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El jueves 20 de junio, mientras los uruguayos estaban absortos frente a las pantallas mirando el partido Uruguay-Japón que se jugaba en Porto Alegre, otro espectáculo, que no llegó a su fin, se jugaba en el Teatro Solís. La Orquesta Filarmónica de Montevideo estaba festejando sus 60 años con un doble homenaje: al compositor y director uruguayo León Biriotti, por sus 90 años, y al maestro Hugo López Chirico, exdirector de la Filarmónica, que para la ocasión dirigiría el concierto Rituales, mitos y afectos, con piezas de Brahms, Mozart y del propio Biriotti, entre otras.
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Pero el espectáculo se vio frustrado cuando a 20 minutos de comenzado se sintieron dos pequeñas detonaciones y un olor desagradable inundó la tertulia baja oeste. Algunas personas se sintieron mal y las autoridades del Solís decidieron suspender el concierto y desalojar a los más de 400 espectadores. Días después se supo que las detonaciones y el mal olor se produjeron por dos botellas que contenían cloro granulado de piscina mezclado con alcohol, que hubo una breve investigación y que todo terminó con un detenido enviado al Hospital Vilardebó.
“Yo lo llamo concierto interruptus”, dice ahora López, más distendido, al hablar de lo que sucedió aquella noche. “La historia oficial del loco con las botellas fue inmediatamente aceptada e impuesta. No puedo revelar mi fuente, pero sé que los organismos policiales inmediatamente tuvieron orden de no ahondar más en el problema. Esa misma noche supe que los autores —porque hubo más de un autor— tenían antecedentes policiales y que se conocen con la policía. Que eran agitadores. Es muy fácil sabotear un concierto, sobre todo por alguien que quiere hacerlo de forma fácil y eficaz, con un método casero. Fue un sabotaje, de un loco o de un cuerdo, pero no fue contra mí, sino para fastidiar de un modo anárquico a Daniel Martínez”.
Para entender por qué López llega a esta conclusión, que comparte con amigos próximos frenteamplistas, hay que remontarse hacia 1990, cuando Tabaré Vázquez asumió como intendente de Montevideo. En ese momento, López estaba viviendo en Venezuela, pero venía habitualmente a Uruguay. Incluso dirigió el Himno Nacional en Los Pasos Perdidos del Palacio Legislativo cuando regresó la democracia en 1985.
“En 1990 yo era socialista y estaba contento de que Vázquez hubiera ganado la intendencia. Él fue quien dispuso que se habilitara el Solís para que yo dirigiera un concierto. Pero en los ensayos empezaron los problemas que al principio no entendía. Y tardé mucho en entender”.
López recuerda que el de 1990 fue un agosto gélido y que la orquesta tenía que ensayar sin calefacción y con poca luz. Él mismo consiguió unos grandes faroles que estaban en la Biblioteca Nacional y terminó encendiendo la calefacción una hora antes del concierto porque nadie lo hacía. “Nadie hacía nada. En ese momento estallé y empecé a insultar a la directora del teatro en uruguayo y en venezolano. De ahí para adelante se acabó, nunca más me invitaron. Coincidió también que yo había empezado a denunciar lo que ocurría con Chávez en Venezuela. Fue recién en febrero de 2019 que Daniel Martínez rompió casi 30 años de mordaza y me invitó al concierto en el Solís. Pero ese gesto de Martínez duró lo que un lirio”.
De Melo a Mérida
López fue director de la Orquesta Sinfónica de Montevideo, actual Filarmónica, entre 1970 y 1976, a la que ingresó por concurso como director asistente en 1963. Cuando ocurrió el golpe de Estado de 1973 se negó a dirigir el primer concierto en dictadura de la Orquesta Sinfónica del Sodre. Luego vendrían delaciones de sus propios músicos, su destitución y su exilio en Venezuela, donde continuó una trayectoria múltiple: como director de orquesta, como artista plástico y como profesor universitario. “Había ganado el cargo de director de la Sinfónica Municipal por concurso. Por lo tanto, no era fácil echarme, tenían que buscar un buen pretexto, y finalmente lo encontraron. Un día le insinué a uno de los músicos que sabía que era un soplón y que iba al Esmaco (Estado Mayor Conjunto) a denunciarme por cosas inventadas. Eso bastó para que me iniciaran un sumario que se arrastró durante un año. En 1976 me tuve que ir, me había llegado la noticia de que me iban a llevar preso”.
