Nº 2198 - 3 al 9 de Noviembre de 2022
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáTuve la particularidad de haber nacido y vivido, cuando niño, en el eje de las calles Pablo de María y 18 de Julio; en pleno barrio Cordón. Y el hecho de estar tan cerca de la que ya era la principal avenida de la ciudad me privó de disfrutar de esos improvisados “picaditos” callejeros, tan comunes en otras zonas de la ciudad. Por suerte, la cercana Escuela Perú, con su amplio patio central, permitía armar algunos durante el corto recreo. De apuro, los dos “capitanes” conformaban los respectivos bandos, pugnando por quedarse con “el crac” del colegio, ante la queja del perdidoso, de que, así, el partido “estaba robado”.
Esto viene a cuento tras la legítima coronación de Nacional como campeón uruguayo y la decisiva incidencia que en ello tuvo el inimaginable arribo a sus filas de un futbolista de elite mundial, como Luis Suárez. Es que, tal como podía preverse, no bien se pusiera a tono en lo físico, su talento y experiencia incidirían de forma decisiva para que el club en que se iniciara como futbolista elevara sensiblemente su nivel y, con ello, sus pretensiones de obtener un rédito deportivo superior al previsto.
Desde esta columna, ya me había ocupado del sinuoso devenir tricolor a lo largo de esta temporada. Es que el hoy elogiado técnico Pablo Repetto había asumido el cargo en un momento deportivo particularmente delicado, con un plantel casi desmantelado, tras aquel penoso insuceso en un hotel donde concentraba Nacional que determinara la salida de varios jugadores de mucha valía y trayectoria como Papelito Fernández y Chori Castro; a lo que se sumó el alejamiento de Bergessio, el goleador de las últimas temporadas. Hubo que armar pacientemente un equipo nuevo, sobre la base del arquero Rochet, Marichal y Coelho en la zaga, las apariciones de Yonathan Rodríguez, Fagúndez, Lozano, Monzeglio o Zabala, la evolución de Carballo y Cándido y la valiosa presencia ofensiva del argentino Gigliotti. De modo que los resultados que Nacional aguardaba demoraron en verse.
Así las cosas y de improviso, un dolido lamento hecho público por Luis Suárez de que Nacional —el club en donde se iniciara— no se hubiera interesado por su concurso, cuando concluía su formidable trayectoria en Europa, fue rápida e inteligentemente captado por el presidente tricolor José Fuentes, quien —sin aviso previo— cruzó el océano, consiguió conversar con el jugador y le hizo saber que las puertas del club estaban abiertas si en verdad deseaba regresar a nuestro país. La espera de su respuesta fue larga, tensa y plena de incertidumbre, pero al final llegó… ¡y fue afirmativa!
Su llegada a Nacional se produjo, empero, en un momento deportivo poco propicio. Es que el día anterior el tricolor —que venía de ganar el Intermedio— había arrancado el Clausura cayendo de forma inesperada ante Deportivo Maldonado. Traspié, sin embargo, que en nada alteró la frenética euforia que los parciales tricolores desparramaron a raudales por las distintas calles de la ciudad, al paso del vehículo en que viajaba el ídolo que retornaba al club de sus amores.
No fueron, empero, afortunados sus primeros pasos en esta nueva etapa de su carrera, pues apenas unos pocos días después Nacional cayó de local ante el Atlético Goianiense por la Copa Sudamericana; Suárez ingresó promediando el segundo tiempo, no pareció estar físicamente para jugar más minutos y no pudo asumir ese rol protagónico que se esperaba, y tampoco llegó a gravitar en la calamitosa revancha en suelo brasileño, pues su ingreso se dio recién en el segundo tiempo, cuando el tricolor ya perdía por dos goles y había resignado toda chance de mantenerse en el torneo.
Enfocado necesariamente en la competencia local, Nacional fue mejorando su nivel de juego y otro tanto ocurrió con el despliegue futbolístico de Suárez. Sin ninguna duda, el partido clásico —que ganara inapelablemente el equipo tricolor— resultó ser un mojón insoslayable para este momento especialmente grato que por estas horas vive su consecuente parcialidad. Entre varios futbolistas que rayaron a gran altura (al caso Carballo) Luis fue esa tarde la figura de mayor dimensión dentro del campo de juego. Fue generoso en su entrega, hizo simple todas las jugadas en las que le tocó participar, bajó a colaborar en el armado del fútbol ofensivo y, por si ello no alcanzara, fue el autor de un gol antológico en un momento clave del cotejo.
Con el transcurso del torneo, Nacional fue decayendo en su juego (lo mismo ocurría con Suárez) y dejó varios puntos por el camino, que transitoriamente le hicieron perder la punta del Clausura. Sin embargo, otro tanto les ocurrió a sus competidores directos y, al final, el equipo tricolor logró quedarse con el torneo una fecha antes de su culminación. Su amplia ventaja en la Tabla Anual le permitió llegar a la definición del título de campeón uruguayo ante Liverpool (campeón del Apertura) sabiendo que una victoria en la primera final ya le aseguraba la gloria.
Como era dable suponer, ese parecía ser el momento más indicado para que Luis pudiera mostrar toda su reconocida categoría. El equipo negriazul se plantó duro en la cancha y el primer tiempo se fue con el tanteador cerrado. Lo más notorio de Suárez (que casi no entró en juego) fueron sus notorias e inapropiadas protestas ante Fagúndez, propias de un genio levantisco que le ha causado varios problemas en su brillante carrera. No se sabrá nunca cómo ello cayó en el camarín tricolor en el descanso, pero cabe suponer que Luis salió a la cancha en el segundo tiempo dispuesto a mostrar su otra cara, la que mejores réditos le ha dado en su esplendorosa carrera. Y apenas a los cinco minutos de la reanudación, recibió la pelota y se encaminó raudo hacia el arco rival, apareado con un zaguero negriazul. Un quiebre exacto con el pie derecho dejó desairado a su marcador y luego impulsó el balón esquinado junto al palo más lejano del arco negriazul. ¡Golazo y pico! Con Nacional en ventaja, Liverpool no bajó la guardia y logró rápidamente empatar de penal, tras un yerro mayúsculo de la defensa rival. ¡Alargue!, y con un hombre de más el tricolor por la anterior expulsión de un defensa negriazul. Y allí, como un predestinado, apareció otra vez Suárez mandando, con una bolea seca e inatajable, otra vez la pelota al fondo del arco rival. ¡Labor cumplida!, más allá de los dos goles finales de Gigliotti, para cerrar la goleada.
Lo trajeron (y él aceptó venir a Nacional), según dijera, para llegar en un mejor estado físico a la convocatoria de la selección para Catar. No dudamos de su palabra. Pero en el fondo de su corazón tricolor era también su propósito —y lo logró rotundamente— sacar campeón al equipo de sus amores. Y nadie puede extrañarse por ello. Es que con Luis Suárez en cancha… ¡estaba robado!