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    “Odio el caos”

    Con Mario Morgan, director teatral y representante de estrellas

    Ayudó a Estela Medina a alcanzar la excelencia en “Retablo de vida y muerte”, en plena dictadura militar dirigió “Paternoster”, de Jacobo Langsner, una fuerte crítica al autoritarismo y, desde que comenzó a desempeñarse profesionalmente a los 22 años hasta hoy, ha sido un director de un éxito enorme a quien la gente suele asociar con artistas extranjeros, puesto que es, también, “tour director”, representante de estrellas y, aunque odie la palabra, “productor”.

    Mario Morgan nació en 1941 y, luego de dos años de silencio en la cartelera montevideana, vuelve por sus fueros con el talento, la mano firme y el olfato de siempre. “Humores que matan”, una obra de Woody Allen que dirige por tercera vez, es su nuevo éxito.

    En esta ocasión, la representan en el Anglo, los viernes y sábados a las 21 horas y los domingos a las 19 horas, Laura Sánchez, Franklin Rodríguez, Leonardo Lorenzo, Ana Laura Romano y la notable Gabriela Iribarren, quien pocas horas antes, en el mismo teatro, es una de las angustiadas pero imperdibles “Madres al límite” (ver página 43).

    Tomando este estreno como excusa para hablar de su carrera, Morgan recibió a Búsqueda en su apartamento de Pocitos, un sitio con una espectacular vista a la Rambla que resulta ideal para el descanso o para una larga conversación, pues, además de ser amplio, tiene un living casi desnudo cuyos muebles han ido a parar a la escenografía de “Humores que matan”.

    El siguiente es un resumen de ese diálogo en el que Morgan opinó que Victoria Rodríguez es “una muy buena actriz” y “una mujer que ha pasado con gran solvencia de la televisión al teatro”.

    —Usted declaró en una entrevista que “El País” publicó el 1º de junio, que “el teatro uruguayo corrió al público”. En una época en que la gente se enfrenta constantemente al realismo que proveen el cine y las series de televisión, ¿cree que a nuestro teatro le falta naturalidad?

    —Sí, pero eso está ligado al repertorio que se elige, el cual no exige naturalidad a los actores. Además, generalmente el actor uruguayo tiende a priorizar lo físico por sobre la palabra. Personalmente, yo creo mucho en la palabra. Es más: creo que el teatro es la palabra. Pero cuando se transforma en algo más físico y más gestual, se aproxima a lo circense.

    —¿Por qué es tan común escuchar en el repertorio nacional insultos o malas palabras poco creíbles que nadie dice en la vida real y que, por lo tanto, terminan quitándole valor a la obra?

    —Quizá porque a los uruguayos no nos gusta mucho el insulto. Es más: el insulto nos cuesta porque tenemos una manera de hablar y una formación en las que la palabra fuerte está mal vista.

    —¿Entonces por qué aplaudimos a rabiar a Antonio Gasalla y a Enrique Pinti cuando vienen al Uruguay?

    —Porque hacemos catarsis. Con Pinti pasa mucho que la sala aplaude lo que le hubiera gustado tener el atrevimiento de decir. Esto ha sucedido hasta en los tiempos de transgresión de Perciavalle.

    —¿El uruguayo medio cree que insultar es hablar mal?

    —Para el uruguayo, el insulto es mala palabra. De hecho, nosotros eludimos malas palabras que forman parte del léxico diario del argentino. Hay palabras que, por un asunto de formación, evitamos decir.

    —¿Somos más cultos por ello?

    —No. Simplemente tenemos otro código.

    —¿Por qué sostiene que los uruguayos suelen menospreciar el teatro argentino, al cual asocian frecuentemente con el teatro de revista?

    —Porque generalmente el uruguayo ve y consume la revista o el espectáculo unipersonal de los actores de televisión. Esos son los shows que más frecuentemente salen de gira. Pero si uno realmente mira la cartelera seria porteña, se encontrará con entre 10 y 15 obras de primera línea que no tienen nada que ver con esos títulos.

    —Por ejemplo, “Filosofía de vida”, con Claudia Lapacó, Rodolfo Bebán y Alfredo Alcón.

    —Justamente ese es un ejemplo de buen teatro comercial, utilizando esta última palabra en el buen sentido. Es una obra que propone a tres mitos del teatro argentino en un texto que no va a pasar a la posteridad pero que tiene su interés. Y además, todo el tiempo usted ve en Alcón a una gran figura que lo convence y que tiene detrás a un gran director, como Javier Daulte.

