Desde 1972 hasta 2012, el artista ha ido estampando un sello propio que le ha permitido componer canciones junto a su hijo Francisco, junto a Vinicius de Moraes, junto a Chico y, por supuesto, junto a su hermano del alma: el letrista y compositor Aldir Blanc.
Nominado en varias oportunidades al Grammy Latino en la categoría “Música Popular Brasileña”, ganador del Premio de la Música Brasilera en el rubro “mejor canción” y homenajeado de honor en la última edición de esa ceremonia que reconoce lo mejor del arte norteño, Bosco nunca ha alcanzado la masividad de muchos de los músicos que lo admiran, aunque ha encontrado un equilibrio notable entre la popularidad y la aprobación de la crítica especializada, que en Brasil aplaudió a rabiar el que quizá sea el álbum más maduro, bello y despojado de su trayectoria: “Não vou pro céu, mas já não vivo no chão”.
Autor de temas emblemáticos como “O bêbado e a equilibrista”, “Desenho de giz”, “Papel machê”, “Corsário”, “Quando o amor acontece”, “Memória da pele”, “Jade” y “O mestre-sala dos mares”, la obra de Bosco es un auténtico deleite. Y, antes de ampliar el espectro, puesto que en 2013 editará un nuevo álbum de temas inéditos, habló telefónicamente, durante una hora y media y con una humildad y una calma místicas, sobre ella, sobre sus ídolos y sobre sus compañeros de ruta, con Búsqueda, en coincidencia con un doble aniversario de cuatro décadas: el suyo y el de la revista.
—¿En algún momento de su infancia usted imaginó que sería un ingeniero civil?
—En realidad, durante mi infancia no pensaba demasiado, sino que pasaba el tiempo de una forma bien natural en una ciudad pequeña de Minas Gerais en la que no solía hacer planes para el futuro y en la que apenas vivía y disfrutaba con mis amigos. Creo que en esa época no se piensa nada seriamente: se disfrutan todos los días.
—“No sé si Minas no tiene mar o el mar no tiene a Minas Gerais”, dice una canción. ¿Usted conserva un cariño especial por su estado?
—Ciertamente. Y “40 anos depois” tiene que ver con la mirada de un joven que, desde Minas, escucha algunas canciones y a algunos autores que fueron importantes en aquella época. Por eso es que en el DVD hay canciones de otros, como Paulinho da Viola, un viejo amigo tan particular, tan fino y tan encabulado, de quien grabé “Tudo se transformou”, que para mí es la otra cara de la moneda de “Chega de saudade”.
—¡Qué amigos! ¿Cuáles eran las canciones que usted escuchaba con más admiración cuando era jovencito?
—En mi ciudad, hasta los 15 años y antes de ir a Ouro Preto, me divertía mucho con la música en las fiestas religiosas, en la casa de algunos compañeros, como aquel amigo cuyos padres eran muy ricos y tenía una colección de discos tan disfrutable. Entonces escuchaba música brasileña pero también extranjera y tocaba rock and roll clásico, desde Little Richard hasta Chuck Berry. Pero al mismo tiempo iba a clubes sociales, a espacios que se consideraban “brincadeiras dançantes”, donde todos nos divertíamos y había música en vivo. Así que me crié escuchando música de todo tipo. Yo mixturé toda aquella información de manera muy natural, divirtiéndome, sin ninguna preocupación seria. Pero cuando fui a Ouro Preto, cerca de los 16 años, conocí a algunos nativos de la ciudad que me acercaron otro tipo de música, como el jazz y la bossa nova. Así fui adentrándome en aquel universo musical.
—¿Por qué usted nunca se cansa de versionar canciones de Tom Jobim?
—Mire, Jobim es una persona muy especial en mi vida. En primer lugar, mi primera canción, “Agnus sei”, fue apadrinada por él. Y ahí nació un relacionamiento, en 1972, en el que, gracias al contacto personal, empecé a frecuentar su casa y a aprender de él. La música más profunda de Jobim la conocí gracias a esa relación, que me permitió entender los caminos y el estilo que elegía para componer.
