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    “Si no hay nadie furioso, el libro está mal y no estás diciendo nada”

    “El amante uruguayo. Una historia real”, controvertida obra sobre la relación entre Federico García Lorca y Enrique Amorim

    “Labrad amigos / de piedra y sombra en el Alhambra / un túmulo al poeta / sobre una fuente donde llore el agua / y eternamente diga: el crimen fue en Granada / en su Granada”. Estos versos de Antonio Machado están inscriptos en una lápida a orillas del río Uruguay en la ciudad de Salto. Allí se encuentra el primer monumento que se erigió en el mundo en recuerdo de Federico García Lorca, cuyos restos aún siguen desaparecidos desde que fue asesinado en 1936. El homenaje fue una iniciativa del escritor Enrique Amorim (Salto 1900-Buenos Aires 1960), quien organizó una ceremonia en 1953, un año después de regresar de Europa, para inaugurar el monumento al poeta granadino. En ese homenaje, en el que estuvo presente la actriz Margarita Xirgu, Amorim hizo enterrar una caja blanca junto al monumento, cuyo contenido aún se mantiene en el misterio.

    Con esa imagen comienza El amante uruguayo. Una historia real, del escritor peruano Santiago Roncagliolo (Lima, 1975), que viene despertando polémica a ambos lados del Atlántico. El libro insinúa que Amorim pudo haber sacado los restos de Lorca de España, en plena dictadura franquista, y da como un hecho que el escritor salteño era homosexual. Autor de las novelas “La carreta”, “Los montaraces”, “Las quitanderas”, entre otras narraciones, Amorim provenía de una familia acaudalada, tenía una agitada vida social, fue militante comunista y era reconocido por su generosidad. Pariente político y amigo de Jorge Luis Borges (se casó con su prima Esther Haedo), conoció a los artistas más reconocidos de su época, entre ellos a Pablo Neruda, Pablo Picasso y Charles Chaplin. Pero Roncagliolo lo muestra como una figura secundaria detrás de los famosos y, por momentos, como un marketinero. “Es la historia del arte contada por el que no sale en la foto”, le comenta a Búsqueda.

    Escritor de guiones para televisión, novelas e investigaciones periodísticas, Roncagliolo hace 12 años que vive en España. Ganó con su novela “Abril rojo” el Premio Alfaguara 2006 y ha escrito sobre Sendero Luminoso, sobre las mafias y dictaduras caribeñas y ahora sobre un olvidado escritor salteño. El amante uruguayo fue publicado en 2011 por la editorial andaluza Alcalá y este año por Alfaguara, y ya lleva tres ediciones. En su visita a Montevideo para presentarlo, Roncagliolo mantuvo la siguiente entrevista con el semanario.

    —¿Por qué ningún investigador de la obra de Lorca encontró estos vínculos con Amorim?

    —No es raro que no los hayan encontrado: Amorim no fue importante para García Lorca. Tampoco los intelectuales de su época lo tomaban en serio. Aceptaban su dinero y lo dejaban estar allí entre ellos. Él dejó toda esta información en sus memorias, que no están editadas, en cartas, en notas de prensa, porque sabía que las cosas de las que quería hablar no las podía decir, no en ese Uruguay, no en ese Partido Comunista, no en ese mundo en el que vivía. Entonces, dejó carnadas para que alguien llegara y lo investigara.

    —Ian Gibson lleva 40 años investigando a Lorca y dijo que su libro no es creíble. ¿Se comunicó con él?

    —Ian Gibson dice que afirmo que ahí está enterrado García Lorca, pero yo nunca dije eso, y estrictamente tampoco lo dijo Amorim. Me esfuerzo y esmero para que quede claro, pero es inútil. No me comuniqué con Gibson porque leí sus libros y allí está todo lo que estudió sobre Lorca.

    —A Amorim usted lo presenta como un camaleón que cambia según las circunstancias, sobre todo para ocultar su homosexualidad. ¿Eso resulta tan evidente en la documentación?

    —Este libro, aunque está cuidadosamente documentado, tiene una cualidad muy novelesca porque es la historia de un mentiroso. Es muy difícil distinguir qué es lo que Amorim nos quiere hacer creer y qué es verdad. Por ejemplo, él describe una escena muy romántica con Lorca en Atlántida mientras lee la “Oda a Walt Whitman”, pero después surge la historia de otro periodista que estaba allí, por lo tanto no fue una escena de dos. La duda es si él quiso dejar todo esto para la posteridad porque lo creyó o porque quiere que lo creamos.

    —Los familiares le brindaron documentación, pero ahora no están muy contentos con usted.

    —En Salto están furiosos conmigo porque se contradice mucho mi libro con la imagen que tenían de Amorim. Posiblemente él tuviera otra vida en Buenos Aires y por eso quería vivir allí o en París, pues en esas ciudades era más libre. Si cincuenta años después siguen escandalizados por su homosexualidad, no quiero ni pensar si la hubiera hecho explícita en su época. La gente piensa que hablo mal de Amorim, pero yo admiro mucho lo que hizo para vivir en un mundo hostil. Era homosexual en una sociedad intolerante; era comunista, aunque los comunistas lo despreciaban.

    —¿Cómo quedó su relación con los herederos?

    —No ha sobrevivido muy bien (se ríe). Fueron muy colaboradores conmigo y en un momento de mi investigación les advertí por dónde iban a venir las cosas. Allí nuestra relación se enfrió. Yo no entiendo, para mí ser homosexual no es un insulto. Ser homófobo es un insulto. Los que mataron a García Lorca eran intolerantes, y lo mataron, entre otras cosas, porque era diferente. A mí me gustó la idea de escribir un libro sobre cómo tenían que vivir los homosexuales, sobre cómo tenían que esconderse, sobre los poemas que tenían que escribir sin poder publicar, sobre las palabras que usaban con doble sentido y que solo ellos entendían.

