Sr. Director:
Sr. Director:
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLlama mucho la atención la manera deformada de entender un suceso. Todos tenemos derecho de interpretar la realidad como se nos cante, pero el pan es pan y el vino, vino.
Con respecto a lo sucedido en el río Santa Lucía este pasado 26 de enero, es increíble que pueda hablarse de “accidente”. Por si alguien no entiende, permítame el director explicarlo como se lo haría a mi nieto de 3 años: “accidente” es que uno esté en la playa mirando el atardecer y de pronto le parta la cabeza un rayo (que vino de espaldas y sin avisar y sin previsión meteorológica); “accidente” es que vayamos caminando por la calle y que a una paloma se le ocurra hacer sus necesidades justo encima de uno, y en ese instante.
Dos ejemplos simples de lo que sería un accidente, ¿se entendió?
Ahora bien, si una moto de agua choca a un bote de remo, no es accidente. Ni en el Santa Lucía ni en los mares de la China. Eso se llama homicidio culposo (Def.: homicidio culposo o involuntario es un delito que consiste en causar la muerte a una persona física por una acción negligente).
Y por si no se entiende en la definición, paso a explicarlo (como a mi nieto también). El conductor de la moto no es un homicida. Es cierto. No se levantó un día y dijo: “esta tardecita voy a matar a un remero”. Pero —falto de responsabilidad— hizo algo que no debió hacer: circuló a alta velocidad en una zona del río donde no debió.
Fácil como la tabla del 1: esa parte del río no era donde habitualmente practican las motos... ¡era al revés!: las motos estaban practicando en la cancha de remo (o peligrosamente muy cerquita de ella). Eso se llama imprudencia.
Repito tal cual una parte de la nota que leí en “El País”, y destaco en negritas: “Les hice señas, eran tres motos de agua, les dije que ahí no se podía andar porque los gurises estaban practicando, pero no me dieron corte y siguieron en la de ellos; iban y venían a toda velocidad, jugando carreras”. Eso se llama negligencia. O, dicho en idioma uruguayo básico: se pasaron por las pelotas una advertencia, que procuraba evitar un mal. Eso se llama desidia.
Con respecto a que entre la Prefectura y la Policía “se pasan la pelota” para explicar de quién es la responsabilidad de contralor... ¡dejemos de pegarle a la herradura! pues ese es un detalle menor, es parte de nuestras “más ricas” tradiciones y eternos dilemas, hasta pintoresco diría, y que ni siquiera viene al caso, ya que si el motonauta hubiera hecho lo que tenía que hacer ¿qué importa si nadie controla un pito? ¡Es mayor de edad y tiene dos dedos de frente...! Pues entonces, ¡que se controle solo! No es tan difícil: donde se puede navegar se puede y donde no se puede, no se puede. El río es grande y hay lugar para todos: para los peces, para la contaminación, para los remeros, para las motos, para bañarse, y para el Zitarrosa, sin necesidad de andar amontonados.
Señores: basta. El huevo no tiene pelos. Si sumamos los tres factores: imprudencia + negligencia + desidia, el resultado de la operación no es un bote menos, es una vida menos. El bote se repone. La injusta pérdida de un joven, y el destrozo de una familia, y la indignación de todos los demás, no se solucionan con una excusa tan infantil e inconsistente como “no lo vi”.
Errores en la vida todos cometemos. Algunos salen baratos, otros caros, y otros muy caros. Estos últimos se suelen pagar incluso con mucha terapia y arrepentimiento eterno. Pero se pagan. Hay macanas en la vida que no son gratis. Que este caso (que ya no tiene vuelta) nos sirva de lección.
¡Ah!... y hablando de errores en la vida, ahora falta que el juez procese (sin prisión) al sol, por el delito de andar encandilando a la gente. Esperemos que se salve el pobre.
Andrés G. Oberti Rual
CI 2.504.078-0