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    ¿Qué aprendimos con el cierre de Ecolat?

    N° 1813 - 30 de Abril al 06 de Mayo de 2015

    Ecolat cerró. Llevaba invertidos más de 40 millones de dólares y dejó en el camino un proyecto para construir una planta modelo por 30 millones más. Además quedaron sin empleo 400 personas en una zona que no tiene otras alternativas para captar tanta mano de obra. Lo interesante es analizar si aprendimos algo de esta crisis como para no repetir errores a futuro.

    Entonces ¿qué aprendió (o debió aprender) el Estado? Y no digo “el gobierno”, que es pasajero, sino el Estado como institución permanente. ¿Qué debe hacer el Estado para captar inversores y que no se vayan? ¿Qué hacer para que Uruguay tenga un clima tan bueno para plantar soja como para plantar una empresa?

    La respuesta nos la da el ranking Doing Business del Banco Mundial. Allí se detalla claramente cuáles son las mejores regulaciones para emprender, para crear una empresa desde cero y hacerla crecer sin absurdos obstáculos burocráticos. Este ranking lo encabezan Singapur, Nueva Zelanda, Hong Kong, Dinamarca y Corea (del Sur, por supuesto). Uruguay figura en el lugar 82 y nuestros colegas del “más y mejor Mercosur” están peor: Paraguay (92), Brasil (120), Argentina (124) y la República Bolivariana de Venezuela (182).

    Hay una correlación muy directa entre los mejores países del ranking Doing Business que son los mismos que figuran en los primeros lugares de los rankings de calidad de vida, ingreso per cápita, transparencia, desarrollo social, acceso a la tecnología o mejores resultados en las pruebas Pisa. Es una relación causa-efecto. En este punto parece que no hemos aprendido nada, ya que nadie habla de este ranking ni nadie propone metas de mejora.

    ¿Qué aprendieron los sindicalistas y los trabajadores? Todo indica que tiraron mucho de la piola hasta que esta se rompió. Es que el sindicalismo tiene que revisar (y cambiar) dos errados paradigmas: la lucha de clases y la “defensa de los puestos de trabajo”. Para el sindicalismo vale más la cantidad que la calidad del empleo. Defienden puestos de trabajo que no agregan ningún valor ni al cliente, ni al contribuyente, ni al ciudadano. ¿Para qué sirve el guarda de ómnibus, el “pistero”, los “guardahilos” y miles de empleados públicos? Esto encarece el precio de los productos, de los servicios y los impuestos que terminan pagando los propios trabajadores, no los empresarios.

    Ya hemos comentado en esta columna el informe de la Universidad de Oxford que proyecta que el 47% de los puestos de trabajo están amenazados a desaparecer en los próximos veinte años por los avances tecnológicos y la robótica. Y no solo los trabajos “manuales” sino muchos “intelectuales”: contadores, escribanos, despachantes de aduana y hasta profesores universitarios que serán sustituidos por cursos online.

    Es interesante ver en YouTube un video de un frigorífico de cerdos totalmente robotizado y simultáneamente leer el Convenio Colectivo de la Industria Frigorífica en Uruguay. Una enorme lista de “beneficios” que van desde aumentos de salarios, descansos intermedios, pago por jornada frustrada, tareas simultáneas, descansos especiales y licencias sindicales, además de las generales licencias por maternidad, por matrimonio, por estudio, por enfermedad y otros etcéteras. Nada de esto reclama “Yo Robot”. Y quien tomará la decisión de terminar con todos estos beneficios no será el empresario “explotador”, sino que será Doña María, cuando vaya a la carnicería y compre el kilo de carne de cerdo un 10% más barata porque alguien la faenó en forma más eficiente que nosotros.

    ¿Y qué aprendieron los empresarios? El staff gerencial de Ecolat se quejaba de haber perdido el control y que los empleados no respetaban la autoridad, como si se tratara de un acto patotero por parte del sindicato. Estos actos sí existieron, pero fueron aislados y personales, no corporativos. Y si esto sucedió fue porque la gerencia perdió el liderazgo hace varios años, mucho antes de la llegada de Ecolat. Esa falta de liderazgo se debe a que los empresarios en general no invierten en desarrollar las “habilidades blandas” en sus gerentes y mandos medios. No forman “líderes”, apenas preparan “jefes”.

    Además, no parece sensato que empresarios del sector salgan a pedirle al gobierno —y en especial a Ancap (esa misma Ancap que les cobra el combustible más caro del mundo)— para que “les salve la petisa” y reflote un convenio con Venezuela para canjear lácteos por petróleo. Recordemos que Venezuela es el país más corrupto de América Latina y entre los doce más corruptos del mundo, de acuerdo con el ranking de Transparencia Internacional, y gobernado por un dictador. Esto no ayuda en nada a mejorar ese liderazgo ni la imagen del empresario, por cierto bastante deteriorada.

    Hernandarias trajo el ganado vacuno a la Banda Oriental hace 400 años y desde entonces estamos ordeñando vacas. Si cuatro siglos no es tiempo suficiente para aprender el oficio y la única opción para ganar clientes es pedirle apoyo al Estado (otrora a las Cortes Reales), este país es absolutamente inviable. Todavía hay muchos que creen que el Estado es la solución y no se dan cuenta de que el Estado es el problema.

    El cierre de Ecolat no puede pasar al olvido en forma tan fugaz. Debemos tomar algún aprendizaje, corregir el rumbo y mirar hacia Nueva Zelanda, el primer productor mundial de lácteos donde el Estado elimina obstáculos al crecimiento, los empleados cumplen con su labor en forma responsable y los empresarios apuntan a la excelencia.