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    “La Domus es mucha cosa, también es memoria”

    No es fácil definir qué es La Domus Puerto Cultural. Ubicado en Barrios Amorín y Miguelete, llama la atención por el atractivo diseño de su fachada en un barrio de mucho tránsito, casas de repuestos de autos y en general poco color. Es raro encontrar allí un espacio destinado al arte y mucho menos un espacio tan peculiar como este. “Lo novedoso es la interdisciplinariedad. No es solo una sala de exposiciones de artes visuales en un sentido tradicional. Además, está fuera del circuito, en un barrio que no es prestigioso”, dice Rodolfo Panzacchi, uno de los socios y creadores de este centro destinado a la cultura.

    Lo primero que sorprende son las dimensiones del lugar. Antes de ser La Domus fue taller mecánico o de reparaciones de todo tipo. Panzacchi y sus socios, María Vergara y Marcial Patrone, trabajaron durante casi tres décadas con diseño de marcas, producción de locales comerciales, con arquitectura efímera y ambientación de eventos. Hicieron trabajos para marcas nacionales e internacionales, entre ellas, La Prairie, o para los productos de Unilever. Ahora están retomando esa actividad, pero en 2021 decidieron crear un nuevo proyecto que llamaron La Domus Puerto Cultural, una casa para diversas formas del arte y también para la gastronomía que ofrece el café la Galpona Barreto, a cargo de Virna Vilimavicius. Allí, en ese pequeño café, suelen darse encuentros y tertulias entre artistas.

    La casa de dos pisos encierra varias sorpresas. En la planta baja hay un inmenso taller donde Patrone elabora y expone sus obras con objetos esmaltados (jarras, tazas, teteras, baldes) y también es sala de exposiciones para otros artistas. Hay herramientas de trabajo, algunas piezas aún colgadas y en un cajón reposan cantidad de tachos esmaltados que Patrone compró en la feria de Tristán con los que en algún momento elaborará sus esculturas.

    El escultor Octavio Podestá visitó el taller hace poco y quedó maravillado con ese cajón. Con sus 93 años, fue uno de los artistas que expuso en La Domus, igual que Renée Pietrafesa, Lacy Duarte y William Moreira, escultor con quien Patrone también viene trabajando en piezas que representan pequeños animales y en experiencias con pinturas.

    El año pasado, La Domus recibió el premio Morosoli que otorga la fundación Lolita Rubial por su emprendimiento de espacio cultural independiente. “Para nosotros fue una sorpresa absoluta porque hace poco que abrimos, pero es cierto que fue muy impactante la actividad y la producción que mantuvimos en un año”, dice Panzacchi en un recorrido por la casa con Búsqueda. Ahora el lugar está cerrado y de receso hasta abril, pero de todas formas la actividad no es continua, porque las puertas de La Domus abren cuando tienen presentaciones de libros, exposiciones, exhibiciones de películas o de artes escénicas. “No es un lugar para entrar y mirar. Eso también genera expectativa”.

    Las sorpresas aparecen en toda la casa, que es enorme, de dos pisos. Hay sorpresas hasta en el baño, que tiene un estilo kitsch, con un espejo rodeado de hojas y frutos. “Es un homenaje a Arcimboldo”, dice Panzacchi en alusión al pintor italiano conocido por sus pinturas de rostros rodeados de frutas, plantas y animales. A un costado del espejo hay una foto de Catita (Niní Marshall) y hay pequeñas lucecitas por debajo de la pileta. El conjunto tiene un aire de película de Almodóvar, con humor incluido.

    En la puerta de la cafetería un maniquí vestido con saco de casamiento parece un personaje de cómic. Fue pintado e intervenido por Richard Ortiz, un dibujante de cómics que expuso en La Domus y trabaja para revistas internacionales. El maniquí sentado en una silla y con una de sus piernas cruzadas parece una persona a la espera de un café.

    En ese sector también hay litografías de Alfred Lemercier, el litógrafo que le hacía los afiches a Sarah Bernhardt, y tras una puerta se vislumbra la cabeza de Perseo. “Cuando fui a Florencia por primera vez estuve toda una tarde mirando la escultura de Perseo, de Benvenuto Cellini. Me pareció una maravilla y le saqué montones de fotos. Descubrí que por más que el conjunto parezca fuera de proporción mantiene cierta desproporción”. En el techo de la recepción también está Perseo. “Cuando trabajé muchos años haciendo locales comerciales pensaba en la Capilla Sixtina y por qué nadie pintaba los techos”.

