Tiene el sudor de la frontera, el color del río Cuareim, el sonido lastimero de una máquina de coser y la quietud de la estación de tren abandonada. Viralata se llama en la frontera a los perros callejeros que dan vuelta las latas de basura en busca de alimento. Viralata también es el título de una novela del borde: el que separa el barrio Centenario de Artigas —pobre, polvoriento, con muchas madres y pocos padres—, y el que separa un país de otro. Viralata es una novela mixturada, escrita en portuñol, ese lenguaje que une lo que separan los límites. Es la primera novela de Fabián Severo (Artigas, 1981), poeta y docente de Literatura, ganadora del Premio Nacional de Literatura 2017. Con retazos de sus recuerdos, con historias contadas por varias voces y con imágenes potentes, la novela es un largo relato de Chicharra, un niño que mira con ojos asombrados su entorno infeliz, en el que, sin embargo, encuentra poesía. Este año, la novela fue reeditada por HUM y llevada al teatro con dirección de Luis Vidal y una destacada actuación de Rodolfo da Costa en el papel protagónico (aún en cartelera en El Galpón). Severo vive en Atlántida con su esposa e hija, donde encontró algo parecido a su vida en Artigas. “Pero tampoco somos de Atlántida. El desarraigo es así”, dice cuando comienza la entrevista con Búsqueda.
—Si no me falla la memoria, fue un atlas que aún está en mi casa de Artigas, medio viejo y despegado. Cuando voy de visita pienso que me lo tengo que traer, pero nunca lo hago. Después, cuando empecé la escuela, mi padrino me regaló un diccionario. Yo buscaba una palabra, pensaba si sabía qué quería decir y leía la definición. Con eso me entretenía. Salvo una Biblia, durante mi infancia no hubo libros en mi casa, ni en mi barrio. Pero yo vivía a tres cuadras de la casa de mi padrino, don Sandalio, que era muy conocido en Artigas y había trabajado muchos años en la única librería de la ciudad. Él tenía un cuarto lleno de libros. Yo lo visitaba de niño, me sentaba en su cama y los miraba. Me acuerdo hasta hoy de tener en mis manos una edición muy vieja del Martín Fierro con tapa de cuero. Lo único que hacía era mirarla. Todos me hablaban de mi padrino como un referente, lo veían leer en un banco de la plaza con una almohada en la cabeza.
—Toda la familia de mi madre, mi abuela y mis bisabuelos se dedicaron a la costura. Mi padre era soldado. Un año lo mandaron por 16 meses a una misión en Camboya. Con la plata que le pagaron pudimos comprarnos una casa y nos mudamos de barrio. También pusimos un almacén donde trabajé desde los 11 años. Mi madre seguía cosiendo y mi padre se iba al cuartel, me dejaban a mí en el mostrador. Lo sufrí como cualquier niño que quiere estar correteando por ahí. Pero después lo extrañé. Ahora estoy escribiendo una narración y hago mención al almacén. Era bien de barrio y yo estaba en contacto con todo tipo de gente, con muchos prototipos, humores, creencias en diferentes cultos y religiones. Yo los observaba.
'En la obra aflora la ternura que quise incluir, la ingenuidad del narrador y también el homenaje a mi madre y a todas las madres. Quería transmitir que el mundo solo sigue porque hay madres que están aguantando el invierno, el dolor de oído, el llanto y el hambre'.
—En la novela se ven esas creencias, pero también hay un mundo olvidado por Dios.