—Un estilo elegante, genial y popular que se ha vuelto universal. ¿Pero cómo era él personalmente?
—Era una persona muy atenta, muy inteligente y con un gran sentido del humor. Tenía una capacidad de hacer comentarios humorísticos sobre las cosas más serias de la vida. Su raciocinio estaba ahí como una marca, pero siempre con un jeito muy carioca. Además, musicalmente Jobim fue una síntesis de una serie de situaciones musicales, porque tenía melodías muy sofisticadas, armonías que no dejaban mucho espacio para alternativas debido a su precisión, y además una creatividad especial para concebir improvisaciones que terminaban funcionando como segundas melodías. Y él le daba a todo un tratamiento muy jazzístico, muy elegante, muy especial. Si usted quiere separar cada uno de estos tres elementos de sus grandes canciones, no lo va a conseguir. Pero hay elementos que marcan cada tema suyo de manera indeleble. Entonces, uno recorre dentro de su arte un universo extremadamente amplio y rico. Yo recuerdo que, cuando él tocaba, era como si usted lo estuviera viendo todo el tiempo, porque sus expresiones faciales remitían a una especie de tema trascendental, algo que estaba sucediendo dentro suyo y que era muy profundo. Entonces, para mí Jobim es un sujeto que reúne una serie de situaciones únicas en una sola persona. Eso es lo que me impresiona. Y siempre me ha dejado muy intrigado.
—¿Le ha sorprendido más su estilo, su elegancia o su complejidad?
—Encima de todo está su elegancia, pero él tiene todo: melodía, armonía, ritmo y silencio. En definitiva, es pura música. Por eso hubo una afinidad tan grande entre su repertorio y el de João Gilberto, con quien construyó un movimiento y una relación que permanece hasta hoy.
—Desde el punto de vista vocal, ¿qué artista ha interpretado mejor las canciones de Jobim?
—Creo que cuando Elis Regina grabó sus canciones, el resultado fue maravilloso. Aunque cuando João Gilberto interpreta a Jobim, sobre todo sambas de Tom como “Águas de março” o “Samba do avião”, ahí la cosa es perfecta. Pero debo decirle que a mí me encanta cómo cantaba sus canciones Jobim.
—Qué curioso, porque Jobim está un poco subvalorado como intérprete de sus propios temas.
—Pienso que sí. Pero si usted lo escucha cantando “Fly Me to the Moon” con Sinatra, va a ver cómo cantaba. Él cantaba de un modo un poco, digamos, “autoral”. Pero no lo dude: sabía cantar.
—Usted compuso varias canciones con Vinicius. ¿También era una persona especial?
—Sí, pero en otro sentido. Vinicius era una persona maravillosa porque hacía de la parceria una gran amistad. Yo no sé si él era parceiro y después se hacía amigo de las personas, pero lo cierto es que, si uno componía con él, sentía que estaba atado a Vinicius como quien está atado de modo natural a sus grandes amigos.
—Hablando de parceiros, ¿qué decir de Aldir Blanc, su gran amigo?
—Sería inexplicable mi obra sin él. Empezamos a trabajar juntos en 1970, y la integración que hay entre mi música y su letra es tan grande que aquí en Brasil ven nuestra obra como una unidad, por más que pasemos por situaciones musicales diversas así como por temáticas que van desde el humor hasta el romance y las cuestiones éticas.
—Eso también es curioso, porque uno escucha algunas canciones suyas y piensa que Bosco es un intelectual sofisticado, y luego escucha uno de sus sambas y el panorama es igual de bello pero sumamente distinto. ¿Es usted al mismo tiempo un músico intelectual y de sangre caliente?
