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    ¿Quién necesita arqueólogos?

    Sr. Director:

    En el año 2005 esta pregunta tuvo una respuesta, pues había una pregunta anterior, muy seria: ¿dónde están los desaparecidos? (de la dictadura).

    A partir de aquel año, en que el presidente Vázquez dispusiera la búsqueda, por un grupo de investigadores de la Universidad de la República, de los posibles lugares de enterramiento de las citadas víctimas, comenzó un proceso de articulación y colaboración de saberes con el objetivo común de satisfacer la histórica demanda. Allí estaban, además del equipo universitario de arqueólogos, el equipo de historiadores de la Universidad de la República (que se sumó después), funcionarios judiciales, familiares de las víctimas… El objetivo era obtener la prueba, lo incontrovertible sobre lo ocurrido con los desaparecidos: el sitio del ocultamiento de los cuerpos. No se trataba de un acto de justicia, sino más bien de dar una respuesta, de llenar un vacío tremendo de incertidumbre, vaguedad e indefinición acerca del destino de aquellas personas buscadas por sus familiares durante tantos años. Era un paso que apostaba a traer algo de “esperanza”, pues por primera vez el Estado se abría a investigarse y mostrarse, fuera de los discursos políticos.

    Una disciplina basada en estándares científicos, era llamada a dar una respuesta, a obtener un resultado por fuera de las modalidades históricas que habían sido la vía de los acuerdos, los pactos que facilitaban la construcción de un relato histórico sin demasiada base empírica. La decisión fue poner los recursos legítimos del conocimiento científico técnico del Estado para solventar un drama histórico que volvía y reaparecía, la pregunta ¿dónde están los desaparecidos? ¿Qué pasó? Lo que una vez planteamos como “el derecho de seguir buscando” para una memoria y una verdad posibles. La Arqueología, intentaba integrarse con los DDHH para construir un terreno común, inédito en Uruguay, que transformara a las partes. Se descartaba, sin embargo, toda narrativa simplista que ocultara la relación entre el poder y la búsqueda. El significado estaba en la búsqueda, no en asegurar resultados. La respuesta de más largo alcance era la construcción de nuevas líneas de racionalidad para abordar el pasado traumático (reciente y no tanto). La idea era construir planos y cortes de los hechos, no visiones ad hoc. Sin embargo, todo el tiempo fue una opción política la del trabajo arqueológico. Pero, ¿tiene la Arqueología misma poder político? Poco, o casi ninguno. Y advierto a los que crean lo contrario, pues allí está el riesgo de su utilización. Es relevante, eso sí, para algunas prácticas políticas, que pretenden hacerle jugar un rol de inocencia técnica, desconociendo que la práctica de la disciplina ha sido históricamente en escenarios políticos muy jugados (por citar solo uno en este apretado espacio, pensemos en el nacionalismo burgués). Sin embargo, su carácter político no es algo obvio ni ostensible, suele ser un instrumento encubierto, y ahí radica su eficacia y significación política. Como pocas veces, a partir de las excavaciones realizadas a partir de 2005 y los hallazgos de restos humanos, la Arqueología era trivialmente política, nadie lo dijo, pero su actuación adquirió significación política, aunque no fuera “activismo” político. Allí reside entonces su fuerza, en que no parece política, pero conmovió el escenario de olvido y aislamiento de las tumbas clandestinas de crímenes políticos. Se habló de “historia reciente” para darle un lugar dentro de una reflexión a más largo plazo, exorcizando así toda conexión con el “momento reciente”. Sin embargo, todo lo que ocurrió después, desde el silencio y las burlas de los militares, hasta el desarrollo de los juicios, la actitud de los poderes del Estado y las críticas de los organismos de DDHH, mostraron que es un tema histórico porque es de hoy. Esa suerte de lucha por el pasado, que es constitutiva de la nación, tuvo en la actuación de la Arqueología un resultado que la representación histórica no pudo aprovechar de inmediato. La historia tiene luz propia, la Arqueología tiene luz propia, contienen ejes de racionalidad disciplinar, sostenidos en metodologías que les dan sentido. Se revitalizan en debates académicos cuya crítica busca el conocimiento y alternativas diversas a las visiones de interés corporativo que buscan a veces apropiarse de los hechos, pretendiendo tener “fotos” de lo ocurrido; repito que más modestamente buscamos apenas poder generar planos, mapas.