—Quería jugar con la idea de que nosotros creemos y no creemos. Siempre me impactó la fe de la gente, siempre me conmueven las procesiones, el viacrucis, las promesas. Por eso trato de ser respetuoso de esa fe, pero también soy muy crítico. Vi a religiosos manipular el sufrimiento de sus fieles. Vi a mi vecino abandonado sin medicamentos cuando todos los meses le hacía el surtido en el almacén para el pastor. Vi sufrir a mi madre, que murió abandonada por los médicos. Nosotros íbamos a todas las ceremonias del barrio: al terreiro los martes, porque mi madre era mae de santo, al culto evangélico todos los días, porque en el templo nos daban chocolate y galletitas María, y a misa en la capilla los domingos. Yo era monaguillo y quería ser cura, tal vez porque hice la Primaria en un colegio católico, el único privado en Artigas. Cuando se inauguró, ofrecieron en el cuartel dos becas completas. Mi padre me anotó y me la dieron. Era el pobre del colegio, muy buen estudiante, el abanderado, pero el pobre. En Artigas tuve momentos felices, pero también fui muy infeliz.
—En Viralata es borrosa tanto la identidad familiar como la de frontera.
—Elegí al perro viralata porque no se sabe de qué raza es. Los de frontera no sabemos si somos uruguayos, brasileros o solo fronterizos. El problema es cuando los países están de espaldas a la frontera. Quaraí, Livramento, Yaguarón están siempre esperando a que San Pablo las vea, y Artigas a que Montevideo la vea. Además, quería trabajar con la imagen del árbol genealógico que una vez vi dibujado en el pizarrón de una clase. Siempre me impresiona cuando algunos amigos hablan de sus raíces italianas, de que les sale el tano de adentro. En mi caso, si quiero construir mi árbol genealógico no paso de la primera rama. Les ocurre a la mayoría de mis amigos de Artigas, incluso a mi esposa, que es de Río Branco y que me dio muchas historias para Viralata. De eso quise hablar: de alguien que quiere saber de dónde viene y su madre nunca se lo pudo decir.
—¿Cómo veías Montevideo desde Artigas?
—Todos idealizábamos Montevideo, aunque después, cuando vivís acá, te das cuenta de que no es tan idealizable. Pero cuando recién llegué, el anonimato me fascinó. Después empecé a estudiar Letras en Humanidades. Fui a una asignatura y me alcanzó para darme cuenta de que era la matanza de la literatura, el cientificismo, el historicismo de la literatura. Eso lo había padecido en Profesorado. Entonces me cambié para Ciencias de la Educación, hice unos semestres y después abandoné todo, aunque me mantuve en la movida del teatro y del cine. Hasta que empecé a extrañar. Lo que empecé a extrañar de Artigas fueron las palabras.
—¿Volvés seguido? ¿Con qué ciudad te encontrás?
—Voy una vez por año y me gustaría ir más seguido, sobre todo cuando estoy escribiendo. Pero cuando vuelvo, no encuentro la ciudad que dejé. Ahora tiene freeshops, muchísimas motos. En 2016 me quise ir a escribir allá, solo, por una semana. Y sufrí horriblemente. A veces siento la esperanza de agarrar algo de lo que viví, pero no es posible hacerlo.
'Mi altar literario está compuesto por pocos escritores, por más que lea mucho y que lea de todo. Onetti es el que más leí y de las pocas lecturas constantes de mi vida. Claro que nunca se me ocurrió escribir como él, pero creo que tomo algo de su clima. De Rulfo me atrapa su poética y también el decir ingenuo del narrador'.
—El portuñol es un lenguaje oral. ¿Qué criterio usaste para escribirlo?
—No hay estandarización escrita del portuñol. Está en los pizarrones de los almacenes, en los cuadernos de los niños, en los carteles, pero no hay un diccionario. Por lo tanto, hay que inventarlo. Mi primo una vez llegó de la escuela hablando un español correcto, y mi tía le preguntó por qué hablaba así. Él le dijo que la maestra se lo había indicado. Entonces mi tía me dijo: “Fabi, vos que estudiaste, decile que no tiene que hablar como la maestra, sino como yo, que soy la madre”. Me acordé de eso en una clase de facultad y se me ocurrió un verso: “Mi madre falaba muy bien, yo entendía”. Y después me surgió otro, y otro y otro. Salí del salón, me fui a escribir y no volví más a la facultad. Con el tiempo fui aprendiendo las posibilidades estéticas del portuñol, su sonoridad y todas sus posibilidades. En Viralata unifiqué algunos criterios, aparece siempre “Artiga”, por ejemplo. Nosotros usamos el plural solo en los artículos. Decimos: “las flor”, “los amigo”, “los dolor”. Hay un poema que dice: “Para vos son la flor, para otros son los dolor”. Quienes somos de Artigas bromeamos y a la calle General Flores le decimos “General Flor”, y a Tres Cruces, “Tres Cruz”. Al escribirlo se crea una falsa ilusión de oralidad, como lo hizo Guimaraes Rosa en Gran Sertón: Veredas. Ahora estoy leyendo Viaje al fin de la noche, de Céline, que también maneja la oralidad. Lo que sucede es que en la oralidad uno reitera mucho, entonces hay que pulir mucho.
