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    “Lograr que un grupo del Comcar cante y componga canciones es de izquierda”

    Acaba de presentar su último libro, Los pasados del presente (Yaugurú, 2016), un conjunto de poemas contemplativos en los que se integra la naturaleza y lo cotidiano, las referencias a noticias o a citas de libros, la muerte de un insecto y el disfrute de un instante. En este escenario se impone la presencia de un bosque, inspirado en el Parque Lussich, y de un “sonido que denuncia lo escondido” detrás de una pared, por eso algunas páginas se vuelven negras como lo oculto. Hugo Achugar (Montevideo, 1944) es poeta, ensayista, narrador y docente. En el período 2008-2015 fue director de Cultura del Ministerio de Educación y Cultura (MEC). Antes, había sido catedrático en las universidades de North­western y de Miami en Estados Unidos. Es profesor en la Facultad de Humanidades de la Universidad de la República y actualmente coordina un programa de estudios de cultura, arte y política en el Centro Universitario de la Región Este (CURE) de Maldonado. Colabora además en la concreción de la Ley Nacional de Cultura y apoya a un grupo que está impulsando una ley de salud mental. Frenteamplista desde 1971, hoy se considera independiente. “Tengo serias discusiones, pero siempre dentro del Frente”, le dice a Búsqueda, cansado de la exposición de las redes sociales que “banalizan” las discusiones. “No sé cuánto me vas a dejar afuera de todo lo que hablamos, pero me gustaría que pusieras esta misma frase”, dice cuando ya van casi dos horas de la entrevista que aquí se publica.

    —¿Qué tiene de diferente Los pasados del presente?

    —Quise apartarme de lo que habían sido mis últimos libros. Me parece que en la primera y tercera parte se muestra más el exterior que el interior, hay una especie de borramiento del “yo”. En la segunda parte, aparece más un lado oscuro que creo que todos tenemos y que este poeta también tiene. Allí estaría la diferencia.

    En general los editores son reacios a publicar poesía, pero en los últimos años se ven más títulos. ¿Hay un resurgimiento del género?

    —Hace unos diez años escribí para Brecha una nota sobre la muerte de la poesía. Planteaba que era una secta en extinción, que solo se leía poesía entre poetas. Para algunos aún es así. Pero en realidad creo que la poesía es mucho más amplia y el problema no es de los poetas, sino de la gente que pone etiquetas. Para mí Jaime Roos es un poeta, Drexler es un poeta, Zitarrosa sin dudas fue un gran poeta. Si uno es cuidadoso y riguroso se lee o se escucha más poesía que novela o cuento. Mi concepción de lo que es poesía es muy amplio. Por lo tanto, nunca dejó de ser el momento de la poesía.

    —En 2004 recibió a la actriz Glenn Close que vino a hablar sobre salud mental. ¿Cómo fue esa experiencia?

    —Muy buena gracias a la propia Glenn Close, que además de excelente actriz es una mujer con una gran sensibilidad, muy lejos de lo que uno piensa de una diva. Es humilde, simpática y accesible. Trabajar con ella fue muy interesante, para que la sociedad uruguaya vea que el mayor problema es el estigma. Es terrible nuestra sociedad en ese sentido, quizás porque somos pocos en número y los viejos prejuicios tardan en morir y ser modificados. En las sociedades occidentales hay una nueva etapa que dice no al silencio, al estigma, a la discriminación.

    —¿Extraña la vida en Estados Unidos vinculada a los campus universitarios?

    —En un sentido sí. En Estados Unidos la carrera universitaria es en solitario. Uno trabaja para uno. Sin embargo, mi experiencia en la Udelar, como docente en Humanidades y ahora en el CURE, es el de un trabajo en equipo, algo que extrañé en Estados Unidos. Lo que acá hay son rigideces que llevan a la inercia. Pero también es cierto que, aunque lentamente, vamos cambiando. Como decía (Fernand) Braudel, hay fenómenos de larga duración y de corta duración. Y los cambios culturales tienden a ser de larga duración. No se puede decretar “ábranse las cabezas”.