    Objetos fuera de moda

    Panzacchi nació en Montevideo en 1950 y la variedad que ahora presenta La Domus tiene algo de lo variado de su vida. Estudió carpintería en la UTU, unos años en la Facultad de Arquitectura y pintura con Clavel Neme. Es profesor de Literatura, ahora jubilado, hizo escenografía para teatro, carros alegóricos junto con Patrone y el artista Carlos Musso, fue coeditor de la revista Hermes Criollo, por la que también recibió un Morosoli. Se formó como orfebre en el taller de Ruben Zina Fernández y en 2019 publicó un libro con la editorial Yaugurú sobre la historia de ese taller con el título Sótano de la resistencia cultural.

    “Nunca pensé en ser orfebre. Vendí durante años alhajas, pero no sabía hacerlas ni engarzar una piedra. Entonces fui al taller para que cuando las vendiera supiera de qué hablaba”. Panzacchi trabajó durante muchos años en la joyería Brela, donde vendía antigüedades y era vidrierista. “La Domus viene de Nancy Bacelo, que en la Feria del Libro proponía la interdisciplinariedad de las artes, y también del taller de Zina, que proponía algo similar. Ese espíritu es lo que a mí me convence para tener esta galería y este pequeño museo”.

    Pero él dice que su verdadero gusto por los objetos viene de su infancia, de cuando era niño y vivía en las afueras de Montevideo. “Botellas vacías compro, hierro viejo compro”, era el pregón de su padre que salía en carro con él a recolectar material que después fundía. “Mi padre era un gran soldador, un metalúrgico que soldaba con estaño y derretía las jarras que a mí me gustaban. Entonces me fui quedando con cosas. Vivíamos en la orilla de Montevideo, sin luz”. De aquellos días recuerda cuando un hombre le llevó a su padre una lavadora para arreglar y aceptó el trabajo. “Cuando se fue le pregunté cómo iba a hacer para arreglarla si no teníamos electricidad. Me dijo que si un hombre lo había hecho, él iba a poder desarmarlo y volverlo a armar para darse cuenta de cómo arreglarlo. Teníamos un carro con caballo y nos fuimos a la casa de alguien que tenía luz después de que lo arregló para probarlo. Y anduvo. Era muy cabeza dura”.

    En el entrepiso de La Domus hay un espacio para proyectar películas donde Mili Blanqué exhibió dos documentales y este año se proyectará la película sobre Eduardo Mateo Amigo lindo del alma. Pero todavía hay que subir un poco más para encontrarse con antigüedades de diferentes épocas y estilos, objetos que provienen tanto de la cultura más refinada como de la más popular. Algunos están a la venta, otros forman parte de un pequeño museo de piezas exquisitas.

    No es sencillo resumir todo lo que se encuentra en las alturas de La Domus. Es el reino de los objetos. “Es el mundo de altri tempi”, dice Panzacchi, y hace honor a su ascendencia italiana.

    En la galería hay sillas del siglo XVII que consiguió en un remate, una mesa redonda con espejo ovalado que usaban los hombres para afeitarse, otra mesa que parece común y corriente pero se transforma en mesa de juego. Hay cuadros originales de Anhelo Hernández, de Luis Solari, de Amalia Poleri, de Águeda Di Cancro, de Fernando Cabezudo. Hay esculturas de Edmundo Prati, entre ellas, una del escritor Enrique Amorim.

    Y entre esas obras y una pared dedicada al arte de Oriente, con sus estampas de arte japonés, otro maniquí intervenido por el artista del cómic y pintado de rojo rompe la armonía. En ese espacio, en una sala más pequeña han expuesto artistas jóvenes, entre ellas, Elisa Musso.

    En medio de las maravillas de esa galería hay un mueble para guardar el pan de antes de la Revolución francesa, una chocolatera victoriana y una mesita que perteneció a China Zorrilla.

    “Los objetos hablan de un mundo y me gusta ese mundo en el que la belleza estaba en las cosas que tocabas todos los días, que no eran descartables. Había una relación entre el arte y la vida cotidiana”.