—Creo que si hay una cualidad que tengo es la intuición. Yo siempre trabajé con ese elemento y soy una persona muy observadora, pero no soy un intelectual y no me preocupa. Las señales y las ideas que tengo y que observo son procesadas de un modo totalmente intuitivo. Es un proceso natural, espontáneo, lejos de lo intelectual.
—Otra cuestión interesante es la manera en que aborda la guitarra, un instrumento que toca al mismo tiempo con un estilo fino pero contundente. ¿Cómo le gusta pensar en usted estrictamente como guitarrista?
—Bueno, la música brasilera está muy apoyada en la guitarra, pues son pocos los compositores que no lo han usado como base para trabajar, ya sea en el choro hasta en la música formal, la bossa nova, el samba de raíz o el samba de los morros. Hoy, esa función fundamental sigue estando vigente. Por eso es que nosotros tenemos íconos a lo largo de la historia y, para encontrar mi manera de tocar la guitarra, tuve que observar y escuchar a esos grandes instrumentistas brasileños como Baden Powell y João Gilberto, y también a algunos músicos de otras naciones que he oído, como los grandes guitarristas africanos. O a aquella guitarra única que no solo acompañaba las canciones sino que, como si se tratara de un arquitecto, las sustentaba y las adornaba: la de Dorival Caymmi, quien me hacía sentir en una playa si me transportaba a un ambiente playero y en una gran ciudad si me llevaba a un ambiente urbano. Entonces, siempre estoy atento a lo que pasa a mi alrededor, y mi guitarra, aunque yo resuelva las cosas dentro de mí, como dije antes, de modo intuitivo, resulta una suma de todas las guitarras que he encontrado por el camino.
—¿Para el repertorio de “40 anos depois” también apeló a su intuición? ¿No fue ardua la tarea de recorte?
—Sí apelé a mi intuición pero no fue ardua la tarea, porque mis canciones icónicas ya estaban en mi DVD anterior, “Obrigado, gente!”. Entonces, la selección de las canciones fue bien tranquila, sin conflictos. Yo quería grabar “Fotografia”, de Jobim, “Lilia”, de mi amigo Milton Nascimento, y luego pensé en grabar mi primera canción pero con Milton en la voz, así como se me ocurrió incorporar como invitado a un guitarrista extraordinario al que admiro mucho y que trabajó abundamentemente conmigo en los primeros tiempos: Toninho Horta. Cada canción de “40 anos depois” se grabó en una sola toma, y reinventar el sonido originario que acompañaba a Milton en aquella época fue mágico. Por eso, cuando terminamos de grabar “Agnus sei”, Toninho le dijo a Milton: “Bituca, ahora todos sentimos saudade, ¿no?”. Parece que nos hubiéramos transportado a comienzos de los años 70.
—¿Ha regrabado sus canciones con la intención de retornar a aquellos tiempos, de aportar nuevas miradas, de encontrarse con sorpresas o de devolverle al público el cariño que ha recibido?
—La idea es conseguir todo eso haciendo una lectura nueva de esas canciones desde un punto de vista contemporáneo y, al mismo tiempo, transportar algunas cosas de aquella época hacia esta, incluso a los amigos. Entonces, uno termina realizando una relectura desde el tiempo actual, porque, como habrá notado, el propio “Agnus sei” tiene una manera muy distinta y sorprendente de conducirse rítmica y armónicamente.
—Hablando de amigos, ¿cómo fue la experiencia de grabar con Chico Buarque primero en el CD “Chico”, de 2011, y luego ahora, en “40 anos depois?