—Tu novela recuerda también al mundo literario de Rulfo. ¿Es otra de tus influencias?
—Mi altar literario está compuesto por pocos escritores, por más que lea mucho y que lea de todo. Onetti es el que más leí y de las pocas lecturas constantes de mi vida. Claro que nunca se me ocurrió escribir como él, pero creo que tomo algo de su clima. De Rulfo me atrapa su poética y también el decir ingenuo del narrador. Esos son los amores más antiguos. Pero hace unos diez años leí Gran Sertón: Veredas en portugués. Lo primero que me pregunté fue: “¿Esto se puede hacer?”. Me impactó cómo podía romper la estructura de la oración, decir por ejemplo: “Sueño de yacaré hace parte del suelo”. A la vez me pregunté cómo hacía para que todo pareciera una reflexión en voz alta y además con gran poesía. Entonces quise escribir así. Después descubrí la poesía de Circe Maia y me fascinó cómo pasaba de lo más cotidiano a lo más profundo, con un elevado nivel poético y sin hacer alarde. Es lo que trato de evitar, no tener eso autorreferencial de la literatura, no quiero ser un poeta que escribe sobre la poesía.
—¿Cómo te influyó el canto de frontera?
—La poesía me llegó por la radio. Trataba de memorizar las canciones que escuchaba en un radiograbador grande y rectangular que había en mi casa. Y entonces un día escuché Massemba, del compositor Roberto Mendes, cantada por Maria Bethania, y me pasó lo mismo que con Guimaraes Rosa, “¿esto se puede hacer”?. Después me llegó la música de Chico, Caetano, Gilberto, Gal Costa y todo el rock brasileño. La música fue una constante en mi vida y lo sigue siendo hoy. Puedo concebir mi vida sin leer, pero no sin escuchar música. Escucho los discos como si leyera libros, con una libreta. La canción es mi ideal de poesía y cuando voy a escribir o corregir hay discos que elijo porque me generan un estado poético especial. En realidad, la literatura nació así, solo que perdimos las partituras de la Odisea y de la Ilíada, y no sabemos cómo se cantaban.
—¿Qué te pareció la adaptación al teatro de Viralata?
—Me conmovió mucho. Hay un trabajo de interpretación muy respetuoso. Corríamos el riesgo de que fuera una parodia de la frontera, una montevideanización, como cuando la gente imita nuestra forma de hablar. Luis Vidal eligió muy bien a Rodolfo da Costa, que es del Chuy, para el papel de Chicharra. La música la compuso Ernesto Díaz especialmente para la obra. Él es un compositor de la frontera, para mí el más importante. Para él la letra no es un adorno de la melodía y tiene una poética bellísima. En la obra aflora la ternura que quise incluir, la ingenuidad del narrador y también el homenaje a mi madre y a todas las madres. Quería transmitir que el mundo solo sigue porque hay madres que están aguantando el invierno, el dolor de oído, el llanto y el hambre. También la obra incluyó el humor, porque no se puede apuñalar constantemente con la tristeza. Una escritora me dijo una vez al hablar de su infancia: “Pobre y triste no, porque queda feo”. Si a la tristeza de la frontera le ponés unos tambores, se arma samba.