    —En los textos que usted cita de Amorim no aparece nunca la palabra “homosexual”.

    —La reseña que escribe Amorim sobre Lorca es muy interesante, porque dice: “Él tenía estas sombras inconfesables”. Se esmeraba por mostrar que ambos compartían esas “sombras”, por reivindicar que no se contradicen con el compromiso político, que no lo desmerecen como ícono político.

    —La Fundación Lorca le iba a dar la correspondencia que mantuvo con Amorim, pero no lo hizo. ¿Le dio explicaciones?

    —No, no lo hizo, pero los entiendo. Ellos admitieron que hay documentos que no fueron mostrados a la opinión pública. Obviamente revisaron esos documentos, y no sé si no quisieron revelar lo que allí había o no encontraron nada. También hay que decir que los periodistas nos metemos en la vida de la gente, sacamos los secretos porque es interesante saber cómo vivían los artistas y el mundo en determinada época. Tenemos derecho a hacerlo y debemos defenderlo, pero los familiares también tienen derecho a decir: “No te lo vamos a enseñar”.  

    —¿Le gustaría saber qué hay en esa caja misteriosa en el monumento de Salto?

    —En la presentación del libro estuvo alguien de la Intendencia de Salto y me preguntó: “¿Qué hacemos, desenterramos la caja o no?”. Lo más lógico es que lo hagan si algún familiar lo pide, pero yo no tengo ganas de que lo hagan. Este es un libro que va a sobrevivir a lo que haya o no allí enterrado. Amorim creó una trampa perfecta: si los restos de Lorca están, él fue quien los sepultó; pero si no están, él nunca dijo que estuvieran. Él fue el primero que supo cuánto iba a valer ese cadáver.

    —Quiroga y Lorca aparecen en su libro como escritores fundamentales en la vida de Amorim, ¿por qué no lo fue Borges?

    —Amorim iguala a Quiroga y a Lorca al hacer un parque para ellos. Para él eran dos personas muy importantes: su maestro y su amado. Creo que él estaba muy enamorado de Lorca, que lo quería de verdad. Esos son los dos artistas más importantes de su vida. Pero creo que su amigo de verdad fue Borges. 

    —Y Borges no quería nada a Lorca...

    —No, no lo quería nada y se burlaba de Amorim cuando quería escribir como Lorca. Borges tiene las frases más crueles y las más lúcidas sobre otros escritores, sobre todo sobre Amorim. Pero Borges le dedicó su cuento “Hombre de la esquina rosada” y le hizo el prólogo para la novela “La carreta”.

    —Esta no es la primera vez que usted tiene problemas con un libro...

    —Siempre me meto en líos, de hecho me he convertido en un sicario oficial de la escritura. La gente me llama para contarme historias cuando sabe que va a haber líos. Y sabe que si la historia es buena, estoy dispuesto a afrontar los riesgos y las consecuencias porque ese es mi trabajo.

    —Se metió en líos con la novela “Memorias de una dama”, sobre una bailarina dominicana. ¿Fue retirada de las librerías?

    —Bueno, yo no puedo hablar de ese libro, no puedo decir absolutamente nada. Lo que sí puedo decir es que la gente muy poderosa trata de controlar el arte que le es incómodo. García Lorca tenía poemas que no podía publicar, a Picasso los comunistas lo acosaban, a Chaplin lo denunciaron por comunista y no podía volver a Estados Unidos. Si hay alguien muy poderoso que no te deja leer un libro, ese es un buen libro. Las novelas las haces para que te quieran, pero los libros reales los haces para desafiar lo que había antes, el silencio sobre un tema. Si no hay nadie furioso, el libro está mal y no estás diciendo nada. También puedes escribirlo como Miss Universo y decir “estoy en contra del hambre y deseo la paz en el mundo”, y así todo el mundo estará de acuerdo.

    —¿Le hubiera gustado presentar el libro en Salto?

    —Lo intenté, pero en la editorial me dijeron: “Yo que tú no pondría un pie en Salto”. Hay una parte que me alivia de toda la polémica aquí y es que siguen siendo intelectuales articulados en un país civilizado. Es lo más amable que me ha ocurrido. Nadie me ha amenazado de muerte, nadie me ha censurado ni amenazado con freírme en un tribunal.

    —¿Tuvo amenazas por “La cuarta espada”, sobre Sendero Luminoso?  

    —Debo decir que de todos los libros que escribí sobre personajes reales, los más respetuosos han sido los más asesinos: los militares y la guerrilla. Toda la discusión mantuvo un gran nivel. Gente con más corbata ha sido la más violenta.

    —¿Vive tranquilo después de un libro polémico?

    —En algunos casos, he pasado miedo. Soy un investigador extranjero en todas partes. Incluso cuando escribí sobre Sendero Luminoso llevaba viviendo fuera de Perú mucho tiempo y trabajaba para un periódico extranjero. Cuando uno escribe desde fuera, nunca sabe cuáles son las cosas que no debería decir. Hay una canción peruana que dice: “Ódiame sin piedad, ódiame sin medida ni tenencia. Ódiame, quiero más que indiferencia”. Estoy de acuerdo con esta canción, pero tengo hijos y no siempre es tan fácil. Por eso, aquí me siento muy bien con el debate.