—Chico es uno de los grandes artistas brasileños de todos los tiempos, todos lo veneran en Brasil y yo lo admiro particularmente como compositor, además de que somos grandes amigos desde hace décadas, desde que llegué a Rio de Janeiro y nos presentó Vinicius. Musicalmente, en el disco suyo que tiene el samba “Vai passar”, figura un tema que compusimos juntos: “Mano a mano”. La historia es muy interesante porque, cuando estaba grabando “Sinhá”, el año pasado, que terminó siendo elegida como la mejor canción de 2012 aquí en el Brasil, yo ya tenía la idea de grabar un DVD. Y, cuando le comenté que quería que cantáramos “O mestre-sala dos mares”, aceptó inmediatamente. Pero además a mí siempre me fascinó un samba suyo llamado “Bom tempo”. Y, como mi padre era hincha del Fluminense y yo era hincha del Flamengo, en mi casa se vivían escenas sumamente graciosas. Justamente, “Bom tempo” habla de un día de domingo en que gana su equipo. Y cuando yo escuchaba ese viejo tema en Minas Gerais, me acordaba de mi padre y pensaba: “Este debe ser el hijo que papá querría tener, porque es hincha del Fluminense y encima hace samba como nadie” (risas). Así que después le escribí un mail diciéndole que quería cantar “Bom tempo” solo con la guitarra y que, en el final, los músicos se sumaran y citaran sambas importantes de la historia de Brasil, como “Aquarela do Brasil” y “Na baixa do sapateiro”, de Ary Barroso. Y a él le gustó tanto la idea que terminó sumándose a la grabación. Entonces, cantamos juntos.
—Sin embargo, Chico da la impresión de ser un hombre extraño, pues parece al mismo tiempo una persona tímida, tranquila y querible, y sus sambas son alegres y hermosos, aunque los canta con la mirada perdida y gesticulando mínimamente...
—Es todo eso, pero también es inclasificable. La verdad es que Chico posee una inteligencia muy especial, la cual a veces utiliza para el humor, lo que resulta en observaciones de una precisión increíble. El humor de Chico es muy particular. Pero si usted conversa con él o intercambia mails con él, experimenta un placer inenarrable, porque sus respuestas son de una riqueza y al mismo tiempo de un humor prácticamente inconseguible. Por otro lado, la timidez de Chico forma parte de su personalidad. Y, por lo tanto, forma parte de su genio.
—Cambiemos de tema. ¿Cómo fue emocionalmente el hecho de que los mejores músicos de Brasil lo hayan homenajeado en los últimos Premios de la Música Brasilera?
—Fue algo tan impresionante que no lo he podido aceptar con tranquilidad ni tampoco me he acostumbrado al hecho de que haya sucedido efectivamente. Yo admiro a muchos de quienes me homenajearon y soy amigo de muchos de ellos, pero lo que siento en el fondo es que mi obra es un poco el resultado de las distintas herencias que he recibido.
—¿Para usted resulta natural escuchar sus canciones interpretadas por Djavan, por Milton Nascimento o por Elis Regina?
—Lo que siento es una gran felicidad por las canciones, ya que trascienden límites que no habían trascendido antes: es como si se estiraran.
—A los 66 años, ¿se siente viejo?
—No he tenido tiempo de sentirme viejo, porque la propia actividad musical es dinámica y me ha obligado a ir al estudio, a componer o a grabar, y entonces no siento esa edad. La voluntad y los proyectos también son una manera de paliar eso. Por ejemplo, el CD de canciones inéditas que voy a editar en 2013.
—El último de canciones inéditas que lanzó es accesible, precioso y particularmente maduro, desde el punto de vista de la mayoría de la crítica especializada brasileña. ¿Cómo llegó usted a un resultado tan sólido?
—Siendo más maduro. Lo que quise fue que no hubiera interferencias, principalmente vocales, entre el modo en que las canciones nacieron y las grabaciones finales, de modo que quedaran casi en estado puro. Por eso es que “Não vou pro céu, mas já não vivo no chão” resulta tan depurado. Pero ese tipo de discos es el más difícil de hacer, porque no es fácil quitar las exageraciones y los ornamentos de los temas que uno compone. Es un álbum de pocos instrumentos en el que todo se fue depurando naturalmente y en el que todo lo que no es la guitarra y la voz no es imprescindible. Pero no hubiera sido posible sin mi historia anterior, ya que con el paso del tiempo he ido aprendiendo a llegar a este camino, a esta obra que salió de mi alma de una manera prácticamente intacta.