Hijo de una maestra rural y de un padre músico que había tenido una orquesta para cine mudo, López nació en Melo en 1936. En su libro Conciertos en tiempos de guerra (2012) cuenta que decidió ser director de orquesta a los 12 años, cuando a su casa llegaron arreglos orquestales de un músico amigo de su padre. En ese momento tocaba el piano y su padre la flauta. Junto con la música llegaron sus inclinaciones políticas, primero en los movimientos estudiantiles y después en el Partido Socialista.
“En 1976 yo era un sobreviviente. Un año antes, había dirigido 72 conciertos, una locura, no tenía tiempo para pensar en mi situación. Pero cuando llegó el verano, llegué a la conclusión de que mi tiempo se había acabado. Entonces un día agarré un casete y grabé un mensaje pidiendo auxilio. Se lo di a una persona para que se lo llevara a mi hermana que vivía en Venezuela. Ella había huido en noviembre de 1975 porque estaba vinculada al Partido Comunista, y ese año fue la gran persecución a los comunistas”.
Gracias a los contactos de su hermana, le ofrecieron un cargo en la Universidad de los Andes en Mérida, para inaugurar la Cátedra de Música Occidental, Latinoamericana y Venezolana. “Dije que sí y al rato tenía un telegrama del decano. Ahí empecé un tiempo horrendo, era algo espantoso irse. La tensión fue tan horrible que me enfermé. Después se terminaron los conciertos, entonces me tomé un avión y aterricé en Mérida”.
En ese momento tenía un hijo de un año y medio que ahora es biólogo y vive en Michigan. En Venezuela nació su segundo hijo, hoy arquitecto, que acaba de radicarse en Montevideo.
López también fundó la Orquesta Filarmónica de Mérida y allí conoció a Alexandra, ahora su esposa, que es lingüista. La familia permaneció hasta 2014 en Venezuela. En ese año, habían venido de visita a Montevideo y hubo un problema con las líneas aéreas, entonces decidieron quedarse. Ahora López dice que esa decisión le salvó la vida porque dos años después tuvo un infarto y piensa que no se hubiera salvado en Venezuela, donde no hay los medicamentos que necesita.
“Soy un experto en Chávez”, dice orgulloso porque se dio cuenta de “cómo iba a terminar la cosa” desde el primer momento. “Esa fue la clave de mi rompimiento con la izquierda. Mis amigos uruguayos no podían entender, decían que tenía el cerebro lavado por la prensa burguesa, que tenía que poner la situación en perspectiva. Me hablaban del marco teórico. Yo tuve una muy buena formación política de izquierda democrática. Las discusiones que ahora tengo acá, las tuve hace 20 años en Venezuela, con mis amigos de izquierda democrática de allá. Ahora me dan la razón, sobre todo después de que me vine, cuando la cosa se puso espantosa”.
El artista
El apartamento de López está adornado con sus esculturas y pinturas. Algunas de sus obras en arte digital las dejó en Estados Unidos, son las que llevó para participar en una competencia internacional de arte (Art Prize) en Grand Rapids, Michigan.
El escultor Germán Cabrera fue su “gurú” para comenzar con las esculturas. “La noche antes de hacer mi primera obra habíamos estado en su casa tomando vino. Recién se había instalado la dictadura, era una noche horrible y yo estaba muy depre. Cuando amaneció me puse a rayar en la hoja de un block sin parar y ahí me di cuenta de que estaba dibujando escultura. Entonces me fui a la ferretería y al final de la noche tenía mi primera escultura. Miguel Battegazzore, otro gran artista amigo, la llamó El Geniol porque tenía varios tornillos como los que tenía en la cabeza el muñeco. Era una abstracción de la violencia suprema de la tortura. Lo llamé a Germán y le dije que le había surgido una competencia ruinosa y enseguida fue a verla. De ahí para adelante me dio manija para que siguiera”.
Una de sus esculturas está ahora en el nuevo edificio de la CAF, en la Ciudad Vieja, donde estaba el Mercado Central. Es un monumento a Golda Meir que hizo luego de ganar un concurso. “Ahora está en un lugar destacado porque antes apenas se veía. Es otra señal de que las cosas habían cambiado con Martínez”, dice el artista.
El incidente en el Solís no le produjo ninguna inquietud. Está esperando a que se pueda reprogramar el concierto y destaca la buena actitud que tuvieron tanto las autoridades del teatro como los músicos de la orquesta.
A pesar de que oficialmente se ha visto como un hecho aislado que nunca ocurre en las salas montevideanas, a López no le parece extraño que haya sucedido. Él recuerda un concierto de 1972 cuando le tiraron huevos y panfletos activistas de derecha que querían boicotearlo. “Ahora recibí varios mensajes con insultos porque hablé de sabotaje. Es lo mismo, solo cambió de signo”, dice.