    —En una reciente entrevista en el semanario Voces, el escritor Amir Hamed planteó la falta de disciplinamiento de la sociedad, sobre todo en educación terciaria. ¿Está de acuerdo?

    —Amir estudió doctorado en Northwestern y le dirigí la tesis. Lo tuve en los cursos y no era muy disciplinado, jugaba a ser el enfant terrible. Quizás pasaron muchos años y ahora se haya disciplinado. Uno es el personaje que construye, uno de los múltiples personajes que construye. Creo que la situación de la educación en Uruguay tiene que ver con múltiples problemas. Cuando hice el IPA en los 60 se ingresaba por concurso. Mi generación fue la primera que pasó de admitir 10 estudiantes a admitir 15. Coincidentemente, Germán Rama había publicado un estudio muy bueno, Grupos Sociales en Enseñanza Secundaria, sobre los problemas que creaba la masificación al ingreso de Secundaria. Hoy tenemos una mayor masificación y me pregunto si el problema no está en una tensión que no termina de resolverse entre el capital cultural y social que presuponen los planes de estudio y el que traen los alumnos. Lo he visto aquí, pero también en Estados Unidos.

    —Después de once años de gobierno frenteamplista no se encontraron soluciones para la educación. ¿Por qué es tan difícil?

    —Encontrar el consenso es difícil porque coexisten en el sistema educativo adultos mayores que se quedaron con visiones viejas, adultos mayores, como yo, que no nos hemos quedado con visiones viejas, jóvenes con cabeza de adultos mayores y jóvenes con cabezas abiertas. Las dificultades en la educación se conjugan con muchos miedos a innovaciones o propuestas que vengan del exterior o que vengan producidas desde el Uruguay. Lo primero que tiende a responder un uruguayo promedio es: “No se puede”. También es muy fácil echarle la culpa a los políticos o a los gremios, pero no es solo su responsabilidad, también es de los padres y de los alumnos. Y no estoy hablando de cogobierno. La experiencia en la ley de salud mental es interesante porque participaron los usuarios, los trabajadores, el MSP. Estamos viviendo un momento de transformación muy grande en el mundo y los problemas no son solo de Uruguay. Está el ejemplo de Corea del Sur, que logró en 25 años una revolución educativa. Acá el Plan Ceibal ha sido una gran transformación, pero no vamos a saber los resultados hasta dentro de 10 años, medirlo ahora no tiene sentido.

    —¿Fernando Filgueira fue una pérdida valiosa para el MEC?

    —Filgueira es un técnico y una referencia, pero hay cuestiones que pasan por otro lado.

    ¿Se refiere a cuestiones políticas?

    —Pasa por otro lado.

    Hay figuras de izquierda que critican las políticas culturales que impulsó el Frente Amplio. Por ejemplo, dicen que a pesar del dinero invertido, el nivel cultural ha decaído por el tipo de proyectos financiados, que se ha mezclado entretenimiento con cultura…

    —El papel de la gente que hace cultura no es ser conformista. En el caso de los artistas siempre quieren más y nunca alcanza. Te lo digo como artista, nunca es suficiente, siempre pedimos más. No es cierto que se haya privilegiado un tipo de proyectos sobre otros. Que comparen lo que fue el presupuesto de la cultura más tradicional —ópera, sinfónica, museos, ballet, etc.— y lo que se ha invertido en la cultura emergente. Van a ver que las cifras que les dan no son las que perciben. El papel del Estado no puede ser el de amparar una sola expresión artística. Cuando me hablan de un Estado así pienso en la política nazi o en el estalinismo o en ciertos momentos de Cuba. O en la censura norteamericana de varias expresiones como ocurrió con (Robert) Mapplethorpe. El Estado no puede tener una estética tiene que abrirse democráticamente a la diversidad de expresiones.

