Nº 2210 - 26 de Enero al 1 de Febrero de 2023
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEn la entrega anterior expresaba que la inevitable pausa del cambio de año dejó huérfanos de fútbol a todos los aficionados y muy ocupadas a las directivas de los distintos equipos en conformar sus planteles en función de lo que aconteciera en la temporada anterior. En un fútbol local bipolar, como es el nuestro, las más activas fueron las de los dos equipos grandes. Claro que con una diferencia sustancial.
En tanto a los dirigentes de Nacional —dominador casi absoluto la temporada anterior— les importaba mantener en lo posible su plantel, sin perjuicio de reforzar alguna de sus líneas, la preocupación de sus pares aurinegros era superior, pues el mayúsculo fracaso deportivo les imponía una renovación casi total de sus filas. Y ambas cosas ocurrieron. Peñarol cesó a Leonardo Ramos, trajo como técnico a Alfredo Arias e incorporó un número grande de futbolistas (Abel Hernández, Carlos Sánchez, Sebastián Rodríguez, Matías Arezzo y quizás Diego Rolan) priorizando reforzar el sector de ofensiva, el más deficitario de la anterior temporada.
Nacional, en tanto, debió suplantar al renunciante Pablo Repetto y optó por el argentino Ricardo Zielinski, un técnico sin mayores logros en su palmarés. Y otro tanto debió hacer ante la salida de varias de sus figuras más relevantes de la temporada anterior, al caso las de Felipe Carballo y Luis Suárez. El también argentino Fabián Noguera y el colombiano Daniel Bocanegra llegaron en la zona defensiva y además volvió Diego Polenta, en una condición física superior a la de su último pasaje en filas tricolores. Más allá de algunos futbolistas auspiciosos (los casos de Lucas Morales y Marcos Montiel), lo más resaltable fue el transitorio retorno de Gastón Pereiro, en una edad ideal y con asiduos pasajes en la Selección.
Si han sido acertadas o no las gestiones en ambas tiendas, habrá de verse con el tiempo, aunque algo ya empezó a percibirse tras el cotejo clásico del lunes 23. Se dirá que estos choques de comienzos de temporada poco indican; empero, la historia (se disputan desde el 2004) indica que su resultado puede ser gravitante. Tanto que, a su turno, dos técnicos aurinegros —Jorge Goncálvez y Pablo Bengochea— fueron cesados tras las derrotas sufridas en instancias similares (en tanto que, con anterioridad, Mario Saralegui había renunciado a su cargo ante una coyuntura similar). Lo antedicho sin perjuicio de recordar que uno de esos cotejos “amistosos”, el del 2014 (que ganó Nacional 1 a 0), concluyó con una gresca generalizada y con varios futbolistas de ambos equipos, detenidos y luego procesados por la Justicia.
A la cita de este lunes los dos equipos llegaron con números diferentes. El aurinegro jugó tres amistosos ante rivales argentinos, de los que ganó dos y perdió el otro en la definición por penales, en tanto que Nacional empató todos los cotejos que disputó —también ante clubes de la vecina orilla— y cayó al final en todos, tras las tandas desde los 11 pasos. Desde ese punto de vista, pues, la definición del clásico no resultó ser una excepción. Peñarol sacó una prematura ventaja con dos goles anotados por Ignacio Laquintana —una vez más, desnivelante— ante la tardía reacción de Camilo Cándido y del propio Sergio Rochet. Y cuando el aurinegro dominaba y se perfilaba tempranamente para quedarse con el partido, un par de gruesas fallas defensivas —en jugadas de pelota quieta— ambientaron primero el descuento tricolor por parte de Emmanuel Gigliotti y, pocos minutos después, el gol en contra de Hernán Menosse para conformar un imprevisible empate parcial. En el complemento, con muchas variantes en ambas escuadras, el partido se desdibujó por completo. Nacional generó la única situación de gol (un tiro en el palo de Gigliotti) y tuvo un superior control del balón, aunque el aurinegro reaccionó en los minutos finales y niveló así los méritos del rival. En la definición por penales, el perdidoso fue otra vez el tricolor, extendiendo esa racha negativa de los amistosos anteriores (sin perjuicio del decisivo mérito del golero Thiago Cardozo, que contuvo el remate de Pereiro). Ambos equipos están aún en formación (estuvieron ausentes algunas de las flamantes incorporaciones), pero queda la sensación de que —acuciado por la necesidad— Peñarol parece haberse reforzado mejor que Nacional y privilegió ostensiblemente el sector ofensivo, su mayor debe durante la funesta temporada anterior.
Pero lo más relevante de estos últimos días tiene que ver con la Selección sub-20, que está participando en Colombia del Campeonato Sudamericano de la categoría. Como expresé en una columna anterior, Uruguay fue pionero en este tipo de competencias y va por su noveno título (inaugurado en 1954, ganó las tres primeras ediciones y tras un largo eclipse renació en 1975 sumando cuatro títulos al hilo; luego hubo otro extenso declive, hasta su último triunfo en Ecuador en 2017). En la última edición en Chile en 2019 salió tercero, detrás de Ecuador y Argentina.
Su debut en el presente torneo fue muy auspicioso, confirmó la valía de un plantel bien constituido con juveniles destacados del medio local y reforzado con dos jugadores que compiten en el exterior (uno de ellos, ya con unos minutos jugados en el Real Madrid, es hijo del recordado exfutbolista aurinegro Coquito Rodríguez).
El tono del arranque de este partido fue el que siempre hemos pretendido de una Selección Celeste: adueñándose por entero de la iniciativa con una presión alta y lanzándose de lleno a la ofensiva, sin darle tregua a su rival. Los dos primeros goles llegaron pronto, con potentes y certeros remates de larga distancia, a los que se sumó un tercero, varios minutos después, poniéndole la anticipada lápida al partido (el segundo tiempo casi sobró, aunque sirvió para que el técnico Marcelo Broli pudiera probar a otros futbolistas). Hubo varias figuras lucidas, sobre todo del medio hacia adelante, con un Fabricio Díaz descollante. Y nos quedó la clara perspectiva de que existía material suficiente para esperar con fundadas esperanzas el siguiente partido del grupo, ante una Venezuela que perdió en su primera presentación.
Aunque estuvo lejos de repetir la auspiciosa labor del debut, la clara victoria del martes 24 ante un rival que salió a jugar el partido con una inusitada rudeza demuestra con claridad que el equipo Celeste está para pelear el torneo. Aunque se lo vio maniatado por momentos e impedido de asumir la iniciativa, como lo hiciera en su debut, igual supo encontrar el camino del gol. El primero, de Luciano Rodríguez, que destrabó un cotejo muy peleado, y poco después, una segunda conquista de Fabricio Díaz, su máximo exponente. La expulsión de un rival, al comienzo del segundo tiempo, tornó más claro el panorama, Broli aprovechó para introducir varios cambios y, ya cerca del final, otra vez Rodríguez cerró el tanteador.
Aún queda por jugar contra Ecuador y Bolivia, pero es posible animarnos a vaticinar que el equipo Celeste estará entre los tres que clasifican al hexagonal final. Y… ¡después se verá que acontece!