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    ¿Por qué no probar?

    Nº 2110 - 11 al 17 de Febrero de 2021

    De seguro, nuestros consecuentes lectores habrán supuesto que la entrega de esta semana estaría centrada en el tema que ha acaparado la atención de todos en estos últimos días. Es que la inesperada noticia de que el exfutbolista tricolor Santiago Morro García se había suicidado en la ciudad de Mendoza, en la que residía, nos impactó a todos. Y dejó al descubierto que detrás de la cara visible del fútbol (ese “divertimento”, al que justamente aludíamos en nuestra columna anterior) existen ocultas una serie de situaciones de otra índole, muy difíciles de superar por sus protagonistas. En especial cuando estos no se encuentran, por las causas que sean, en condiciones tales que les permitan superarlas. Que, en este caso, parecen haber sido varias y de bastante envergadura, según los datos que han salido a la luz. Y lo que también quedó duramente expuesto es lo difícil que debe resultar para cualquier futbolista el estar sometido permanentemente al implacable escrutinio del hincha, que, así como lo endiosa cuando entiende que jugó bien, no vacila en lapidarlo —desde el cobarde anonimato de las redes sociales— cuando considera que no lo ha hecho de ese modo (algo que ha dejado muy en claro, la inmediata y genuina reacción del gremio de futbolistas).

    Nos resistimos (al menos por ahora) a profundizar en un tema tan complejo como inexplicable. No ha sido sencillo para quienes lo han estudiado a fondo y con un rigor científico, desentrañar qué complejo raciocinio puede llevar a una persona a la drástica e irreparable decisión de despedirse de este mundo. Aunque esta muerte injusta quizás pueda estimularnos a prestar oídos y atención a quien requiere o precisa alguna ayuda. Bien valen estos párrafos que se le atribuyen a Darnauchans: “No maldigas del alma que se ausenta, dejando la memoria del suicida. Quién sabe qué oleajes, qué tormentas, lo alejaron de la playa de la vida”.

    Tampoco habremos de ocuparnos en esta columna del arranque de un Torneo Clausura que muestra la relativa novedad (que nunca se sabe cuánto puede durar) de ver circunstancialmente al novedoso Montevideo City Torque junto a Liverpool en el tope de la tabla de posiciones, superando —entre otros equipos— en dos puntos a Nacional y en tres a Peñarol, enfrascados estos en una lucha que promete ser dura y larga, para quedarse con la última competencia de esta tan accidentada temporada. Sin perjuicio del especial atractivo del partido que anoche jugaban Nacional y Torque, respectivamente el líder y el actual escolta de la Tabla Anual (en la que el otro “grande” sigue preocupantemente lejos).

    Nos proponemos, en cambio, ahondar en un tema que ya hemos manejado en algunas ocasiones; incluso —y vale recordarlo anecdóticamente— en el primero de estos contactos semanales con los lectores de Búsqueda. Tiene que ver con el rol que han venido cumpliendo los modernos avances tecnológicos, que se han incorporado al fútbol últimamente, con la proclamada finalidad de contribuir a la normalidad o corrección de los fallos de los jueces. Y, de tal modo, dotar de una mayor dosis de justicia a la definición de los partidos por ellos dirigidos. Lo que, sin embargo, y por diversos factores, aún no ha logrado colmar las expectativas generadas al respecto.

    Era lógico suponer que con el advenimiento del VAR ya no deberían existir fallos groseramente erróneos, por cuanto lo que haya escapado a los ojos del juez en la cancha, debe suponerse que no habrá de pasársele por alto a los veedores, provistos de una batería de imágenes de esas acciones dudosas, tomadas desde ángulos diversos. Hasta incluso podía suponerse que esa videovigilancia podía contribuir a mejorar la conducta de los futbolistas dentro de la cancha, que —al saberse vigilados desde diversos ángulos— habrían de cuidarse especialmente de cometer infracciones violentas, las que de ser advertidas podrían costarles su expulsión. ¡Hasta pensamos, ilusamente, que pudiera ponérsele coto al habitual cúmulo de empujones y “agarrones” dentro del área, ante la ejecución de un tiro libre o de esquina por parte del equipo contrario, sancionándolos con el mismo rigor que si ocurrieran en cualquier otro sector del terreno de juego!

    Sin embargo, las cosas no han sido como lógicamente podía presumirse. Sabido es que solo determinadas jugadas pueden ser consultadas, y que queda al arbitrio del juez el solicitar o no el auxilio del VAR. También que quienes operan esta tecnología tienen una facultad acotada en cuanto a las jugadas sobre las que pueden reclamarle su atención. Y que, aun si así lo hacen, es siempre este el que hará lugar o no al criterio de los observadores (a veces, sin querer ver por sí mismo la jugada dubitada). Sin embargo, en muchas oportunidades, el sistema no ha funcionado del modo esperado. Así, se ha visto cómo el juez decide a su arbitrio apelar o no al VAR ante jugadas ostensiblemente dudosas, o que lo haga o no según el grado de presión de los protagonistas. Tampoco nos conforma que desde el VAR se advierta al árbitro respecto de ciertas jugadas en las que no ha habido un error grave y manifiesto de su parte. Y que —por ejemplo— se anule un gol inicialmente validado, porque tras un análisis de varios minutos y desde diversos ángulos, los operadores del VAR llegaron a detectar un fuera de juego de quien lo convirtió ¡de apenas un par de centímetros!

    Esas anomalías (que son perfectamente corregibles) no logran empero invalidar la utilidad de este recurso tecnológico, aunque solamente para corregir errores groseros o decisivos del juez del partido. Por ello seguimos entendiendo que el VAR debe ser incorporado cuanto antes a la actividad local, aun sabiendo el muy alto costo que ello implica para la AUF. Es precisamente por esta razón que nos permitimos insistir (pues ya lo planteamos en alguna columna anterior) en la posibilidad de utilizar un mecanismo alternativo, que por lo demás ya se viene aplicando con éxito en nuestro medio, en aquellos partidos de básquetbol que son televisados. Y además sin costo alguno. Ante alguna jugada dudosa, el juez puede acudir a una pantalla ubicada al borde de la cancha y observar la imagen captada por las cámaras que están televisando el partido (de igual modo —y en simultáneo— que quienes la están viendo frente al televisor en sus casas). De tal modo, podrá disipar sus dudas apenas ocurrida la jugada, decidir en definitiva, y reanudar el partido sin mayor demora. Adviértase que el juez habrá contado con los mismos elementos que habrán de tomarse en cuenta para juzgar su eventual acierto o error en las jugadas cuestionadas (acaso podría limitarse ese recuso a una o dos jugadas por partido).

    ¿No valdrá la pena hacer una prueba? ¿Y con más razón ahora, cuando se están televisando absolutamente todos los partidos?

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