    —Hace pocos días hubo críticas a las bases del Premio Onetti porque agregó una mención especial para las obras que traten sobre género o inclusión. Por otro lado, se critica el abuso de expresiones con “lo/la, os/as” en comunicados del MEC. ¿Qué opina sobre estos temas?

    —Estás mezclando las cosas porque no es lo mismo el lenguaje inclusivo que el Premio Onetti. El uso de ese lenguaje es producto de una serie de reclamos que vienen de diferentes sectores de la sociedad, de movimientos feministas, de género, de igualdad y está en discusión. Hay gente que pone a la Real Academia como si fuera la Biblia. Pero si ven cómo habla la gente en Puerto Rico o en diferentes países latinoamericanos, el diccionario se va al diablo.

    —Pero la gente no habla con un lenguaje inclusivo. Y la cláusula del Premio Onetti tiene la misma raíz reivindicativa. ¿No responden a un mismo síntoma?

    —Sí son un síntoma de un momento de transformación que no sabemos en qué va a terminar. Pero no importa lo que yo diga al respecto porque no tiene que ver con individuos. Estamos discutiendo un nuevo pacto de sociedad, todo el país y todos a la vez. Es como en el ajedrez: vos impulsás por un lado y yo juego por el otro. Con algunas de estas cosas discrepo, pero no las veo con horror, las veo con la perspectiva que me dan los años. Cuando tenía 20 años la hipocresía de la sociedad uruguaya era tremenda, y todo esto se silenciaba. Estaba cubierto de racismo, de clasismo, de discriminación, de homofobia. No se hablaba de violencia de género, ahora se habla y se discute. Por otro lado, hacer de esto un tema de discusión cultural es errar el centro de la discusión. Hoy decías que las críticas vienen de adentro de la izquierda, pero creo que la izquierda todavía se merece una discusión acerca de qué es cultura. Conozco muchos militantes amigos de toda la vida, colegas que están muy enojados en Facebook y que tienen un discurso de izquierda, pero categorías teóricas que son modernas, es decir, del siglo XVIII. No hay una adecuación de los principios teóricos sobre el arte y la cultura y lo que ellos dicen. Hay mucha gente de izquierda que considera que el arte terminó antes del dadá.

    —¿Cuáles considera que fueron sus logros como director de Cultura?

    —La primera entrevista que me hicieron antes de asumir fue en el semanario Voces y allí hablaba de dos proyectos: crear el Espacio de Arte Contemporáneo y las Usinas Culturales. Y ahí siguen estando. El EAC fue elegido hace poco entre los diez espacios de arte más importantes de América del Sur, y las Usinas fueron elegidas por Unesco y OEA como ejemplo de buenas prácticas culturales. También estoy contento en haber creado el Premio Nacional de Música que no existía y en que todos los directores de Cultura firmaran con el MEC el Plan Nacional de Cultura. Estoy contento de haber introducido la noción de “derechos culturales” y “ciudadanía cultural”, que son de la Unesco. También de no haber sido sectario y de haberles dado un espacio a todas las líneas estéticas, de género y de inclusión.

    —En su momento se lo cuestionó por abrir el espacio del MEC para la cumbia villera…

    —Sí, pero eso tiene que ver con lo que dije antes, con que el Estado tiene que respetar. Yo quería que la política del Estado apostara a la vanguardia artística, pero al mismo tiempo dar espacio a los sectores más diversos. Lo de la cumbia villera es un desafío teórico para discutir en serio de qué hablamos cuando hablamos de cultura. Yo he escuchado mucha cumbia villera, reggaeton y narcocorrido y di conferencias en EEUU y en México. Acá se asustaron de algo que en el mundo está digerido desde hace años y que se enseña en las universidades. El otro día escuché la música de un grupo del Comcar donde hay una Usina Cultural. No es maravilloso, pero lograr que un grupo del Comcar cante y componga canciones es de izquierda.

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