N° 1806 - 05 al 11 de Marzo de 2015
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáRichard Read, el dirigente sindical de la bebida, otra vez tirando el bochín lejos: quiere crear un “liceo obrero” para darles educación de calidad a los hijos de los empleados de la industria de la bebida, quienes —en los hechos— no la encuentran en la educación pública. Comenta que se tratará de un centro educativo laico, con profesores “de primer nivel” que enseñarán una currícula “normal” de Secundaria y que incluirá materias vinculadas a las relaciones laborales y la historia de los movimientos sindicales.
La particularidad de esta iniciativa es que aspira a ser financiada, no con los aportes del rico cofre sindical, sino con dinero que pondrán las empresas a través de la ley de “mecenazgo” (Nº 18.834), que es la forma en que se financian actualmente otras iniciativas similares como los liceos Jubilar o Impulso u organizaciones como Teletón o la Fundación Peluffo Giguens.
Este mecanismo funciona de la siguiente manera: supongamos que una empresa tuvo utilidades por 200.000 (sean pesos o dólares), por lo que deberá pagar un 25% de impuesto a la renta, es decir 50.000. Pero la ley le permite destinar “el 5% de la renta neta” (en nuestro ejemplo 5% de 200.000 = 10.000) a “donarlo” a cualquiera de las instituciones que están habilitadas a recibir estos fondos. También pueden destinar ese dinero a realizar proyectos de investigación con cualquier universidad, sea pública o privada. De esos 10.000 que la empresa le dio al Liceo X, recibe un “crédito fiscal” por el 75% (7.500) y deducen como gasto el otro 25%. En resumen: por cada 10.000 que la empresa dona a estas instituciones (“donación especial”), solo debe “gastar” 1.875, ya que los otros 8.125 surgen de los impuestos que ya estaban destinados a la DGI.
Esta legislación está inspirada en principios liberales y para nada estatistas. Se basa en reconocer que el dinero que va para impuestos no es “del Estado” sino que es del empresario que lo generó a través de su actividad productiva y, por eso, le dan la oportunidad de “elegir” a dónde aplicar parte de esos fondos, antes de que vayan a parar a la bolsa de “rentas generales”.
Segundo, es reconocer que ese dinero, administrado por actores privados, seguramente tendrá un mejor aprovechamiento que si se lo deja en manos de una estructura burocrática, donde los sistemas de estímulo, control, motivación y rendición de cuentas no funcionan con la misma eficacia que entre particulares.
Suena paradójico que este liceo obrero (posible cuna de futuros dirigentes sindicales) se financie con los dineros que aportarían sus propios “enemigos de clase”. Ya escuché —en privado— a algunos empresarios que dicen que no pondrán un centavo a tal iniciativa, lo que suena lógico, estando al estado de las relaciones laborales entre empresarios y sindicalistas durante los últimos años. Para muestra, basta el botón de Ecolat.
Pero, por otro lado (como te digo una cosa te digo la otra), quisiera creer que este proyecto pueda ser la simiente para pensar el Uruguay del 2045 desde otra perspectiva y actuar con una mentalidad de Nueva Zelanda, donde empresarios y sindicalistas construyen una agenda propositiva.
Esta iniciativa sindical también debería servir para sacudir la modorra de las cámaras empresariales, quienes ya perdieron la licitación por el canal de TV digital, cuyo principal objetivo era tener una vía directa de comunicación con “Juan Pueblo” y así poder levantar la deteriorda imagen que tienen en la opinión pública.
Esta preocupación la volvió a reiterar el Sr. Washington Corallo (presidente de la Cámara de Industrias del Uruguay) cuando declaró en “El País” del domingo 1º: “Como sociedad debemos avanzar en la comprensión de los sistemas productivos y del aporte que hacen todos los actores involucrados. En ese sentido, creemos que se hace necesario revalorizar el rol del empresario, que es quien invierte, quien toma riesgos, quien toma créditos, quien genera trabajo, riqueza y desarrollo, quien paga impuestos”.
Sería bueno que el sector empresarial también dé un buen uso a este mecanismo fiscal, no para crear un liceo que forme a los “soldados del otro bando”, sino para ayudar a que la gente realmente entienda las claras ventajas del libre mercado; que las utilidades llegan luego de agregar valor y servir a los clientes, y no por negociar prebendas o beneficios; que la meritocracia es la clave de una carrera laboral y que los comerciantes nunca imponen su voluntad, sino que se basan en intercambios libres y voluntarios de valor por valor, que hacen a diario entre ellos y con sus clientes. ¿Por qué no intentarlo?