    No comprendemos por qué entonces ese mismo Estado, que a partir del trabajo de los arqueólogos se fortaleció como nunca en la verdad y la certeza, abandona hoy las herramientas que le permitieron ver la complejidad del fenómeno del pasado reciente.

    Si las excavaciones mostraron la contundencia de la prueba, nuevas líneas de trabajo que abren escenarios nuevos de los crímenes y descifran el lenguaje de la violencia en los huesos y en las fosas; ¿por qué no se hace inteligencia? ¿Es que se acabaron las preguntas? ¿Sin inteligencia y sin preguntas, cuál es el Plan de Trabajo?

    La lentitud y titubeo para ingresar en las unidades militares en que se dispone de información de enterramientos, produce otro fenómeno que los arqueólogos conocen y que es la degradación y la ruina de las evidencias físicas que servirán para los eventuales juicios.

    Estamos lejos de los resultados que alcanzó Argentina, se ha escuchado; pero es sobre todo porque no se echó mano sobre las bases materiales de datos existentes, resultado de una labor crítica de quienes utilizábamos esa información para elaborar hipótesis, indispensables para la investigación. La misma omisión obstaculiza la delimitación del fenómeno represivo en Uruguay, conocer su perfil, sus manifestaciones materiales; esa es la evidencia que se está degradando y aniquilando bajo tierra, para fortuna de muchos acusados. Esa es por ahora la diferencia con Argentina…

    Todo el tiempo que estuvimos en la Secretaría, buscamos participar a través de integrar métodos e intereses. Hay dos aspectos que definen la colaboración: si transforma a las dos partes; y si cualquiera de las dos partes puede decir “no”, sin que implique una ruptura. Es como dos culturas que se amoldan una a otra. La diversidad cultural y religiosa, así como de ancestralidad política que ostenta el GT, lo mantuvo sin embargo, dentro de un sedentarismo de Estado, sin admitir el nomadismo de la Arqueología, sin entender que es la herramienta ideal para detectar el principal crimen del terrorismo de Estado: el ocultamiento. Tal vez por eso no se entendió la ubicación de la “operación zanahoria” en el esquema de la búsqueda.

    La Arqueología da respuestas unas veces, por el procedimiento de eliminar enunciados incorrectos, otras, por presentar el más probable, pero siempre con un método, por eso siempre se arriba a un “resultado”, aunque haya habido “solo cuatro hallazgos en diez años” como muchas veces se dijo —en comparación con Argentina. Uno de los resultados es precisamente, que se puede abordar el terrorismo de Estado con metodología arqueológica, por eso los estándares internacionales exigen que un arqueólogo dirija las excavaciones forenses. Tal vez por eso hoy, el abordaje del escenario de la represión se atrasa cada vez más…

    Creemos, contrariamente a lo que asegura el Dr. Felipe Michelini, sobre que “la clave es el esclarecimiento de los hechos, no la excavación”, que las evidencias materiales procedentes de las excavaciones son claves indiscutibles de conocimiento sobre el pasado represivo, sobre la Operación Cóndor, la tortura, la desaparición forzada, en fin, el citado esclarecimiento de los hechos. Sin la prueba material, no tendremos modo de elaborar el ineludible metarrelato para la historia reciente, y los represores seguirán escurriéndose entre las mallas débiles de un sistema que se resiente de pruebas físicas.

    Por eso me pregunto, ¿quién necesita arqueólogos? pues luego de diez años de investigación arqueológica, que abrieron luego el paso a historiadores, a antropólogos físicos y ampliaron el terreno hacia la justicia, aportando evidencias, ¿quién arma la agenda arqueológica para la búsqueda de detenidos desaparecidos de la dictadura? No entendemos por qué se abandonan los lugares de búsqueda a los que las hipótesis condujeron; por qué se desestiman los testimonios que orientaron las búsquedas. Con toda sinceridad, no lo entiendo; por eso mi pregunta.

    Octavio Nadal

    Magíster Udelar

    CI 1.717.044-0