    —¿Por qué es tan difícil mostrar en nuestro país “buenas obras comerciales” como “Filosofía de vida” y “Buena gente”, donde actúan Mercedes Morán y Gustavo Garzón?

    —Primero, porque es muy difícil armar un gran elenco, pues los actores están diseminados en una cantidad enorme de proyectos en vez de concentrarse en una sola cosa. Hacer eso en Montevideo resulta muy difícil porque los actores desempeñan muchas tareas entre las obras, las clases y no se cuánta cantidad de cosas. Además, hay una generación que corresponde a la época de la dictadura y que nos falta. O sea que tenemos la generación anterior, con Roberto Fontana y Estela Medina, y otra posterior, con Gabriela Iribarren, César Troncoso y Laura Sánchez, pero en el medio falta una, seguramente porque hubo muchas personas que se fueron al exterior y porque en esa época no mucha gente se incorporaba al teatro.

    —Roberto Jones fue un actor profundo, conmovedor y creíble. ¿Cuál es su opinión sobre él como director?

    —Justamente, él pertenece a aquella generación del “Grupo 65” que se hizo bajo la dirección de Pepe Estruch y que nos falta. Generalmente, llega un momento en que el actor quiere dirigir. Y él, por razones de salud, fue impulsado a la dirección, es decir que buscó un camino por el cual pudiera continuar su carrera. Pero yendo directamente a lo que usted preguntó, puedo hacer una evaluación como un espectador más porque no soy crítico teatral. Y, en ese sentido, lo que puedo decir es que hay títulos en que no comparto la visión de Jones, como “Un tranvía llamado Deseo”, y otros en los que se muestra más inspirado.

    —¿Cómo recuerda a Milton Schinca?

    —La única vez que tuve relación con Milton Schinca fue cuando dirigí “Boulevard Sarandí”, protagonizada por Armando Halty. Y fue una relación difícil porque hice alteraciones del texto que a él le molestaron. Pero años después, cuando volvió a hacer la obra con otro director y con Humberto de Vargas interpretando a Roberto de las Carreras, no cambió ninguna de las modificaciones que yo había hecho. Así que el tiempo, a veces, le da la razón al director y no al autor.

    —¿Y cómo recuerda a Fernando Peña?

    —No tengo un buen recuerdo de él. Si bien fui yo quien lo traje porque se acercó a mí, no coincidía con su estética. Y la agresión de Peña muchas veces me resultaba gratuita. Concretamente, mi última experiencia con él no fue muy feliz. Lo que pasaba es que, a medida que transcurría el tiempo, Peña estaba cada vez más perseguido por sus fantasmas interiores y, entonces, por momentos era un ser adorable y, por momentos, era una persona con la que no se podía convivir.

    —En Uruguay, el éxito no siempre está bien visto. ¿Le molesta que mucha gente diga que usted es histérico, malhumorado y soberbio?

    —No, para nada. Creo que soy malhumorado y no creo que sea soberbio. Pero sí soy muy seguro de lo que hago y ya me acostumbré a trabajar, con la misma comodidad para conciliarlas interiormente, con la aprobación y la desaprobación.

    —¿Por qué lo eligen para que usted sea su representante y produzca sus espectáculos desde Gasalla hasta Pinti, Les Luthiers, Iñaki Urlezaga, Eleonora Cassano, Susana Rinaldi, Martín Bossi y Norma Aleandro?

    —Precisamente porque no soy productor. Hay un núcleo de gente que ha trabajado conmigo en mi etapa argentina. Y hay dos productores argentinos en especial, Lino Patalano y Pablo Kompel, con quienes he trabajado mucho como director y quienes confían en mí para que, cuando sus productos llegan a Uruguay, conserven la misma calidad que tienen en Argentina.

    —Para eso, ¿usted es “el mejor”, como declaró al diario “El Observador” en una entrevista publicada el 9 de agosto de 2008?

    —Sí. Sigo siendo el mejor, porque esa tarea requiere conocimientos de director. Hay que saber que una obra puede funcionar en determinada sala y en otra no por las condiciones técnicas. Es decir que se necesita un director para poder adaptar la obra a la sala en su traslado. Y eso no tiene nada que ver con la producción sino con lo que los estadounidenses llaman “tour director”, o sea director de gira. Por eso también yo le sirvo a determinados espectáculos y a otros no les sirvo absolutamente para nada. Hay momentos del año en que esto me resulta cómodo pero, cuando me llaman para producir una obra, digo que llamaron al número equivocado, puesto que esencialmente soy un director.