—Por si fuera poco todo esto, usted compone con su hijo Francisco. ¿Realmente puede pedir algo más?
—Sería injusto que lo hiciera, porque soy una persona feliz con mi familia, con mi música, con mis parceiros y con mis amigos. De todas maneras, siento que la música siempre me llama a un estado de observación y me exige una dedicación que no es negociable, por lo cual debo estar preparado para nuevas ideas. Así que el momento de satisfacción siempre está, pero también está una especie de llamado hacia una exploración del oficio. Cuando todos salen de la sala y uno se queda solo con su instrumento, todo comienza de nuevo otra vez. Ahora, respecto a las colaboraciones con Francisco, son algo realmente agradable, porque él es una persona lúcida, muy inteligente, un pensador y un ensayista con una visión propia del mundo que es útil para mí. Por eso, esa cercanía me sirve muy a menudo para aprender.
—Sinceramente, hasta da rabia que la música peor hecha de Brasil tenga buena calidad. ¿Dónde está el secreto?
—En lo que nos diferencia, que es la mixtura. Esa mixtura es tan natural que la gente ya no la percibe, justamente porque es fruto de ella. ¿Qué sucede, entonces? Que es casi paradójico juntar las palabras “mixtura” y “genuino”. Pero aquí la mixtura es genuina y tiene tradición.
—Volvamos a su obra. ¿Por qué el samba, que no ocupa todo su repertorio pero sí una buena parte de él, le cambia la cara y lo hace brillar tanto?
—Porque el samba es el dueño de mi cuerpo. Entonces, cuando canto un samba me siento poseído. En un buen samba, la única alternativa es brillar, porque tiene el vigor y la fuerza de la historia.
—¿Disfruta el éxito que tienen desde talentos jóvenes como Diogo Nogueira hasta otros más consagrados dentro del género, como Arlindo Cruz y Zeca Pagodinho?
—Sí. Cuando estoy cerca de ellos me siento muy feliz. Por ejemplo, ahora conviví un mes con Arlindo por este homenaje que me hicieron, y fue fantástico. Él le ha dado forma al samba más contagioso que uno se pueda imaginar.
—¿Usted considera que Roberto Carlos es “el rey” de Brasil con justicia, o esa es una etiqueta de marketing?
—No, no, a Roberto la corona imperial le queda muy bien. Él empezó cerca de la bossa nova, tuvo una visión muy importante y percibió un camino distinto, que fue el del rock and roll de la Joven Guardia, hasta recorrer la ruta que todos conocemos, en la cual ha compuesto sucesos clave para la vida de varias generaciones de brasileños. Si usted va a los shows de Roberto, que generalmente son en espacios inmensos, percibirá no solamente a un artista sino también al rey Roberto Carlos. Las personas lo reverencian con justicia por haber hecho tantas canciones que durante tanto tiempo marcaron sus vidas. Así que merece lo que tiene.
—Por favor, explíquele a un extranjero por qué Brasil sería inconcebible sin Dios.
—Brasil es un país muy religioso, pero aquí también las religiones se mixturan, desde la religión africana, a través del candomblé y de los orixás, con la religión católica, hasta otras más recientes. Y todas ellas confortan a las personas y les dan paz y la convicción de que habrá un futuro mejor. Y eso, en un país con grandes injusticias sociales, hace muy bien. Porque esas injusticias no son lo que más les llaman la atención a los visitantes, sino nuestro cariño, nuestra hospitalidad y, sobre todo, nuestra alegría. Todavía hoy recuerdo perfectamente la importancia que tenían los rituales religiosos en las ciudades pequeñas en que me crié.
—Para terminar, ¿cuál es la mayor virtud y el mayor defecto que usted reconoce en su carrera?
—¿La verdad? Solo consigo ver los defectos.
—¿Y qué disco brasileño podría morir escuchando?
—“Cançoes praieiras”, de Dorival Caymmi.