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Estos días mi padre, frenteamplista de vieja data, está muy nervioso. Ha visto a algún militar espetar que lo sucedido en la dictadura fue una guerra. Ha oído los tremendos dichos de Huidobro. Y se ha enterado, al principio incrédulo, del monumento que quería hacer Mujica con las armas de los “ni vencedores ni vencidos”.
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“Guerra eran las bombas que en Barcelona nos caían en la cabeza”. Mi padre fue un niño víctima de una verdadera guerra. Como miles de niños, que son las primerísimas víctimas de las guerras. A su vez, su padre había luchado en la Primera Guerra Mundial (¡sí, en una trinchera!) y luego fue carabinero de la República Española. Un tío estuvo en el frente del Ebro y, derrotado, en un campo de concentración.
Por eso a mi papá le parece surrealista que se llame “guerra” a ese juego del gato y el ratón que se dio entre la guerrilla de los 60 y el tan poco popular e innecesario ejército uruguayo.
Lo recuerdo, en mi infancia, trayendo risueño anécdotas de los “tupas”, esa cuestión tan romántica y picaresca de robar a los ricos, de escapar de las cárceles.
Mas luego, cuando en verdad vino la dictadura militar, dejó de haber sonrisas. Estábamos todos aterrorizados. Hubo que desprenderse de los libros de mi abuelo. En el liceo, cada 27 de junio con mis amigos poníamos pegotines NO A LA DICTADURA: el miedo me daba unas enormes ganas de hacer pis. Por eso básicamente ponía los pegotines en los baños.
La inmensa mayoría de los civiles uruguayos quedamos inmersos en una dictadura que nos dejó azorados. Un castigo cruel para los que jamás habíamos tomado un arma, para los que aún no habían nacido, para los que nunca creímos en la revolución armada a partir de un grupúsculo.
Más tarde, en el IPA, todas sabíamos que una volanteada contra la dictadura, un grafiti, nos podía costar meses de violaciones de la tropa y meses de tortura.
¿Qué hicimos la inmensa mayoría de los civiles para merecer tanta bajeza? Pero ahora Huidobro insiste en que la dictadura fue perpetrada por “militares y civiles universitarios”. Me pregunto qué hubieran hecho meramente con sus títulos Aparicio Méndez y otros ancianos de corbata, sin los tanques dando vueltitas por el Parlamento, sin los camiones llenos de soldados con metralleta, sin cuarteles con ingeniosos instrumentos de dolor.
Mujica ha dicho que todo se acabará cuando mueran los “protagonistas” de los hechos. Se siente un héroe épico. Él y su gente han contado al mundo una epopeya.
Pero los héroes silenciosos fueron los civiles que soportaron una dictadura gratuita, que sufrieron la inclusión en el Plan Cóndor cuando justamente la inmensa mayoría de la gente rechazaba la lucha armada y prefería urnas y parlamento, partidos políticos y democracia.
No hubo guerra. Hubo civiles víctimas del poder de las armas de un ejército fascista. Y la memoria de esta barbaridad no se acaba con la muerte de unos ancianos.