    —¿Les Luthiers llegan a Uruguay con todos los elementos necesarios para que el espectáculo se vea como en Argentina?

    —Sí. Traen desde el primer foco hasta el último y todo se trasplanta tal cual al escenario en que se arma. En ese aspecto, es uno de los elencos más organizados que hay, porque me envían todos los planos necesarios y porque involucran a todas las personas que están en escena y a 18 técnicos que se encuentran detrás de ellos.

    —¿Son los artistas más disciplinados con los que usted ha trabajado?

    —Todos los artistas con los que trabajo son disciplinados. Yo odio el caos. Si las cosas no están en tiempo y forma, prefiero abrirme, porque el resultado no va a ser bueno y porque, al margen del público, ni ellos ni yo vamos a quedar conformes. Mire que trabajo con la misma gente hace veinte años. Generalmente, o tengo muy buena relación con los artistas o no la tengo y, por lo tanto, no trabajamos. O sea: no tengo punto medio.

    —Hablando de eso, ¿por qué define a Gasalla y a Aleandro como “hermanos del alma”?

    —Porque Norma vivió en mi casa durante su exilio y porque, cuando yo me fui a la Argentina a dirigir algunos musicales, me quedé en su casa. Ella no es una actriz que viene a actuar a Montevideo sino alguien que va y viene a mi casa, o viceversa. Realmente es una relación de vida, no artística. Con Antonio sucede lo mismo porque, al cabo de los años, se ha dado una hermandad. Y lo mismo sucedía con Perciavalle, con quien empecé a hacer teatro y quien fue mi compañero en el Liceo Suárez.

    —¿Perciavalle ya no tiene una buena relación con Gasalla y lo envidia?

    —No, esa es una falsedad total. Carlos y Antonio no se pelearon ni siquiera en los tiempos en que todo el mundo decía que estaban peleados. La relación de los artistas es muy particular porque, cuando trabajan juntos, se ven todas las noches, salen a comer y se juntan y, cuando no trabajan, se apartan. Pero, una vez que se reencuentran, da la sensación de que el tiempo no hubiera transcurrido. Hace ocho meses que no veo a Norma Aleandro pero, si me juntara con ella hoy, sería como si no hubiera pasado un solo día. En teatro, la amistad sufre pausas larguísimas. Pero no se corta.

    —Usted dice que, para poder dirigir bien una obra de Woody Allen, hay que ver su cine. De las últimas películas del norteamericano, ¿cuál es su favorita?

    —“Medianoche en París”. Es una joya.

    —Usted ha dirigido obras como “Antígona”, “La mujer del año” y “El enemigo del pueblo”. Pero, ¿qué es lo peor que ha hecho?

    —“Tío Vania”, con la Comedia Nacional, con Alberto Candeau, hace muchísimos años. La hice muy mal: no la supe dirigir.

    —Cambiemos de tema. Durante los últimos días, el ambiente cultural se ha visto sacudido por la noticia de que Gerardo Grieco abandonará el Solís para pasar a desempeñarse como director general del Auditorio Nacional del Sodre. Debido a ese traslado, ¿la cultura gana?

    —Yo tengo una gran admiración por Gerardo Grieco y creo que si el Solís está donde está y si allí se trabaja con tanto amor, con tan buen clima y con tanta eficacia, es gracias a él. Para mí, que se vaya me da la sensación de que provoca que se caigan las columnas del Teatro Solís. Por otro lado, pienso que es la oportunidad para que el Sodre cobre la misma vitalidad que supo adquirir el Solís gracias a la gestión de Grieco.

    —¿Por qué dice que la partida de Grieco provocará una “caída de las columnas del Solís”?

    —Porque es el pilar que sostiene el Solís, que sabe equilibrar todos los problemas que surgen a diario en un teatro y que, además, lo sabe hacer con una sabiduría salomónica. En la actualidad, Grieco es una figura internacional gracias a su gestión.

    —¿Confía en que la Intendencia Municipal de Montevideo nombre a alguien que esté a su altura para reemplazarlo?

    —No. No hay otro Grieco en este país.

    Vida Cultural
    2012-06-14T00:00:00