    Pero aún hay que subir otra escalerita para entrar en el museo, que tiene otros tesoros. Allí espera, por ejemplo, la escultura de un tritón, la versión masculina de la sirena, tallado en madera y que tiene más de 100 años. O un Niño Jesús de Praga que era un santo para vestir. “Si la mujer quedaba soltera, iba a la iglesia y hacía ropa para los santos. De allí viene el dicho ‘para vestir santos’. Cuando venía la festividad de un santo y no había ropa, le ponían la de otro. Y de allí viene un nuevo dicho: ‘Vestir un santo para desvestir a otro’”.

    Hay una escultura de Joná que proviene del barroco mineiro del siglo XVIII. “Estudié esta escultura y tiene todas las características del escultor Aleijadinho: las cejas, la nariz, el almendrado de los ojos, la barba, el bigote. Me hizo acordar a los íconos rusos. Cuando la compré pregunté si sería de él, me dijeron que no podían asegurarlo, pero probablemente estuviera comprando una obra genuina”.

    Están las últimas piezas de un juego de porcelana francesa de Sèvres, de cuando se remató la joyería Freccero y se cerró. Pertenecieron al Palacio de las Tullerías en la época de Luis Felipe de Orleans. Y otra vez la presencia de China Zorrilla aparece en una muñequita de pasta que era de su pertenencia junto a dos libros de Esperando la carroza.

    “A ver si sabés qué es esto”, dice Panzacchi mostrando una tijera de bronce que en el borde tiene un rectángulo hueco. “Es para despabilar velas. En el pabilo siempre queda un pedazo negro que humea y achica la llama. Cuando se lo despabila la llama se agranda”, explica, y otra vez la vida cotidiana se mezcla con el arte.

    En medio de estos objetos, llama la atención una gran fotografía de una señora llamada Chela (Celia Calimari), una amiga íntima de Panzacchi que murió en 2012. La fotografía va acompañada con un texto que comienza con la frase: “Yo en lo poquito me basto”.

    “Era mi amiga del alma. La que hacía el pan y tejidos en crochet en Cabo Polonio. Vivía ahí. En mi rancho jugábamos a las cartas, pero yo tenía la tetera inglesa (se ríe). Era una mujer con tercer año de escuela, pero tan sabia que no se podía creer cómo debajo de esa rudeza había un refinamiento particular, todo lo conectaba con la naturaleza, sabía de yuyos. Cuando murió, el Polonio ya estaba cambiando. A mí me gustaba ir con tres shores y algún abrigo, después me descalzaba y ya estaba. Después empezó a cambiar y Chela se disgustó. La enterramos un 20 de noviembre de 2012 y la primera semana de enero yo ya tenía vendido el rancho con todo adentro. Empezaron a usar luz y arruinaron todo. Ahuyentaron a muchas especies, apareció el plástico…”.

    Tristán Narvaja, memoria de la ciudad

    Tanto la galería como el museo se nutren de remates, pero sobre todo de la feria de Tristán Narvaja. “Es parte de la memoria de la ciudad. Es como un semillero. El historiador Enrique Mena Segarra decía que no había cosa fabricada en el mundo que no hubiera pasado por la feria de Tristán. Y es verdad. Hace 40 años que no dejo de ir. Me invitan a comidas los domingos y siempre digo que no. Se creen que voy a misa y algo tiene ese hábito de religioso”.

    Panzacchi trilla la feria y después se dirige a la librería Minerva, donde se arma tertulia. Todos los que asisten lo esperan para ver qué compró. “Puede ser cualquier cosa”, y señala un arado o las partes de un carretón del siglo XIX o las litografías como las de Lemercier. Algunos feriantes lo consultan sobre lo que encontraron para ver si es valioso.

    La Domus tiene la mezcla de refinamiento que envuelve al arte clásico con la cercanía de los objetos que seguramente estuvieron en las casas de quienes visiten el lugar. Hay latas pintadas con flores que usaban las abuelas para guardar galletas, juegos de loza de los que en otras épocas se regalaban en casamientos y platos pintados a mano para adornar las paredes.

    “La memoria no es un tema que le interese a todo el mundo, pero para mí los objetos hablan de una época y de un contexto, son un archivo en sí mismos. Para mí todo esto es un archivo. La Domus es mucha cosa, también es memoria”.

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