Antes de hablar del maestro, vayamos a las primeras horas de la tarde. Nube tóxica en el puerto. Paranoia colectiva. ¿Por qué a alguien se le escapa un pesticida justo en el puerto? ¿Ese sujeto no sabe que Dios es argentino? ¿Por qué Leo Maslíah, agasajado por varios fans mientras viajaba en Buquebús, tiene que caminar una cuadra bajo la lluvia y dar un paso elegante de bailarina para, chapoteando, entrar al taxi que lo llevará a su refugio? ¿Y por qué carajo cayó una cantidad de agua tan impresionante?
Buenos Aires está mal hecha, me dicen los que saben, y agregan: “Por eso caen tres gotas y se inunda”. El jueves no cayeron tres gotas, y de tarde, antes de esperar una hora y media para conseguir un taxi que se negó a llevarme desde la Recoleta hasta el Teatro Ópera porque, dijo, el acceso estaba “anegado” por el agua, terminé pidiéndole a un dios pagano que se produjera el milagro.
El milagro se produjo cuatro horas después de llegar a Parera y Alvear —“¿justo hoy me tenés que llevar a Parera, que no sé dónde mierda es?”, preguntóme el chauffeur— y diez minutos antes de que cerrara la boletería donde debía retirar la entrada, cuando mi jean era un poema, el agua me llegaba hasta una zona del cuerpo que preferiría no identificar y la ciudad era un caos dantesco. Entonces, frente a mis ojos apareció el deseado taxímetro. En Buenos Aires, comentó el conductor, hay 40.000 taxis. “Pero hoy está imposible conseguir uno, así que si querés que te espere, dame un adelanto”, sugirióme. Por supuesto que sí, señor taxista, lo que a usted le parezca.
Sobre las ocho de la noche, una pizzería me permite sentarme y comer por primera vez en el día con completa tranquilidad, una hora y media antes de ver a Bennett en un Gran Rex colmado. Pero no me quejo: la televisión anuncia titulares catástrofe y, lo que es peor, o tal vez mejor, no exagera: no se circula por la Panamericana más que a paso de hombre, hay un tornado en Flores y en Avenida del Libertador algunos autos han quedado hundidos, el viento sopla y, si uno quiere, puede nadar. Qué fiesta se hubieran hecho Eduardo Wilde, Adolfo Bioy Casares y Luis Alberto Spinetta.
“¿Cuánto influye el cambio climático?” se pregunta un canal, y Macri luego dirá que no ha llovido así en 63 años. ¿Por qué Dios, que es argentino, se ensaña tanto con la Argentina? ¿Por qué el día en que vuelvo a Montevideo a ver a Norah Jones —viernes 7— Jorge Fernández Díaz escribe en “La Nación” que “a veces en nombre de la democracia algunos pueden cargarse a la democracia”, mientras que Joaquín Morales Solá opina que “la prepotencia tiene el límite de la dignidad”? ¿Y por qué “Clarín”, el mismo día festivo en que canta Tony Bennett y en que el gobierno kirchnerista es derrotado en su guerra contra el grupo “monopólico y gorila”, recuerda en un recuadro la pasión con que el actual ministro de Justicia, Julio Alak, defendía a capa y espada al honorable Carlos Menem mientras era acusado de traficar armas? ¿Es tan difícil entender que Dios es argentino y que Cristina Fernández, una demócrata que honra a la patria con medidas progresistas, históricas, valientes y fundacionales, es su enviada? Al parecer, hay gente que no entiende nada de nada.
Pero regresemos al arte. Porque lo que Tony Bennett hace es arte. Y porque a lo largo de su carrera, el norteamericano que nació hace 86 años con el nombre de Anthony Dominick Benedetto hizo todo lo que quiso, y todo lo hizo bien.
Como Ella Fitzgerald, Count Basie, Sonny Rollins, Chick Corea y Jack DeJohnette, Bennett es un NEA Jazz Master. Pero eso no es nada. Este caballero ha vendido más de 50 millones de discos en todo el mundo, ha ganado dos Emmy, 16 Grammy y un Grammy Lifetime Achievement Award y ha obtenido un Kennedy Center Honors, el selecto reconocimiento creado en 1978 y otorgado por el presidente de turno a hombres y mujeres que han contribuido a enriquecer durante un período considerable y fecundo de tiempo la cultura norteamericana. ¿Quiénes son? Entre otros, Arthur Rubinstein, Clint Eastwood, Dave Brubeck, Robert De Niro, Yo-Yo Ma, Zubin Mehta, Mel Brooks, Sammy Davis Junior, Paul McCartney, Bette Davis, James Levine, Fred Astaire, Paul Simon, Elizabeth Taylor y Barbra Streisand.
