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    “Visión de Anáhuac”

    Sr. Director:

    Cuando Alfonso Reyes se encontró en España con el poeta e historiador don Francisco A. de Icaza, y le comunicó que quería vivir de su pluma, este le dijo: “Lo que usted quiere hacer es tan difícil como levantar una mesa con los dientes”.

    Don Alfonso levantó más que eso. Logró edificar en su estancia en España, una literatura que se destacaría por su inteligente, poética y sencilla forma.

    Luego de tener que abandonar la legación mexicana en París, exiliado, en un nuevo país y con apuros económicos, Reyes se convirtió oficialmente en escritor de profesión, ya que estaba sujeto a la sencilla ecuación: si escribo, como; si no escribo, no como. Así, ganando unas pequeñas pesetas por página, este gigante de las letras se fue formando. Destacan de este período sus estudios sobre Góngora, Sor Juana Inés de la Cruz, su edición del Cantar del Mío Cid, entre otros. Pero sin duda alguna, la obra que sobresale por entre todas es Visión de Anáhuac.

    Escrita en 1519 pero publicada hace exactamente cien años, esta obra, cuyo epígrafe le da nombre a este artículo, nos muestra cómo los primeros conquistadores españoles vieron el Valle de México. Con una prosa poética que se combina con los cronistas de Indias, Alfonso Reyes inmortaliza aquella región, dándonos una visión que se asemeja a lo fantástico. Nos habla de una región donde nosotros, como aquellos peregrinos recién llegados, nos impresionamos ante la luminosidad y las montañas que recorremos con un mirar lento y apacible. Luego seguimos observando aquel lugar donde: “Dos lagunas ocupan casi todo el valle: la una salada, la otra dulce.(...) En mitad de la laguna salada se asienta la metrópoli, como una inmensa flor de piedra, comunicada a tierra firme por cuatro puertas y tres calzadas, anchas de dos lanzas jinetas”. Descubrimos la ciudad, que se despliega desde el templo, observando sus casas, sus calles, su vida. Nos detenemos un momento en el templo, una pirámide de piedra gigantesca. Pero nuestra mirada y la de los primeros españoles en llegar se desvía al descubrir las calaveras y sacrificios, descubriendo de esta forma el mercado. Aquel lugar maravilla a quienes lo ven por su inmensidad y su cantidad de artículos, que hace pensar que nada de lo que hay sobre la tierra le falta.

    Luego vemos por primera vez a Moctezuma, el emperador de aquel valle, quien destaca porque todo lo que está en su poder es de oro, o parece de oro, inclusive él mismo. Descubrimos su vida, sus lujos y sus vasallos, quienes sienten un gran respeto y una adoración. Recorremos gran parte de su palacio, desistiendo de recorrerlo todo, ya que es imposible por su inmensidad. En las páginas finales de este ensayo, en un poema nativo, que llega a nosotros luego de pasar por las manos de la Iglesia, podemos observar la devoción por la naturaleza del indio, y su sensibilidad.

    En el último apartado, Reyes nos enumera las razones por las cuales nosotros, los americanos, estamos unidos a nuestras raíces indígenas, más allá de la sangre, y tenemos el deber de no dejar morir su leyenda.

    Facundo Correa Parodi

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