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    ¿Uruguayos inteligentes y valientes?

    El grueso de las personas están convencidas de ser inteligente y bastante astutas para resolver sus problemas. Lo mismo vale para los pueblos, que no son otra cosa que acumulaciones de personas. Mucha gente, además, considera que la mayor concentración de astutos (“los vivos criollos”) del mundo se encuentra, justamente, en América Latina.

    Un estudio de los textos de los himnos nacionales nos haría pensar, además, que los países están poblados por una multitud de héroes, arrojados valientes que sin dudarlo un instante sacrificarían sus vidas por el bien de la patria.

    Ni una cosa ni la otra coinciden con la realidad. El grueso de la gente es, por el contrario, decididamente torpe, egoísta y cobarde.

    Y no solo eso: la mayoría de los pueblos —esas enormes mareas de cerebros masificados, una suerte de engrudo mental nacional— son, además, incapaces de actuar en favor de sus propios intereses. La situación mundial es la mejor prueba de ello.

    El pueblo uruguayo no escapa a la regla general. Su ignorancia es, justamente, el elemento clave para comprender la historia de los últimos 70 años. Me refiero a la historia de un país que habiendo llegado a estar entre los más avanzados del mundo eligió caer en el penoso estado de miseria actual.

    La historia nacional a partir de 1904 se puede explicar en términos de placita de juegos. Es decir: los uruguayos se subieron a un tobogán a comienzos del siglo XX y cuando llegaron arriba se zambulleron de cabeza.

    La primera parte de este proceso se explica resaltando el dominio aplastante de un líder dotado de fuerte carisma y de un proyecto modernista, racional y coherente, actuando en una demografía caracterizada por el elemento inmigrante, que le imprimió a la sociedad su propio dinamismo.

    Un tercer factor estratégico de aquel Uruguay fueron las muy favorables condiciones internacionales, que le permitieron al gobierno capitalizar e invertir las ganancias resultantes de la exportación de las materias primas en la construcción de una infraestructura única al sur del Río Bravo.

    Fue de esa conjunción de factores que nació la imagen del Uruguay Suiza de América, el Uruguay de las tres P: próspero, pacífico y progresista.

    A partir de ahí, todo cambió para mal. Sin la presencia del líder carismático, fuelle principal del proyecto nacional, con una población cada día más “continentalizada” y remando contra una corriente internacional hosca en lo comercial, las décadas que siguieron a partir de los 40 fueron para Uruguay ese tremendo cuesta abajo en tobogán que hemos descrito.

    Bajo los gobiernos de una clase política inepta en un mundo poco amable para las materias primas nacionales, el pueblo uruguayo, volcado masivamente al sueño del empleo público, no comprendió la realidad en la cual existía ni supo imaginar el crudo paisaje que le esperaba.

    En vano alertó el presidente Oscar Gestido en marzo de 1967 sobre ese drama cuando dijo: “Si el Uruguay quiere suicidarse no hay gobierno, aunque sea de dioses, que pueda impedirlo”.

    El uruguayo de los años 60 despreciaba estos avisos. Él se consideraba dueño de un generoso cúmulo de virtudes, entre las cuales descollaban el supuestamente alto nivel educativo y la supuestamente alta calidad cultural.

    Pero bastó que aparecieran diez delirantes con una bomba en una mano y dos teorías estrafalarias en la otra para que una tajada sustancial de este pueblo “ilustrado” decidiera tirar todo por la ventana y prenderle fuego a la casa.

    Al igual que el flautista de Hamelín, que con su música sedujo y arrastró a las ratas al agua, los flautistas del MLN sedujeron y arrastraron a miles de uruguayos para ahogarlos en el río de la violencia y el atraso.

    En esta historia no ha habido ejércitos invasores ni catástrofes naturales. Nadie nos ha obligado a hacer algo que no hubiésemos querido. Se trata de un desastre 100% casero. Un desastre hecho por “manos del Uruguay”.

    Si en los albores del tercer milenio, cuando la Historia se ha cansado de demostrar lo nefastas que son ciertas teorías y ciertas ideas para el bienestar de las naciones, una mayoría de los uruguayos apoya libre y entusiastamente con su voto —una y otra vez, y luego otra más— un modelo especialmente efectivo para la producción de miseria, pero completamente inservible para la producción de riquezas, entonces es imposible sostener que Uruguay es un país de gente inteligente.

    A diferencia de otros pueblos que nunca han conocido un Estado de bienestar y que siempre han sido pasto de las llamas de las guerras y los desastres naturales, el uruguayo es un pueblo decididamente ignorante, pues teniendo las mejores cartas en la mano eligió, voluntariamente, perder la partida.