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    ¿Lo que realmente sucedió?

    El sueño de todo historiador es poder concretar lo que el alemán Leopold von Ranke sintetizó en su clásica fórmula: “saber lo que realmente sucedió”. Ranke echó las bases de la historia científica, que tuvo su máximo auge a comienzos del siglo XX. Siguiendo sus pasos, muchos sostuvieron que la historia era una ciencia comparable a la química, a la matemática o a la biología: bastaba con establecer determinados criterios científicos y aplicarlos con rigor en el estudio de las fuentes para llegar a una conclusión “objetiva” e incuestionable (esta ilusión toma cuerpo en títulos fantasiosos tales como “La historia verdadera sobre…” o entonces “La historia definitiva de…”).

    Según esta tradición histórica, la verdad sobre el pasado está en los documentos; el historiador “no tiene boca” propia: su función es la de analizar las fuentes aplicando un método científico. Para poder cumplir satisfactoriamente su tarea, el historiador debe desarrollar instrumentos de investigación a prueba de objetividad.

    Dicho esto se comprende que para quienes sostienen este enfoque, el mayor problema es el que presenta la subjetividad. El riesgo de la subjetividad crece con la cercanía en el tiempo del proceso estudiado y con el tipo de fuentes usado. Por eso, lo mejor es concentrarse en el estudio de épocas lejanas, eliminando el riesgo de que las propias pasiones y simpatías políticas puedan desvirtuar el resultado final, y limitarse a un tipo de fuentes a priori objetivas, tales como las que abundan en la esfera de la economía (listados de cargas fiscales, estadísticas de producción, importación y exportación, índices demográficos, etcétera).

    El listado de tesis doctorales y monografías publicadas durante décadas demuestran la supremacía de este enfoque en los centros de altos estudios. Sé de lo que hablo, pues estudié historia en el principal reducto escandinavo de esta tradición y tuve, como profesores, a la última camada de alumnos de los grandes profetas de la historia seudocientífica.

    Conocí en carne propia la fuerza de la fe en la “metodología objetiva” para el estudio de las fuentes primarias y aprendí que los límites establecidos no se traspasaban sin pagar las consecuencias: cuando presenté la tesina final, antes de comenzar el trabajo doctoral, estuve un buen tiempo en cuarentena: “estás caminando con un pie dentro de la historia y con el otro afuera”, fue el áspero veredicto que me regaló una legendaria historiadora sueca, cuyos méritos la convirtieron en la primer catedrática mujer de la Universidad de Lund (un detalle no menor, si se tiene en cuenta que este centro de estudios, uno de los más prestrigiosos de Europa, fue fundado en 1668).

    El juicio de la jefa de Facultad resumía una visión de la historia basada en el peso de la objetividad y en la posibilidad de llegar a la verdad histórica mediante un determinado tipo de análisis de las fuentes disponibles. Mi tesina iba a contrapelo de esa postura, pues en la misma argumenté a favor del arte como fuente de primera línea para la investigación histórica.

    Sostenía en mi trabajo, en el cual me basaba en la pintura holandesa del siglo XVII, que un cuadro de Johannes Vermeer o Pieter de Hooch era tan valedero como cualquier otro tipo de documentación para el estudio del pasado y que a través de la lectura de un lienzo podíamos aprender y comprender una larga serie de elementos sobre cosas tales como las condiciones materiales y espirituales de vida y las características fundamentales de una sociedad determinada en un momento dado de su paso por el mundo. “Subjetivismo puro”, sentenció el profesor responsable de mi trabajo, y me sacó tarjeta amarilla.

    Pasaron los años, el materialismo dialéctico (otro fiel creyente de la historia científica) conquistó una buena parte del campo de investigación en mi Facultad y, por ende, el espíritu reinante se mantuvo: cambió el paradigma, pero no el culto a la objetividad. Lo comprobé cuando escribí este inicio de capítulo en mi tesis doctoral: “Jueves 3 de octubre de 1935. Son las cinco de la mañana. Las tropas del comandante Emilio de Bono atraviesan la arenosa frontera entre Eritrea y Etiopía. La guerra ha comenzado”.

    La reacción no se hizo esperar: si me hubiera quitado los pantalones en público no se hubiera armado tal revuelo. “¿Pero cuál es el problema?”, aludí en mi defensa, “este párrafo está formado por datos contundentes y comprobables, totalmente desnudos de subjetividad”. “Sí”, me dijeron varios al unísono, “pero despierta emociones”. En charla ulterior, el responsable de la cátedra me pidió, de buena manera, que reescribiera la frase, de forma que sonase “menos pasional”.

    Hace un par de décadas largas de esto. Un verdadero tsunami metodológico y científico ha sacudido desde entonces los salones de dicha Facultad.

    Estas reflexiones sirven a la hora de encarar las versiones de la historia nacional que generaciones de alumnos hemos estudiado y otras que hoy habitan las estanterías de las librerías. Cada vez con mayor notoriedad, oímos y leemos que la historia “oficial”, es decir “la que nos contaron”, es falsa. Pero la historia que nos quieren contar los revisionistas, ¿es verdadera?

    El día que se abandone el deseo de construir héroes a medida o imponer supuestas verdades populares se podrá comenzar el duro trabajo de aproximarnos a nuestra historia. La cual, no preciso repetirlo, aún espera ser estudiada.

    (*) El autor es doctor en Historia y escritor