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    domingo 08 de marzo de 2026

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    ¿Para qué tan alto?

    Sr. Director:

    Pienso en la reciente Cumbre de las Américas organizada por el gobierno americano. No es que sea algo novedoso o extraño. Tampoco es extraño que no haya dejado logros muy significativos o muy durables.

    Ahora, si eso es lo usual, cabe preguntarse: ¿por qué? ¿Por qué esas kermeses no dejan frutos? ¿Y por qué, si no sirven para mucho, se siguen haciendo? No es que genere un tema de costos objetables, sino más bien de efectos negativos. El espectáculo de jefes de gobierno haciendo grandes discursos para la tribuna (por lo general para la tribuna chica, la de casa) tiende a ser contraproducente. La democracia no pasa por uno de sus momentos estelares y estos shows no ayudan.

    Las cumbres no producen muchos resultados concretos básicamente porque suelen ponerse metas que van contra las políticas establecidas de algunos, muchos o todos los participantes.

    Es difícil que en un encuentro de tres o cuatro días se cambien realidades, como las políticas migratorias y medioambientales o las políticas comerciales y sociales, que son producto de las acciones u omisiones de los propios gobiernos encumbrados, de políticas nacionales, frecuentemente con años de recorrido, que no cambiarán de un soco y que no se dejarán impresionar por cumbre que valga.

    Me hace acordar a las retóricas integracionistas de la Alalc y la Aladi, que recurrentemente abogaban por reuniones “de alto nivel” o de gobiernos de los mismos países que estaban sentados en la vuelta de la mesa y que no conseguían mover la ficha.

    El voluntarismo de unos días difícilmente pueda contra los intereses enraizados en las sociedades y en los gobiernos. Entonces, ¿para qué siguen haciendo estas cumbres? Creo que por dos motivos: uno noble pero irreal, el otro irreal e innoble.

    Acuciados por las expectativas de la gente (hoy agudizadas por las redes) y frustrados por las dificultades que enfrentan los gobiernos, intentan acortar caminos con grandes gestos. Hay una (trágica) ironía en esto: la dinámica de ir al encuentro de las expectativas de los votantes (y de los grupos de presión), de forma sostenida a lo largo de décadas, genera enormes aparatos burocráticos y volúmenes crecientes de gastos que frenan y limitan, unos y otros, los poderes reales de los gobiernos.

    Quien haya tenido la experiencia del poder, o sea, buen observador de este, sabe que la frustración y la impotencia son estados de ánimo muy recurrentes en los gobernantes. De ahí la tentación a echar mano a sueños de medidas radicales y rápidas. Motivos nobles, pero irreales.

    Ahora, esa realidad no es de hoy y son muchos los gobernantes que, sometidos a ella, buscan gestos para tratar de engrupir a la gilada y, de paso, sacarse alguna foto rutilante: irreal e innoble.

    Creo que fue Tabaré Vázquez quien en alguna oportunidad dijo que no le gustaban las cumbres porque lo mareaban. Tal cual.

    Hay un trabajo de sinceridad democrática, de decirle a la gente que no pretenda lo imposible y que no pida más porque recibirá menos, que carece de catereté cumbrero y que requiere de tiempo, pero que es necesario (hace rato, ya).

    Basta de marear la coneja. La democracia lo soporta cada vez peor.

    Ignacio De Posadas

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