El episodio de la reapertura del Sodre con el estreno “a prueba” del pase responsable, es digno de Luis Buñuel, de Salvador Dalí o de André Breton, maestros del surrealismo.
El episodio de la reapertura del Sodre con el estreno “a prueba” del pase responsable, es digno de Luis Buñuel, de Salvador Dalí o de André Breton, maestros del surrealismo.
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLos empleados del Sodre, que viven vociferando, junto con las demás “víctimas” del cierre de los espectáculos públicos, se negaron a trabajar ese día. El reclamo de reapertura de los espectáculos musicales, teatrales, circenses se repite día tras día. Uno los ve a todos ellos —músicos, bailarines, actores de teatro, maquilladores, escenógrafos y demás protagonistas del mundo del espectáculo—, un día sí y otro también, conglomerados en la plaza Independencia, frente a la Torre Ejecutiva, reclamando y vociferando “no aguantamos más”, “hace año y medio que no trabajamos”, “el gobierno tiene que sensibilizarse”. Muy bien. Entonces el gobierno, como dicen los gurises, “agarra” y organiza un espectáculo, y los que podrían ir viendo por dónde viene la mano de las reaperturas, con hisopados previos, controles de temperatura, aforo limitado y demás yerbas, y quieren trabajar se niegan a hacerlo. De Ripley, realmente.
Los hisopados previos los tuvo que hacer personal de la Asociación Española, los controles de asistencia de los invitados los hacían los integrantes del directorio del Sodre y el control de la temperatura estaba a cargo del ministro de Educación y Cultura.
Como si todo esto fuera poco, en las afueras del Estudio Auditorio se había armado un confuso ambiente de ruido, tambores, gritos y pancartas, a cargo del inefable Gustavo Salle y su circo itinerante Los Escrachadores del Megáfono, en el que no se sabía bien cuál era la causa de la protesta (como de costumbre en este colectivo bochinchero): si era que ellos también querían ver el ballet, condenar al gobierno de inocularle chips a la población indefensa con las vacunas asesinas pergeñadas por las multinacionales del crimen organizado o hacerle un reportaje sorpresa a Gerardo Sotelo después del recital, haciéndose pasar por encuestadores o periodistas, gritando incoherencias o tendiendo infantiles trampas para hacer calentar al “entrevistado” con patrañas, insultos y medias verdades. Deplorable.
Para tratar de entender lo que buscan, pretenden o procuran esa manga de delirantes, basta con leer sus pancartas y morir en la demanda tratando de entenderlas. La más grande, y prolijamente pintada, cargada por el propio director del circo y megafoneador estrella, decía (tienen que creerme, miren que esta columna se llama No es broma) con gigantescas mayúsculas: “Bastardos sin gloria”. ¿Cómo dijo? Sí, eso mismo. Que venga alguien y me explique qué corno quiere decir o a qué o quiénes intenta referirse este cartelón. Como lo que Salle vociferaba era totalmente tapado por los redoblantes y los gritos de la “masa” allí congregada, nos quedamos sin enterarnos.
A esta cocción agréguele ahora una pizca de otros grupos que llegaron al mismo sitio en el mismo momento y se subieron al carro gritando sus propias consignas, superponiéndose a las del doctor (que quemó hace unos días parte de su título de abogado y ha anunciado que lo incinerará del todo en público el 19 de junio —vaya uno a saber por qué no el 18 o el 20— porque él no quiere tener nada que ver con la Udelar, que parece ser un engendro siniestro comandado por el poder astral de los organizadores del Plan Atlanta). ¿Quiénes eran los de los otros grupos? Pues no se asombre. Eran los actores de teatro, protestando porque no se abren los espectáculos públicos, precisamente en oportunidad de la reapertura de uno de ellos. ¿Y quiénes más? Los actores de los circos, que también querían el retorno a la actividad. ¡Sí, señor, como lo está leyendo! ¿Ya se tomó la pastilla? Bien. Entonces sigo.
En los próximos días veremos aparecer algún pedido de informes (¿por qué no una interpelación?) y se reclame que se dé a conocimiento público el importe que cobró el ministro Da Silveira por las horas extra que hizo trabajando de tomador de temperatura en la noche del sábado (feriado y fuera de hora de trabajo, creo que se cobra doble, Pablo).
No nos sorprendamos si se hace viral un Zoom en el que el Dr. Trotchansky y el diputado Gerardo Núñez se coordinan para decir juntos lo que ya han dicho por separado: promoverán la democratización de las armas, como ya lo pidió Gerardito, y Julito pedirá que las armas del pueblo se las den en primer lugar a los médicos del SMU, para que puedan ir a reclamarle al gobierno que cambie sus planes de lucha contra la pandemia pero a punta de pistola, de rifle y de fusil, obligando a que se produzca un cierre total de actividades, la baja a cero de la movilidad, la entrega de una renta básica a todos los ciudadanos y la clausura de los centros educativos, y además cargarle la culpa de todos los muertos por Covid-19.
Me pregunto (y les pregunto a ustedes) cómo se atan estas moscas por el rabo. ¿Irán los actores, los músicos y los equilibristas del circo entonces a reclamar la reapertura cuando ya se haya cerrado hasta la feria de Piedras Blancas?
Muchachos, lo que ustedes están buscando es rocanrol, río revuelto, bolonqui, desconcierto y firmas para el referéndum contra la LUC. No sé si lo van a encontrar, pero calculo que no. Y si no, miren lo que dicen las encuestas. Todas, hasta las de Botinelli.
Tampoco cuenten con que Salle y sus boys and girls los van a ir a apoyar. Esos protestan por todo y contra todo. Aunque no sepan por qué ni para qué.
Ustedes sí que saben.