Además, Bennett ha interpretado dúos con los vocalistas más diversos, desde Frank Sinatra hasta Maria Gadú y el odioso Ricardo Arjona, pasando por Amy Winehouse, Dean Martin, Elvis Costello, Stevie Wonder, Diana Krall y Willie Nelson, no se ha alejado de su camino, una ruta particular y bella en la que evitó deliberadamente parecerse a Sinatra, registró un álbum legendario en 1962 en el Carnegie Hall, en 1994 grabó un MTV Unplugged sin apartarse un ápice de su amor por los standards, y siempre supo rodearse de instrumentistas de primera categoría, entre quienes figuran los pianistas Bill Evans, Ralph Sharon y Bill Charlap.
Quizá ninguna canción explique mejor la manera en que concibe la vida como “’I’m Old Fashioned”, escrita en 1942 por Jerome Kern y Johnny Mercer e inmortalizada por John Coltrane, que reza: “I know I’m old fashioned, but I don’t mind it/ That’s how I want to be/ As long as you agree/ To stay old fashioned with me”.
En 2010, el doctor honoris causa del Berklee College of Music, fundador del Frank Sinatra School of Arts y, en su tiempo libre, pintor, declaró: “No trato de ser contemporáneo para los sellos discográficos ni sigo las últimas modas. Nunca canto una canción que esté mal escrita. Entre los años 20 y los 30 hubo un renacimiento en la música que fue equivalente al Renacimiento. Cole Porter, Johnny Mercer y otros simplemente crearon las mejores canciones de todos los tiempos. Son temas clásicos y finalmente no están siendo tratados como un entretenimiento light. Para mí, es música clásica”.
Allí está el alma de este hombre que a fines de los 70 también conoció el fracaso, que estuvo a punto de morir por una sobredosis de cocaína y que renació en la década de 1990 para no volver a caer más.
Ese espíritu, una pasión que gracias al talento y a la sensibilidad se contagia palabra a palabra, brotó como una repentina y abrumadora lluvia a partir de las 21:55 horas del jueves 6, cuando, luego de la actuación de su hija Antonia, Tony apareció sobre el escenario del Gran Rex junto al pianista y director musical Lee Musiker, al bajista Marshall Wood y a dos ejecutantes exquisitos: el baterista Harold Jones y el guitarrista Gray Sargent.
Quizá, la versión de “One for My Baby”, menos profunda que la que Sinatra legó en su inolvidable y tristísimo disco conceptual “Frank Sinatra Sings for Only the Lonely”, fue el único momento que no estuvo a la altura ya no de la excelencia sino de una gloria que se puede describir de mil maneras pero que es emocionalmente intransferible.
Bennett siente todo lo que dice, tiene un swing insólito, una voz hermosa y potente y una musicalidad natural, amén de una calidez y una ternura únicas.
Con los años, su instrumento se ha oscurecido. Pero Tony sigue cantando como los dioses y es difícil entender cómo es capaz de interpretar, del modo en que lo hace, temas como “Maybe This Time”, “Steppin’ Out with My Baby”, “But Beautiful”, “The Way You Look Tonight”, “Because of You”, “For Once in My Life”, “I Left My Heart in San Francisco”, “Fly Me to the Moon”, a capella íntegramente, y “Smile”, por la que recibió una carta de felicitación de uno de sus autores: Charles Chaplin.
“Smile, though your heart is aching/ Smile even though it’s breaking/ When there are clouds in the sky, you’ll get by”, cantó Bennett. Y hoy como ayer o, lo que es mejor, hoy más que ayer, hipnotizó a 3.262 personas que, cuando terminó el sueño, porque la música, como afirmaba Borges de la literatura, “no es otra cosa que un sueño dirigido”, no pararon de ovacionarlo y de gritar rabiosamente su nombre. Bien merecido lo tenía un mago que, como Sinatra, brilla especialmente en las baladas y que, como ninguno, frasea con una sutileza y una emotividad conmovedoras.
Dicen que en Buenos Aires cayeron 112 milímetros de agua durante una hora. Un poco más de una hora duró el recital de Bennett. Pero el agua era bendita.