas Llosa, pero el otro importante es José María Arguedas. También es interesante el fenómeno de “la literatura del yo”, confesional, que se entronca con Bryce Echenique, el primer escritor del siglo XX que desde una clase aristocrática sacó los trapitos al sol. De ese tipo de literatura hay varios autores, como Jaime Baily, y otros con menos vedetismo, pero todos de ese sector social. Tal vez es más para la sociología de la literatura, pero tiene que ver con la desarticulación o descomposición social y política y una necesidad de purgar las penas. El otro gran tema de la literatura es lo que ha dejado el terrorismo. En las ciencias sociales se habla de los “senderólogos”, por Sendero Luminoso. En la narrativa hay libros de hijos de terroristas que fueron presos y cumplieron condena, y escriben desde esa mirada. Perú pasó por diez años con mucho costo económico y de vidas. La comisión que se reunió para evaluar el período habló de 60.000 muertes. Somos un país enorme, con más de 30 millones de habitantes, pero con pocos lectores y una industria editorial que no llega a todos lados. Entonces todo sucede en sectores más bien pequeños.

    —¿Qué lo impulsó a escribir Cuadernos corsarios?

    —Fue Chucuito. Ahora es una ciudad con millones de habitantes, pero cuando yo era niño, era una caleta de pescadores que tenía sus comercios, sus bodegas, sus pulperías. En mi familia hubo bodegueros (almaceneros), pero algunos también trabajaban en molinos o eran bomberos voluntarios y se reunían a cantar y a hacer grandes comilonas. Era parte de la vida de los inmigrantes. En mi familia paterna y materna, unos eran genoveses y otros sicilianos. Una mezcla rara, porque no se quieren mucho. Pero pasaba con familias de otras regiones de Italia. Mi abuela siciliana vivía cerca de dos familias calabresas y se referían a “esas familias” con fastidio. Para mí, de niño era un mundo perfecto, muy rico en personajes y en historias. Recuerdo que al final de la península estaba la Escuela Naval y las chicas morían por los uniformados. Entonces todos íbamos al club de remeros, porque la única posibilidad de conquistarlas era ser remero. Cuando voy a Perú me doy una vuelta por Chucuito y ahora cambió mucho, entró en el gran mestizaje que es Perú. Ya no hay apellidos o caras de los descendientes de italianos. En Perú siempre se habla del “país de todas las sangres”, eso viene de Arguedas. En todas las sangres, también hay colectividades pequeñas que se han mezclado.

    —Supongo que el mar atrae hacia la aventura, hacia los viajes, como usted los ha vivido…

    —Tengo un hermano, Guido, que vive en Estados Unidos. Hace poco hablamos sobre ese tema de los viajes continuos. Él me decía: “Oye, ¿cuándo parará esto?”. Porque nuestros parientes se fueron, muchos a Estados Unidos, otros a Canadá. A Italia pocos porque estaba muy reciente la historia dolorosa de los que habían llegado pobres. Hubo algo incierto en el arraigo, y al mismo tiempo añoranza del mundo desconocido. Un poeta peruano, Watanabe, hijo de japoneses, nació en una hacienda llamada Laredo, al norte del país, donde trabajaba su padre. Cuando le preguntaron en una entrevista sobre cuál era su patria, dijo: “Mi patria es mi cuerpo, luego Laredo”. Es comprensible, Perú es un país inmenso, la patria, entonces, es lo cercano.

    —Además de las distancias geográficas hay también distancias lingüísticas. ¿Cuántas lenguas se hablan en Perú?

    —Hay 61 lenguas. Durante el gobierno del militar Velasco Alvarado se quiso oficializar el quechua, que después del español es la lengua más grande. Alvarado sacó una ley para que se dieran programas de televisión en quechua, para que los decretos y escritos oficiales estuvieran en quechua. Entonces salieron los lingüistas a preguntarle: ¿cuál quechua? Porque solo de esa lengua hay cuatro troncales.

    Cuadernos corsarios tiene una estructura de diario y en cada “entrada” hay un resumen de lo que sucederá. ¿Por qué esa elección?

    —Esa forma de unir cada parte del libro se lo debo a Leonardo Sciascia, que escribió Cándido o un sueño siciliano, con esa forma de ir anunciando y cerrando el relato con pequeños fragmentos. Es como una voz del narrador que acompaña o completa el relato. Además, les hago un homenaje a dos figuras italianas. La palabra cuaderno es por la bitácora de viaje, pero también por los Cuadernos de la cárcel, de Gramsci. Lo he leído mucho por sus escritos sobre los intelectuales y la cultura. La otra figura, muy controvertida y fascinante, es Pasolini, que tiene Los escritos corsarios.

    —¿Le sorprende algo de Uruguay?

    —La cercanía, el trato de la gente, eso de que “nadie es más que nadie”. Cuando llegué con mi familia recién habían apresado a Abimael Guzmán, el líder de Sendero Luminoso. Eso fue en octubre y nosotros nos vinimos en febrero. Llegamos con todo el miedo de Lima por las bombas, la violencia, los apagones. Un día estaba trabajando en Cefir, y vi por la ventana que daba a Suárez un camión de carga estacionado. Bajé y le pregunté a un compañero si lo había visto, y él se sorprendió por la pregunta y por mi temor. Todos se sorprendían de mis reacciones, de mis cuidados. También me llaman la atención los días de elecciones. En Perú, y en otros países de la región, se militarizan las ciudades, se controla a los seguidores de políticos opositores para que no se maten. Eso acá no existe. Los observadores que venían de Lima, llegaban unos días antes y no lo podían creer. Ahora en Perú vamos a tener elecciones después de una seguidilla de presidentes en cuatro años. Ninguno se ocupó de la pandemia y no tenemos vacunas. Conseguir lo que ustedes tienen lleva tiempo, pero también se puede perder muy rápido. Hoy me preguntabas por qué me había quedado. ¿Dónde hubiera podido escribir y trabajar mejor?

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